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Leandro Perdomo: vida y estética de la calle

Reivindicación de los márgenes: conmemoración del centenario del escritor y periodista lanzaroteño, de vida «azarosa y desnivelada»

Leandro Perdomo Spínola con su dromedaria ‘Bentejuina’  y dos descendientes (1992). | | LA PROVINCIA/DLP

Leandro Perdomo Spínola con su dromedaria ‘Bentejuina’ y dos descendientes (1992). | | LA PROVINCIA/DLP

Iluminaciones en la sombra y declaraciones de un vencido (1910), denominó su diario literario Alejandro Sawa, el escritor y periodista de la bohemia finisecular madrileña que sirvió de referencia a Valle-Inclán para perfilar el personaje central de Luces de bohemia, Max Estrella. De algún modo, el espacio conceptual y sentimental delimitado por el título de Sawa ofrece el marco adecuado para abordar la trayectoria vital y creativa de Leandro Perdomo (Arrecife, 11 de mayo de 1921 – Teguise, 15 de junio de 1993). Presencia y obra entrañadas, plenas “de puro tuétano humano”, como señaló 1963 Agustín de la Hoz, al referirse al “estupendo cronista de calle” que apreció en su coterráneo.

La vida de Leandro Perdomo, “azarosa y desnivelada” (Sebastián Jiménez Sánchez, 1970), áspera y abundante, íntegra y abollada, constituye la materia sustantiva de su literatura. Una existencia, en definitiva, como expresó Guillermo García-Alcalde en 1976, “densa, rica y digna de la más extraordinaria narración novelesca”. Experimentó la bohemia y sufrió el flagelo y las detonaciones ocasionados por la privación y los hábitos desordenados en su cotidianidad (que los cuidados de su esposa Josefina Ramírez se esforzaron por amortiguar), con diferentes grados de intensidad, según los momentos. Leandro se alineó invariablemente con el proletariado intelectual y social, cuando no con el batallón de los desheredados y soñadores, aquellos correligionarios que, como él mismo, estaban abocados a la miseria, el desarraigo y la marginación, forzados por la precariedad de los días. Su independencia, sensibilidad cívica y defensa de la libertad individual imprimió tintes reivindicativos a su prosa, asociados a su marcado rechazo a las convenciones, la cultura material de la riqueza y los gustos burgueses. Tales coordenadas propias de la costumbre resultaban incompatibles con el heroísmo idealista que profesó y las formas quiméricas de vida que sedujeron a quien se acomodaba a la consigna de “la sagrada trinidad del bohemio” que Ernesto Bark sacramentó en “La santa bohemia: ¡Arte, justicia, acción!.

El extraordinario personaje que moldeó Perdomo rivaliza con el centelleo de sus mejores páginas. Todo en él fue pasión, sueño y verdad, una robusta energía cordial y solidaria, hervor de humanidad, que cristalizó en un “individualismo feroz”, como algún contemporáneo suyo dejó dicho, quizá con los versos de Blas de Otero a la espalda. En él todo fue originalidad. Así lo reconocieron en su momento compañeros de generación, desde el mencionado De la Hoz, que aludió a “su individualismo doloroso, aislador y puro”, al pintor Julio Viera, su amigo inquebrantable, que lo conoció a fondo y compartió emigración, enterrados ambos en la minas belgas de Charleroi, el “otro infierno”, como lo denominó el pintor del barrio marinero de San Cristóbal, a finales de los cincuenta. Al aproximarse a su retrato, desbordado por la realidad heterogénea y profusa del autor de Diez cuentos (1953), el artista confesó: “Pintar el vivo retrato de Leandro Perdomo no es tarea fácil. Su individualismo, su extraña personalidad, es incaptable. Se podría hacer un boceto, un simple croquis o un diseño… Pero no, él se merece más: un cuadro de tamaño natural y de ejecución clásica, sin influencias académicas de ninguna especie. En fin, una obra que sirviese para enriquecer los museos”. Viera dibujó esas palabras que pudieron leerse en Antena, en 1958, a mil quinientos metros de profundidad, engullido por una galería de carbón y la amenaza de la neumoconiosis.

