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Una odisea de película

En el filme 'Rebelión a bordo' , protagonizada por Marlon Brando, se cuenta la odisea del barco de la marina inglesa  'Bounty' . La fragata tenía como misión recoger en Tahití un cargamento del árbol del pan. Antes de lanzarse a esta aventura, el navío atracó durante cinco días en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. En Canarias llenó las bodegas de alimentos y vino. 

Marlon Brando y Trevor Howard.

Marlon Brando y Trevor Howard.

Un Marlon Brando pasional y atrevido, interpretaba al carismático segundo oficial Fletcher. Este personaje lideraba la revuelta contra las órdenes y el rigor desmesurado del capitán de la Bounty, papel interpretado por Trevor Howard. En la famosa película Rebelión a bordo de 1962 se cuenta la odisea del navío de la marina inglesa que tenía la misión de dirigirse hasta Tahití para recoger un cargamento de los frutos y semillas del árbol del pan, un alimento con el que pretendían dar de comer a los numerosos esclavos africanos que dependían de Gran Bretaña. Después de pasar unos meses en esta isla del Pacífico, la embarcación regresa a la mar, y ante la actitud despótica del capitán se vive uno de los motines más reconocidos de la historia y que en varias ocasiones ha sido llevado al cine con distintos resultados.

Tal vez contagiados por la realidad de un viaje tumultuoso, detrás de las cámaras se vivieron un sinfín de encontronazos entre las rutilantes estrellas y también se produjeron sonados romances. Brando acabaría casándose con la actriz polinesia de veinte años Tarita, que en la cinta interpretaba el papel de la hija de uno de los jefes de la isla.

Dejando a un lado la magia del cine, la realidad cuenta que antes de lanzarse a la colosal aventura que protagonizaron los marinos y oficiales que fueron a bordo de este barco, el 6 de enero de 1788, a las nueve de la mañana, y tal como recoge el diario de a bordo del capital de la Bounty, la fragata atracó en el muelle de Santa Cruz de Tenerife para llenar las bodegas de agua, alimentos, sobre todo cereales y carne, y por supuesto el vino. Un vino reconocido y codiciado por los ingleses, uno de los productos estrellas con el que se negocia y se exporta a pesar de las malas relaciones que en determinados momentos existen entre Gran Bretaña y España.

El primer bróker canario

En el libro de Carlos Cólogan, Tenerife Wine, Historias del comercio de vinos. Siglo XVIII se explica con detalle la intrahistoria de este viaje, la razón real que llevó al navío de la marina inglesa a elegir como puerto de aprovisionamiento el muelle de Tenerife en lugar de dirigirse a la capital de Madeira, una isla con la que también mantenían buenas relaciones comerciales, además de contar con el famoso vino que tanto apreciaban los ingleses, y que se menciona en varias obras de Shakespeare.

Detrás de esta maniobra de auténtico bróker de las finanzas se encontraba la empresa del tinerfeño, natural de La Orotava, Juan Cólogan e hijos, una firma que se había afincado en Londres. Desde la capital del Imperio británico, este joven y avezado canario negociaba con el Gobierno para que la flota inglesa hiciera escala en los muelles de Tenerife, de hecho había logrado un contrato que vinculaba a las embarcaciones de la Royal Navy con el Archipiélago. En la isla, otros integrantes de la familia Cólogan, Tomás y Bernardo se encargaban de suministrar a los distintos navíos todas las provisiones que necesitaran, desde alimentos de primera necesidad como frutas, verduras, millo, carnes, que se llevaban vivas, y por supuesto, el vino.

La singularidad de este negocio hay que encuadrarlo en la pericia de estos negociadores, capaces de moverse como peces en el agua en el entramado de intereses que se escondían detrás de este potente sector. Como reconoce Carlos Cólogan, "hay que tener en cuenta que las relaciones comerciales con Inglaterra se mantienen incluso durante los periodos de guerra con España. Lo importante entonces y ahora era mantener a flote la economía. A los ingleses les interesaba recalar en el Archipiélago, y a mi familia negociar con ellos".

