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la espuma de las horas

El desliz que aceleró la caída del Muro

Berlineses golpean con mazas un sector del muro que durante casi tres décadas dividió a los alemanes.

Berlineses golpean con mazas un sector del muro que durante casi tres décadas dividió a los alemanes. LP / DLP

Nadie olvidará el 9 de noviembre de 1989 y mucho menos Günter Schabowski, miembro del politburó del Partido Socialista Unificado de Alemania. En la mañana de ese día, del que hoy se cumplirán 25 años, los dirigentes de la RDA discutían qué se podía hacer para frenar las huidas masivas y las peticiones de refugio de alemanes del Este en las embajadas de Alemania Occidental en Budapest, Praga y Varsovia. Una rueda de prensa estaba convocada para después. Los periodistas aguardaban.

Cinco minutos antes de las siete de la tarde, a una pregunta del corresponsal de la Agencia Italiana de Noticias, el funcionario Schabowski se hizo un lío, sacó el papel que le había entregado el sucesor de Honecker, Egon Krenz, y leyó por encima, haciendo varias pausas. Desconocía el contenido; conforme las palabras salían de su boca se iba enterando de él y entonces, en aquel momento, hubiera preferido comérselas. "Los viajes privados al extranjero pueden ser realizados sin ser necesario presentar o solicitar condiciones para ello por motivos justificados o causas familiares. Los permisos se otorgarán en un tiempo breve, las oficinas de la Policía tienen que otorgar las visas con prontitud".

En la sala de prensa, empezó a notarse agitación. Se oyeron murmullos: "¿Viajes privados sin motivos justificados?, ¿permisos concedidos en poco tiempo? Los periodistas estaban asombrados, el propio Schabowski era incapaz de creerse lo que acababa de leer. Surgió otra pregunta: "¿Eso es también es válido para Berlín Oeste?". El portavoz del Politburó se encogió primero de hombros y, después, hurgó entre los papeles: "Sí, sí, la posibilidad de viajar es desde cualquier frontera de la RDA a la BRD (Bundesrepublik Deutschland, abre-viación de la República Federal Alemana) o desde Berlín Oeste". Y una más: "¿Cuándo entra en vigor?" Schabowski volvió a revisar su carpeta: "Según tengo entendido de inmediato".

"¿Entonces qué va a pasar con el muro?", preguntó finalmente un periodista británico. El interpelado no supo esta vez qué contestar. Sin proponérselo, él mismo había empezado a hacer añicos más de dos décadas de opresivo hormigón armado. Günter Schabowski, que luego colaboraría con la CDU (Democracia Cristiana), fue el único miembro de la cúpula comunista que, arrepentido, admitió que la RDA había sido un grave error, pero nadie puede asegurar que esa idea rondase su cabeza aquella tarde berlinesa de noviembre. El desliz de Schabowski fue fruto del caos en la dirección del partido. El papel que le había entregado Krenz con la nueva regulación de viajes privados era una proposición de ley, no una resolución del consejo de ministros. El portavoz lo ignoraba ya que no había estado presente en la formación del nuevo politburó. Nadie sabía qué hacer y los alemanes actuaron empujados por el vendaval de la lógica. El telediario de las ocho de la tarde dio la noticia bomba de que la RDA abría la frontera.

La historia se abría paso a través del muro y los berlineses fueron saliendo a la calle, unos para ver cumplidas sus esperanzas de libertad, los otros, asombrados por lo que estaba pasando, para celebrar la conquista junto a sus vecinos. Atrás quedaba las vidas separadas durante casi tres décadas. Mientras que en el lado occidental, unos alemanes votaban en elecciones libres, leían periódicos más o menos independientes, protestaban y manifestaban descuerdo con sus sus gobiernos, sus vecinos orientales vivían dentro de un estado de vigilancia gobernado por un partido comunista de feroz celo doctrinario. Los "ossis" -término extraoficial para los que vivían en el este de Alemania- conducían coches Trabant, de ínfima calidad, vestían ropa de mala confección y bebían refrescos locales indescriptibles. A su vez, los "wessi" utilizaban marcas universalemente conocidas, y con regularidad aparcaban sus BMV en las calles.

Las dos mitades del país estaban pobladas por gemelos separados al nacer y criados en hogares tan distintos que cualquiera diría que se encontraban cada uno de ellos en una punta opuesta del mundo. Pero tal vez el aspecto más horrible de la vida en la Alemania del Este era sentirse vigilado. Cualquier persona podía ser informante de la policía secreta, la temible y poderosa Stasi, que mantuvo en sus archivos bajo control a 6 millones de ciudadanos gracias a la presión que ejercía sobre vecinos, compañeros de trabajo, amigos e incluso familiares.

Günter Schabowski, con su despiste, no hizo otra cosa que empezar a enmendar un episodio digno de la historia universal de la infamia. Si los alemanes premiasen la improvisación, él, sin pretenderlo, hubiera sido un gran candidato.

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