Precisamente, el director del recordado semanario Antena, Guillermo Topham, Guito, buen conocedor de Perdomo -con quien colaboró ampliamente en Pronósticos y mantuvo prolongada amistad-, dejó también constancia del carácter distinto del autor de Desde mi cráter (1976) en una ingeniosa reseña sobre Lanzarote y yo (1974) publicada en LA PROVINCIA. Con elocuente, certera y amena plasticidad metafórica escribió: “Leandro otea y capta. Un hombre con gueldera en busca de gueldes o longorones. Y va y los ve y los pesca. Y los prende, no ya como lo haríamos nosotros, cogiéndolos y comiéndoselos, sin incidencia alguna. (…) En las operaciones de manipular la gueldera y colocarla en el sitio adecuado, se le han atropellado muchísimos pensamientos. Hasta que coge los longorones, los gueldes y las sardinas pequeñas. Y los seca y los asa. Y los saboreamos gustosísimamente. (…) Pensamientos, ideas, como las de Leandro Perdomo, escasean aún más que los pejines. Sólo en mentalidades singulares pueden encontrarse tales valores. Con la diferencia de que antes hablábamos del pejín seco y en el cerebro de Leandro las ideas saltan vivitas y coleando”.

Carné de prensa de Perdomo; portada de dos de sus libros y dos páginas de los periódicos que fundó.  | | LP/DLP

Carné de prensa de Perdomo; portada de dos de sus libros y dos páginas de los periódicos que fundó. | | LP/DLP Fernando Gómez Aguilera

Un individualismo excéntrico el del escritor, enraizado en una genealogía familiar, la de los Spínola, proclive a la aventura, el cultivo de las artes, la generosidad filantrópica y cierta hidalguía bohemia. Leandro Perdomo acrecentó el patrimonio genético con rasgos destacados de su personalidad: el humor benévolo y socarrón, un arraigado sentido de la justicia social, el desafecto hacia los bienes materiales y sus titulares, el vínculo musculoso con la tierra propia desde una perspectiva mundana, la fraternidad, ternura y empatía con los desfavorecidos y el sufrimiento ajeno… En fin, un intenso y nada sofisticado humanismo, del que ejerció como infatigable activista en cada una de sus páginas. Para certificarlo bastaría con reparar en las dedicatorias de su libros, verdaderos manifiestos sentenciosos: “A los humildes, a los miserables, a los enfermos y a todos los inútiles, locos y desesperados del puerto de La Luz” (El puerto de La Luz, 1955); “A los hijos de Arrecife que nacieron y murieron en la desesperanza; y a todos los fracasados del mundo, a los parias, a los explotados, a los locos y a los que no conocieron nunca a su padre” (Desde mi cráter, 1976); “A todos los hijos de Lanzarote, Gran Canaria y Fuerteventura que han demostrado amor desinteresado por su tierra y no han especulado. Y a todos los que a las Islas han llegado sin ánimo de especulación y lucro”. (Crónicas isleñas, 1978). Sin duda, una literatura de actitud ante la vida y de compromiso activo con la condición humana de la persona. Guillermo García-Alcalde supo condensar acertadamente la polaridad integrada en la que se mueve la pulsión literaria del autor arrecifeño: “Excepcionalmente tierno con los ámbitos y las gentes que sintonizan con su manera de ser; irónico y distanciado de los fenómenos, manejos y especulaciones que repudia; y corrosivo cuando el derecho de los humildes y la integridad de las costumbres o paisajes son arrollados, Leandro Perdomo dispone de la herramienta lingüística idónea para enaltecer, solidarizarse, hacer sarcasmo o fustigar sin dengues ni florituras”. (LA PROVINCIA, 16 de marzo de 1976).

Sin embargo, ese humanismo empático y compasivo tan característico suyo no está exento de convivir, en su ideario, con paradojas propias del pensamiento dominante de la generación a la que pertenece y también de un cierto carácter personal contradictorio y desmesurado, que se refleja en sus crónicas y hoy resulta disonante. Sucede así, por ejemplo, en relación con los roles de la mujer, las prácticas sexuales que se separan de la heteronormatividad o el ocio y los hábitos de la juventud, aspectos en los que sus páginas más continuistas resultan alejadas de la sensibilidad y conquistas de derechos en nuestros días.