En su diario de a bordo el capitán William Bligh va narrando todo lo que acontece, describe cómo es el puerto, qué tipos de barcos se encuentran atracados en el muelle, y las primeras órdenes que da al segundo oficial Fletcher para que baje a tierra y presente los respetos a las autoridades locales.También menciona a los Cólogan, los hombres de negocios que van a suministrarle todo lo que requieren para iniciar este viaje.

La principal misión de esta expedición era lograr llevar hasta el Caribe el fruto del árbol del pan que crecía en el archipiélago de Tahití, en el océano Pacífico, y procurar así un alimento barato para los esclavos.

El capitán William Bligh era un hombre culto, influido por las corrientes de pensamiento de finales del XVIII y marino de singular eficacia. Sin dudarlo había aceptado la propuesta de la Royal Society of London, que estaba dispuesta a premiar a quien lograra trasplantar con éxito este fruto exótico y de grandes proporciones desde sus plantaciones originales a las colonias inglesas. Para Bligh esta propuesta se había convertido en un reto personal por el que apostó firmemente a pesar de la oposición de una parte importante de sus oficiales y que acabaría con una histórica rebelión a bordo.

En el diario de Bligh, que años más tarde publicaría, el capitán que pasa su primer día en el puerto de Tenerife describe de manera metódica los productos que suben a bordo y los precios: "Compramos un muy buen vino a diez libras la pipa, según el precio del contrato, pero había uno de calidad superior que estaba a quince libras, algunos de los cuales no eran inferiores en calidad a los mejores de Madeira que se encuentran en Londres. He encontrado que esta temporada ha sido muy desfavorable para otros alimentos como el maíz, papas, calabazas y cebollas, pues la cosecha fue muy escasa y al doble del precio de lo que se paga en temporada de verano. La carne de vacuno también era difícil de adquirir. El maíz estaba a tres dólares corrientes por fanega, que son como a cinco chelines. Las aves de corral eran tan escasas que un buen pollo costaba tres chelines".

El capitán no sólo hace referencia a las provisiones con las que llenará su bodega, sino que informa sobre las dificultades que en aquellos momentos existían en las islas para hacer frente a la amplia demanda. Bligh que elogia la calidad del vino también incide en la escasez que existía en Tenerife de cereales y cuando esta circunstancia se da los comerciantes de Santa Cruz recurren a traer parte de la producción de Gran Canaria.

La mala mar obliga a la tripulación inglesa a permanecer más tiempo en Canarias, lo que permitirá al botánico Nelson, que viaja en la Bounty, a salir a explorar el entorno, y William Bligh tiene la posibilidad de recorrer la capital y ver de cerca algunos de los recintos en los que se acogía a los numerosos huérfanos.

Expediciones científicas

Durante los siglos XVII y XVIII, el Archipiélago se había convertido en un centro de aprovisionamiento que apenas se vio alterado durante los periodos de guerras. Esta circunstancia favoreció el paso de importantes expediciones, desde la primera travesía a la India realizada por una flota inglesa en 1591 hasta los numerosos viajes que protagonizaron destacados científicos y naturalistas en su deseo de llegar a América. Sólo hay que mencionar a Alexander von Humboldt y su deseo de detenerse en Canarias y subir hasta aquel pico, el Teide.

Tal y como recoge en una de sus publicaciones el historiador Nicolás Lemus, "la propia condición de lugar de aprovisionamiento, su exuberante vegetación, belleza paisajística y la presencia del Teide, auténtico reclamo romántico en el hombre ilustrado del siglo XVIII, hace que la mayoría de las expediciones británicas hicieron escala en Tenerife". El volcán se había convertido en un auténtico atractivo entre los viajeros, y como apunta Lemus, "el Teide llegó a ser tan visitado por los ingleses, que el paraje situado a una cota de 2.977 metros de altitud se bautizó como la Estancia de los Ingleses".

