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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El Congo mira a Gran Canaria en la exposición de Michèlè Magema en la Galería Saro León

'Entre líneas. A la sombra de los mangos silvestres' reflexiona acerca de la tierra, la inmigración o el sistema colonial

Michèle Magema junto al mural ‘La reunión’ sobre el que se sitúan los cinco dibujos de mangos negros.

La artista congoleña Michèle Magema inauguró este viernes, en la Galería Saro León, la exposición Entre líneas. A la sombra de los mangos silvestres formada por cuatro partes a modo de instalación donde reflexiona sobre el nexo de unión de su tierra con Gran Canaria, la inmigración, la botánica y el sistema colonial.

Un estudio del territorio en donde la artista congoleña Michèlè Magema une los exotismos de su tierra con los de Gran Canaria. Así se puede definir la exposición Entre líneas - A la sombra de los mangos silvestres que este viernes se inauguró en la Galería Saro León y que está formada por cuatro partes.

Magema es nieta de uno de los líderes de la independencia de su país y tuvo que emigrar por motivos políticos. Su obra ha recibido todos los elogios internacionales y su trabajo se centra, desde hace 20 años, en el paisaje y el territorio realizando una lectura global de problemas sociales compartidos.

En la exposición destaca el mural La reunión sobre el que se sitúan diez dibujos titulados Mangos silvestres. Aquí la artista relaciona Gran Canaria y El Congo a modo de un jardín colonial con el mango como nexo entre ambos territorios. «Elegí el mango porque es un fruto que gusta mucho en El Congo y la primera vez que vine a Canarias en 2006 me quedé sorprendida por la cantidad de frutos exóticos por lo que tuve la sensación de estar en África no sólo a un nivel geográfico», señala. En esa plataforma imaginaria se sitúa El Congo como un observatorio del mundo desde el que realizar una serie de desplazamientos. «Lo que hago es cuestionar el territorio y para ello introduzco un diálogo entre el lugar que visito y mi origen. En este caso era natural por la relación ancestral entre Canarias y África con el mango negro como símbolo de lo vivo en el mundo vegetal y lo corporal en lo orgánico». Los mangos parecen cuerpos que están individualizados, un juego visual y formal que el espectador puede verlo de manera alejada o yendo al detalle.

Cartografía de lugares

Y la cartografía sobre la que se sitúan sirve para construir dos otras formas de convivencia «en los que utilizo la línea que delimita las fronteras para volver a cuestionarlas». Esta parte conecta con otra exposición en la que creó para la galería belga Extra City un territorio imaginario entre Amberes y Matadí a través de los puertos de transacción de ambas ciudades.

Pero nada más entrar en la sala el espectador se encuentra con un Paisajes de neón acompañado de imágenes de sus pies suspendidos en blanco y negro, impresos en plexiglás. «La idea es la manera en la que el espectador pueda entrar y por eso encuentras ese rótulo. La pregunta es, ‘¿en qué paisaje podemos entrar?’ Para mí la palabra paisaje es muy importante porque detrás está la idea de territorio que en estos momentos es un concepto muy político que hay que cuestionar». Y justo al lado está la idea de cómo ese ser vivo circula en ese territorio. «Es mi cuerpo negro que simboliza aquellos otros de los de los emigrantes que dejan su lugar para ir a lugares del mundo. Son como transparencias, pero en el fondo son capas superpuestas que tienen que ver por cómo estamos construyendo el planeta».

La tercera parte de la muestra lleva el título de Una cierta mirada y está formado por cinco fotos de detalles de su país en madera. Los dibujos aparecen a partir de fotografías tomadas por una escritora suiza, pionera del reportaje, Anne-Marie Schwarzenbach que estuvo viviendo entre los 30 y 40 en El Congo, y que se centra en un refugios de sus compatriotas en la II Guerra Mundial, pero que se refieren «al desempeño y la gestión económica en el sistema colonial». Finalmente la foto La camelia de Leopoldo versa sobre la circulación de las plantas y los seres vivos, que se construyó antes del periodo colonial porque el rey belga «fue un gran amante de la botánica, se interesaba mucho por las plantas, y durante el estado independiente se crearon jardines con la camelia como la planta favorita de Leopoldo». Pero en vez de ser una camelia en máximo esplendor, Magema la presenta marchitada por la destrucción a la que sometió al pueblo. «Ese periodo colonial sigue presente y la decolonización aparece junto a la modernidad y lo contemporáneo». 

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