Su modelo de creación no puede comprenderse al margen del sólido vínculo que su literatura mantuvo con el periodismo, donde se desenvolvió, asociada al molde de la crónica, que adquiere caracteres proteicos en su producción. Vida, literatura y periodismo constituyen los tres pilares conexos en los que se apoya la singularidad de Leandro Perdomo como escritor. Lo factual y lo ficcional se entretejen sutilmente para alumbrar textos afirmados en la metodología de las estéticas realistas (el carácter verídico, al que aludía permanentemente). El escritor ancla su universo en el principio de experiencia: biografía propia, contacto con la calle, oralidad, memoria familiar y popular, observación del día a día… Así, la minucia de lo anecdótico y trivial es reivindicada y toma cuerpo trascendido en sus textos, desasidos de grandes desarrollos y propensos, por el contrario, a una construcción que gira en torno a fogonazos, destellos. La microhistoria y la intrahistoria -en forma de chispazos-, versiones de la historia sin historia disuelta en olvido, se convierten en el paisaje de su poética de lo cotidiano, volcada, con frecuencia, hacia una mirada nostálgica e idealizada de las costumbres y valores del pasado canario y lanzaroteño, en particular. Añade, asimismo, el análisis crítico de la realidad contemporánea local –sobre todo, pero no exclusivamente-, social, económica y política, que, por lo general, le disgusta. Esa práctica de cercanía a la prensa escrita determinó su procedimiento creativo y la organización de sus libros, todos, excepto el primero, recopilación de textos publicados previamente en diarios.

Perdomo dirigió además dos periódicos: Pronósticos (1946-1948), en Arrecife, y Volcán (1963-1968), del que además fue fundador, en Bruselas, una revista en español dedicada a la colonia obrera emigrante en Centroeuropa, en cuyas “bien cortadas páginas” de querencia cultural, campeaban, según Agustín de la Hoz, “la verdad, la belleza y la bondad” (Diario de Las Palmas, 20 de noviembre de 1963). A Bélgica había emigrado en 1957, desde Las Palmas de Gran Canaria -donde residió a partir de 1948-, en compañía de los pintores Julio Viera y Juan Ramírez, movido por el deseo de probar fortuna o, mejor, empujado por la imperiosa necesidad de huir de la miseria, trabajando en la minas de carbón. Publicó sus crónicas habitualmente en Falange (Sección Plumas de las Islas), El Eco de Canarias, LA PROVINCIA, Diario de Las Palmas y Lancelot.

Leandro Perdomo: vida  y estética de la calle

Leandro Perdomo: vida y estética de la calle Fernando Gómez Aguilera

Buena parte de la obra de Leandro Perdomo se encuadra en el ámbito de la prosa testimonia. Aporta documentos, en ocasiones de denuncia, que contribuyen a la comprensión de la colectividad de su época, en especial de Lanzarote, en un momento de aceleradas y traumáticas transformaciones. Como señaló Sebastián Jiménez Sánchez en un artículo publicado en El Eco de Canarias (8 de abril de 1970), supone “una aportación muy valiosa a las letras canarias, sobre todo a la literatura social”. Más que en el campo del costumbrismo -con el que se relaciona de forma mecánica-, es en la esfera más amplia de la literatura social donde adquiere carta de naturaleza y comprensión más precisa su escritura humana y desgarrada, su “feroz realismo” (Jiménez Sánchez, 1970). Desde esas coordenadas pueden leerse, específicamente, Diez cuentos (1953), El puerto de La Luz (1955) y Nosotros, los emigrantes (1970), pero también la mayoría de sus crónicas, atravesadas por una consistente aspiración a la justicia universal, a subrayar valores de conducta y a restituir la dignidad visible de los marginados e inadaptados, mientras su pluma censura la codicia, el mercantilismo y el lujo, las desigualdades, la especulación urbanística y la banalización materialista, el turismo masivo, el negocio y la aculturación.

