Amalgama

Peripatético

Detalle de un fresco de la Universidad de Atenas: Aristóteles, Teofrasto y Estratón de Lámpsaco.  | | LP/DLP

Detalle de un fresco de la Universidad de Atenas: Aristóteles, Teofrasto y Estratón de Lámpsaco. | | LP/DLP / juan ezequiel morales

Juan Ezequiel Morales

Juan Ezequiel Morales

El presidente actual del Gobierno español, el doctor Pedro Sánchez, hablando en el Senado, se dirigió hace unos días a Alberto Núñez Feijóo, diciéndole que le resultaba patético que el Partido Popular acudiera «a las instituciones europeas a intentar boicotear los fondos europeos, la solución ibérica y la reforma de las pensiones mientras Bruselas da luz verde a esos proyectos, impulsados por su Gobierno». No bastante con este reproche, quiso insistir y remarcar el «patetismo» de los conservadores, y añadió: «Y más que patético, yo diría, resulta peripatético ir a visitar el país que ostenta la Presidencia rotatoria de la Unión Europea». Obviamente, no conocía el significado correcto de la palabra «peripatético», y la usó como si se tratara de un aumentativo semántico de lo «patético». Se advierte que el doctor Pedro Sánchez, más prodigado en absorber conocimientos de Netflix o Disney, no había, tampoco, visionado la serie catalana Merlí, dirigida por Eduard Cortés, con guion de Héctor Lozano: hay un profesor de filosofía y unos alumnos, denominados los «peripatéticos», al punto en que el primer capítulo de la misma se titula Els peripatètics, y no por ser muy patéticos, sino por tener su referencia en la escuela de los Peripatéticos, de Aristóteles. «Peripatetikós», que se traduce en griego antiguo como «realizado durante un paseo», quería significar las caminatas de los discípulos con Aristóteles para éste transmitir pedagógicamente sus elucubraciones filosóficas, en la escuela que fundó, y efectuadas en un gimnasio público, hacia el año 335 antes de Cristo.

Las reacciones pícaras al patinazo del doctor Sánchez fueron múltiples, como era de esperar. Algunas son éstas: «Para este gañán Aristóteles era el marido de Jaqueline Onassis»; «Esto quedará para el futuro como la célebre frase que dijo en su momento una Miss: ...estar en el candelabro»; «Sánchez es una acémila. No ha leído un libro en su vida, ni su tesis doctoral. Confunde a Gil de Biedma con Blas de Otero, a Zamora con Palencia o sostiene que Almería y Huelva son limítrofes»; y otras propiamente irreproducibles aquí sin perder la elegancia. Pero anécdotas aparte, la escuela aristotélica, los Peripatéticos, tuvo, entre otros discípulos, a Teofrasto, que fue designado por Aristóteles su sucesor. Teofrasto, considerado experto en botánica, autor de De historia plantarum y de De causis plantarum, también escribió Characteres. Recibió como legado los escritos de Aristóteles, y siguió como director del Liceo aristotélico y de su escuela peripatética durante 36 años, con unos dos mil alumnos, falleciendo de senectud, a sus 85 años. Y a lo que vamos, aprovechando la incuria del presidente, a una de las obras de la escuela peripatética más patéticas: la citada Characteres.

El libro describe las costumbres, fuente de lo moral, y lo hace de forma jovial enumerando los vicios humanos. La primera edición de esta obra se hizo en 1527, en Nuremberg, hasta que, en 1786, apareció una edición completa, sacada de un manuscrito conservado en la Biblioteca Apostólica del Vaticano. En la edición de Gredos, de 1988, se despliegan los 30 caracteres: el fingimiento, la adulación, la charlatanería, la rusticidad, la oficiosidad, la desvergüenza, la locuacidad, la novelería, la gorronería, la sordidez, el gamberrismo, la inoportunidad, el entrometimiento, la torpeza, la grosería, la superstición, la insatisfacción, la desconfianza, la guarrería, la impertinencia, la vanidad, la tacañería, la fanfarronería, la altanería, la cobardía, la oligarquía, la falta de educación, la maledicencia, la perversidad y la codicia. Resulta sumamente extraño que la caracterización de los humanos se haga en negativo, como si la descripción de un cuerpo se hiciera por sus enfermedades, en lugar de por sus capacidades vitales. Pero éste es el afán de los humanos, sometidos a la destrucción desde que nacemos, a la entropía del cuerpo y del alma.

Como discípulo de Teofrasto, Menandro, autor de famosas comedias, se basó en sus caracteres para muchos de sus argumentos, y revitalizó la comedia nueva, que fue la comedia alegre que sustituyó a la tragedia, se hicieron temas principales el amor y sus cuitas, con un final feliz, aparecían soldados, cocineros, criados perezosos pero buenos servidores, nodrizas, avaros, cortesanas, jóvenes piadosas, y la vida abandonó la tragedia y los heroísmos, en esas obras y tiempos, y por eso se introdujeron los arquetipos teofrásticos del vicio que, con la peripecia y el azar, lograba los finales ansiados por el humano: felices y optimistas.

Todavía hoy, un filósofo como Michel Onfray, utiliza los caracteres teofrásticos para su filosofía ética, por ejemplo, en Cinismos (Grasset, 1990): «Observemos a Teofrasto retratar a un cínico: es un hombre que maldice y tiene una reputación deplorable. Es sucio, bebe y nunca está en ayunas. Cuando puede hacerlo, estafa y golpea a quienes descubren el engaño antes de que puedan denunciarlo. Ninguna actividad le repugna: será patrón de una taberna y, si es necesario, encargado de un burdel, pregonero e incluso, si se quiere, recaudador de impuestos. Ladrón, habituado a las comisarías y a los guardias civiles, a menudo se lo encuentra, locuaz, en la plaza pública, a menos que se convierta en abogado de todas las causas, aunque sean las más indefendibles. Prestamista con fianza, tiene además la soberbia de un mañoso y no cuesta mucho imaginarlo como el gángster emblemático: Puede vérselo haciendo su ronda —escribe Teofrasto—, entre los taberneros y los vendedores de pescado o salazones, para cobrar sus ganancias».

Si, como se ha dicho ya varias veces, la intención del doctor Sánchez fue la de la tercera acepción del DRAE de espetarle «peripatético» a Feijóo por el significado de «puta de la calle», hemos hecho bien en saltar de Aristóteles a Teofrasto, y de Teofrasto a Michel Onfray. Hasta las acémilas dan de sí cuando se ponen.