En sus paseos por la capital, el capitán de la Bounty describe a una ciudad de casas "en general amplias y aireadas, pero las calles están muy mal pavimentadas". También informa sobre los habitantes de la isla y la realidad de una sociedad pobre, con un alto grado de miseria. Le llama especialmente la atención la visita que hace con el gobernador de la isla de un hospicio en el que se acoge a 120 niñas, "todos aparentan tener semblantes con una alegría extrema. La decencia y la pulcritud de la vestimenta de las mujeres jóvenes eran admirable. Una institutriz inspeccionaba y coordinaba todas sus obras, se dedican a la fabricación de cintas de todos los colores, ropa gruesa, que hacen a la perfección a partir de la seda y el lino. Estas chicas reciben esta formación durante cinco años, al cabo de los cuales están en libertad para casarse y tener sus propias ruecas y telares".

También se refiere al trabajo que se ofrece a los hombres y niños que no disponen de recursos económicos, para terminar este apartado señala que "gracias a esta humana institución un buen número de personas se vuelven útiles y laboriosos en un país donde los pobres, por la indulgencia del clima, son demasiado propensos a preferir una vida de inactividad". Y de esta forma, aquel capitán enérgico y extremadamente autoritario ofrece esta imagen tan parcial de una sociedad pobre y miserable, la realidad que sobrellevaban como podían la mayor parte de los habitantes de las islas en aquellas épocas y que se prolongará en el tiempo.

Una travesía agotadora

Una vez que terminan de subir a bordo las provisiones que necesitan, el capitán Bligh escribe: "Después de haber terminado nuestros negocios en Tenerife, el jueves, 10 de enero, navegamos con el viento al sur-este, nuestro barco está todo en buen estado de salud y disponemos de bebidas espirituosas".

La fragata Bounty puso rumbo hacia Tahití donde debía recoger numerosos brotes jóvenes del árbol del pan para trasplantarlos en las islas del Caribe. Después de sufrir terribles tempestades, al intentar pasar el cabo de Hornos, el capitán Bligh dio media vuelta y finalmente optó por la ruta más larga hacia el este, dando la vuelta a África, pasando por el sur de Australia, para después de diez meses de viaje agotador llegar a la bahía de Tahití el 26 de octubre de 1788.

La embarcación permanece en el Pacífico casi seis meses con el fin de poder recolectar un millar de brotes del famoso árbol del pan. Durante la relajante etapa tahitiana, los marinos participaron en las fiestas locales, y muchos de ellos mantuvieron distintas relaciones con nativas. Cuando la Bounty deja atrás Tahití, la vida apacible desapareció al instante.

Las crónicas refieren que el capitán Bligh instauró nuevamente a bordo una disciplina todavía más estricta y humillante, imponiendo, además, restricciones de agua para poder regar las plantas que se habían ido a buscar.

El ambiente en la embarcación se volvió extremadamente tenso, sobre todo entre Bligh y Fletcher. A los veinticuatro días de la partida de la Bounty de Tahití, en el amanecer del 28 de abril de 1789, el segundo oficial Fletcher Christian se apoderó del buque con la ayuda de ocho miembros de la tripulación. Se iniciaba el motín que acabó con el desembarco del capitán Bligh y varios de los oficiales y marineros, quienes acabaron en medio del mar en uno de los botes abandonados a su suerte.

El capitán Bligh jamás se rindió y logró llegar a bordo de esa mínima embarcación hasta Timor, en Indonesia. Desde allí dio la alerta de lo que había ocurrido y la marina británica fletó un buque militar con 24 cañones y con el único objetivo de buscar a los amotinados en el Pacífico Sur.

Una vez resueltos sus problemas con la marina, tuvo que enfrentarse a un juicio por el motín, el capitán William Bligh volvió en una nueva embarcación a recalar en Tenerife. El 28 de agosto de 1791 llegó al muelle y cargó las bodegas con vino, agua, carne de vacuno y frutas. Esa segunda expedición fue un éxito y al final pudo llevar el árbol del pan desde Tahití a las Antillas.

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