A esa perspectiva se acopla su manera peculiar de escribir y contar. Leandro Perdomo era dueño de un mundo y una voz literaria propios, con personalidad y distinción únicas. Desarrolla un estilo que se presenta como ideología, pero también como una suerte de trasposición del carácter sobrio, descarnado y esencial de la isla que le aprovisiona de narratividad, con la que su trabajo se amalgama. Su prosa deliberadamente “desaliñada”, directa, natural y antirretórica, plástica y expresiva, se compadece con el universo de intereses populares y comunitarios, llanos, en que se materializan sus preocupaciones e inclinaciones: “No soy escritor –aseguraba, con modestia irónica y voluntad declarativa, en las páginas de Diario de Las Palmas en 1976-, soy un hombre que escribe. Ya existen por estos mundos muchos entendidos y sabihondos. Yo no cuido mis libros ni me preocupo demasiado por la gramática y la sintaxis. Conscientemente creo que mis escritos deben guardar la espontaneidad porque así llegan más directamente al lector del pueblo, que es el que me interesa”. Un manifiesto en toda regla.

Su ideal expresivo toma la oralidad como norma, influido por la tradición insular y por sus cualidades de ameno conversador y contador de historias. A semejanza de su itinerario vital y forma de ser, adopta la impureza como alma de la palabra. Y, en este sentido, sin dejar de lado la perspectiva de los asuntos que aborda, su obra se despliega al modo de un tratado de isleñismo: desde la frustrada novela de emigración americana Relato parcial de una isla (1970), titulada inicialmente El baúl, que fue publicada por entregas en Lancelot en 1990, a Lanzarote y yo (1974), Desde mi cráter (1976), Crónicas isleñas (1978), las Andanzas conejeras de Anacleto Rojas (agosto de 1972-agosto de 1973), sus cuentos, y tantas y tantas crónicas no recogidas en libro que aparecieron en periódicos.

Leandro Perdomo: vida  y estética de la calle

Leandro Perdomo: vida y estética de la calle Fernando Gómez Aguilera

Ventura Doreste advirtió pronto, en 1955, la correspondencia entre palabra, experiencia vital y mundo propios en la producción de Leandro Perdomo, además de anticipar el “alma” de su voz literaria: “… un estilo directo, eficaz casi siempre, tosco y pobre alguna vez, pero adecuado a su aguda aptitud de escritor hondamente inmerso en las más valiosas y puras esencias del pueblo, que no del vulgo”. En décadas posteriores, la crítica periodística no dejó de insistir en los atributos medulares de su estilo, tal y como anotó Belarmino (Juan Sosa Suárez) en 1970 al referirse a sus “palabras directas, humanísimas, llanas y sin retórica”, a propósito de Nosotros, los emigrantes. Con Lanzarote y yo en las librerías, Mario Hernández Álvarez retomaría el argumento en El Día (septiembre de 1974): “La prosa de Leandro Perdomo tal vez parezca algo seca, adusta, pero sin aristas hirientes. No hace concesiones a la retórica ni contiene almibaramientos circunstanciales. Se dispara cuando es preciso en el más hermoso lirismo. Leandro escribe como cantan los pájaros, con sentimientos y emociones propias, como necesidad, como circunstancia”. En efecto, ese carácter deshidratado y sarmentoso de su expresión escrita, desprovista de filigranas, academias y cosmética -cercana a la expresión viva de la calle, prosa con acento y acentuada-, no es incompatible con una particular hondura poética y fondo de ternura ni, mucho menos, con un infrecuente vigor expresivo.

Psicologías, costumbres, paisajes, humor -tan determinante y característico en su visión literaria del mundo-, pueblos, personajes pintorescos, acontecimientos, leyendas… proliferan en su obra como “denominador común de una irrenunciable pasión lanzaroteña”, “producto intransferible de la compenetración casi telúrica del escritor y la tierra” (García-Alcalde, LA PROVINCIA, 16 de maro de 1976). A partir de la década de los setenta del pasado siglo, en su última etapa, desde Teguise, donde se replegó tras regresar de la emigración europea en Bélgica (1957-1968), explora melancólicamente el abrigo de la memoria insular y observa, con desasosiego reactivo, las vertiginosas y traumáticas mutaciones que sacuden Lanzarote. Procura amortiguar el desarraigo que sufre. Para protegerse, para dialogar con su presente o para protestar, vierte sus rememoraciones y desazón en centenares de contribuciones periodísticas. Los contenidos culturales y antropológicos enriquecen los artículos y relatos de este cronista popular del anonimato y lo intrascendente que supo desbordar la fungibilidad de la prensa para hacer literatura arraigada y ofrecer, como señaló Néstor Álamo, “páginas bellísimas, de insularismo estricto, viril, lejos del hedor con que nos atosigan quienes quieren «hacer gracia» a costa de lo nuestro de más sangre y más nervio”.

Leandro Perdomo: vida  y estética de la calle

Leandro Perdomo: vida y estética de la calle Fernando Gómez Aguilera

Ajustado al cosmos insular, gestiona el aporte riquísimo de un lenguaje enraizado en las peculiaridades lingüísticas lanzaroteñas, sometidas desde hace lustros a una veloz hemorragia disolvente. Lo administra normalizándolo, con naturalidad, integrado en el flujo del habla literaria que emplean tanto el autor-narrador como sus criaturas -proyecciones de sí mismo y de sus afanes-, desprovisto de cualquier afectación casticista. Es el decir consustancial a la identidad de su mundo y sus personajes. Andrés Hernández Navarro lo expresó con propiedad en un artículo publicado en Hoja del Lunes en julio de 1974: “Leandro Perdomo, sin tipismos forzados ni exaltaciones folklóricas a destiempo, naturaliza el decir isleño, la palabra nuestra, en la riqueza idiomática del lenguaje. Pero sin empeños ni desaguisados. Sencillamente, hablando el alta voz con inteligente criterio. Como un canario universal, que vive para su gusto en Teguise”. Ese caudal léxico compone hoy un extraordinario tesauro de voces conejeras, un agasajo arqueológico-lingüístico de extraordinario valor documental que ofrece testimonio de ciclos históricos, ocupaciones y mentalidades devoradas por la acelerada modernidad globalizadora.

Estética desaliñada y vida desarreglada convergen, pues, en la palabra existencial perdomiana, en una obra desigual, sugestiva y personalísima, que acusa tanto el empuje de la experiencia vital como las urgencias y la improvisación provocadas por el apremio de la necesidad y las privaciones. Su realismo de sello personal, moldeado por un signo expresionista que lo ficcionaliza y desliza hacia contornos mágico-fantásticos, se alza en el horizonte literario de las Islas, en general, y de Lanzarote, en concreto, desprendiendo la rara luz propia de las contribuciones creativas inclasificables y, por consiguiente, exclusivas.

Pero, sobre todo, Perdomo entrega literatura de carne y hueso, enjundia humana, caligrafiada lejos de cualquier papel pautado o nicho generacional. Literatura sin trampa ni cartón, verdad desnuda contaminada con la broza ácida del aliento, en la que al lector no le abandona la sensación de ser partícipe de un parto sin filtros mediadores, de apreciar el latido de las costuras propias de cualquier creación que se aleja del artificio como del diablo. La desventura pudo convertirle en un quijote vencido pero no en un hombre derrotado, ni doblegó su individualismo ni desvirtuó su carácter parrandero, apegado al timple, la gallofa y el noctambuleo, al garito y la camaradería de la poetambre, a la conversación, la solidaridad y la piedad. Produjo una obra-mosaico a base de teselas de naturaleza variada, en la que cada palabra se desarropa sin tapujos para mostrase en su plena intensidad de respiración y de expresión. Del conjunto se desprende un fecundo universo de sociabilidad popular y de visión alternativa del mundo, de conciencia plena y respeto por la invisibilidad. Sin duda, Leandro Perdomo, mayúsculo personaje y escritor orillado de fecunda memoria, espíritu libre en pugna continua con las sogas que impone la existencia en precario, encarna uno de los más respetables exponentes del periodismo literario de Canarias o, simplemente, un raro y singular prosista de nuestra literatura que aún permanece en los márgenes.

Leandro Perdomo: vida  y estética de la calle

Leandro Perdomo: vida y estética de la calle Fernando Gómez Aguilera

En la perspectiva que facilita la conmemoración del centenario de su nacimiento, los libros del escritor nacido en Arrecife, verdaderas “iluminaciones en la sombra”, merecen ser recordados, recuperados y leídos pues, como escribió Néstor Álamo, “en la obra literaria de Leandro Perdomo se configura uno de los más altos prosistas del Archipiélago en cualquier tiempo, en un instante cualquiera, hasta el actual”. Pura enjundia humana sin trampa ni cartón: literatura de carne y hueso, escrita al hilo de la vida con la hebra de lo vivido.

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