Una judía sefardita, reina del porno en la Nueva York de los 60, 70 y 80

Exiliada, griega, lesbiana y un poco mafiosa, la empresaria Chelly Wilson construyó durante décadas todo un imperio en el circuito porno de Times Square

Un documental cuenta su vida

Wilson, manejando el cotarro desde casa.

Wilson, manejando el cotarro desde casa. / COURTESY OF THE WILSON FAMILY

Juanjo Villalba

Mucha gente puede decir que sus abuelas fueron o son personas especiales, que tienen o tuvieron personalidades únicas e irrepetibles, pero quizá los nietos de Chelly Wilson tienen un poco más de razón. No todo el mundo puede presumir de que su abuela fuera una de las figuras más importantes del mítico circuito de cines porno de Nueva York desde mediados de los años 60 hasta la decadencia del mismo a mediados de los años 80.

Wilson, una emigrante griega divertidísima, con un puro permanentemente encendido en la mano y un mal genio legendario, fue bautizada por todo ello como The Queen of the Deuce, la reina de aquel Times Square en el que prostitutas, proxenetas, traficantes de drogas y mafiosos pululaban a su antojo, y allí reinó desde su apartamento situado justo encima de uno de sus cines, el Eros, que como todos los de la zona proyectaba películas para adultos 24 horas al día.

En aquel piso igual te podías encontrar con una enorme comida familiar con decenas de parientes, nietos y sobrinos, como con timbas de póquer en las que gángsteres, estrellas del porno o respetados empresarios locales se jugaban fuertes sumas de dinero en sesiones que a veces duraban días enteros.

Chelly Wilson dirigió un imperio de producción, distribución y exhibición de películas para adultos que duró hasta que el alcalde Rudolph Giuliani decidió acabar con todo aquello, convirtiendo la zona en el paraíso de franquicias y turismo Disney que es hoy en día el centro de Nueva York. Tenía que pasar antes o después que una historia así fuera objeto de un documental y así ha sido: Queen of the Deuce, que se ha traducido en España como La reina del porno, dirigido por la documentalista Valerie Kontakos, se estrenó ayer en Filmin.

Una vida de película

Hacía años que Kontakos quería contar la historia de Wilson. «Mi madre conocía a Chelly debido a que mi tío era productor de cine en Grecia y en los 60 solía enviarle películas griegas que ella exhibía en Nueva York», recuerda la directora. «Cuando yo tenía 16 años, quería encontrar un trabajo de media jornada y mi madre habló con ella, así que empecé a vender entradas en uno de sus cines, el Tívoli, donde ponían películas griegas los domingos. El resto de la semana solo ponían porno».

Kontakos explica que el personaje de Wilson siempre fue muy controvertido. Para muchos, era una persona oscura que se dedicaba a negocios turbios. Ante la negativa de algunas personas de aparecer en la película, el documental se apoya fundamentalmente en los recuerdos de sus familiares más directos, hijos y nietos.

Wilson no era una mujer que disfrutara mucho de hablar sobre el pasado, seguramente porque le resultaba demasiado doloroso. Bautizada con el nombre de Rachel Serrero, nació en 1908 en Salónica, Grecia, en el seno de una familia judía sefardita que, tras su expulsión de España en el siglo XV, había recalado en aquel país.

Entre los miembros de la familia se hablaba ladino, un auténtico tesoro idiomático que se parece mucho al castellano medieval que los judíos se llevaron de la España de los Reyes Católicos y que con los siglos fue incorporando características de otras lenguas peninsulares y mediterráneas.

Vestida de chico

Chelly disfrutó de una infancia acomodada en Salónica, pero que transcurrió en una sociedad muy encorsetada en la que nunca acabó de encajar. Desde muy pequeña se vestía de chico y ella misma se define en el documental como un auténtico tomboy. También tocaba el violín y era una apasionada de la música clásica.

Precisamente un día, de camino a un concierto, un joven soldado francés llamado Moise Bourla le pisó un pie en el tranvía. Ella, que por entonces ya gastaba un mal genio importante, se enfadó mucho, pero él se quedó prendado de ella. Tanto que, un tiempo después, aquel soldado al que ella odiaba y que ni siquiera hablaba griego, terminó por pedir la mano de Chelly a su padre. Este se la concedió sin importarle para nada la opinión de su hija y el matrimonio se celebró en 1929, cuando la futura empresaria solo tenía 21 años.

Wilson odió cada minuto de aquella unión, aunque acabó teniendo dos hijos con Moise, Daniel y Paulette. El matrimonio acabó rompiéndose y ambos cónyuges acordaron, en otra decisión de otro tiempo, que él se quedaría con el chico y ella con la chica. Chelly ya era por entonces una mujer plenamente independiente, propietaria de una próspera tienda de electrodomésticos en Atenas.

En 1939, con los nazis a las puertas de la ciudad, Chelly consiguió pasaportes y billetes para huir del país y viajar a Estados Unidos. Pero nadie de su familia accedió a acompañarla: «Tenían demasiado oro y me dijeron: ‘negociaremos con los alemanes’». La realidad fue bien distinta. Finalmente decidió viajar sola, dejó a su hija al cargo de una mujer no judía que protegería a la niña como si fuera suya y salió hacia Nueva York en el último barco. Los nazis acabarían invadiendo Grecia y la mayoría de los judíos de Salónica fueron deportados a Auschwitz, incluida la familia de Chelly, a la que ya nunca volvió a ver.

Con la ayuda de otros inmigrantes griegos, Chelly pronto abrió su propio negocio en la ciudad: un puesto de perritos calientes y refrescos que funcionaba a las mil maravillas. No obstante, a pesar de su éxito en el nuevo mundo, nunca perdió el contacto con Grecia y le preocupaba mucho la difícil situación del pueblo heleno. La ocupación nazi fue brutal en aquel país y no solo para los judíos. Cientos de personas morían de hambre cada día y ella no se quedó con los brazos cruzados, sino que comenzó a recaudar fondos para apoyar al esfuerzo bélico heleno.

A Chelly se le ocurrió invertir el dinero que sacaba de su negocio para comprar imágenes de archivo y montar una película documental sobre su país. Consiguió que el resultado, la película Greece on the march (Grecia en marcha), se proyectara en el cine Squire (que con el tiempo sería suyo bajo el nombre de Cameo).

El éxito de estas sesiones tuvo un doble efecto en su vida. Por un lado, Chelly se convirtió en toda una personalidad entre los griegos de Nueva York y su red de contactos se amplió muchísimo, algo que le sería muy útil en los años siguientes. Por otro, vio muy claro el negocio que había en la proyección de películas. Así que siguió alquilando el cine Squire para proyectar películas griegas, convirtiéndolo en todo un polo de atracción de la inmigración de ese país.

Terminada la guerra, Chelly regresó a Grecia para traerse a Estados Unidos a sus hijos, que habían sobrevivido milagrosamente al conflicto. También volvió a casarse, a pesar de que eran obvias las relaciones que mantenía con mujeres. Con su nuevo marido Rex Wilson, un proyeccionista de origen inglés del que adquirió el apellido, tuvo otra hija, Bondi.

Tras años exhibiendo películas griegas, y en plena revolución sociocultural en Estados Unidos, Chelly, que ya estaba totalmente volcada en el negocio de la exhibición, vio el filón de proyectar películas para adultos y se puso a ello, si bien aquellas películas poco tenían que ver con lo que actualmente pensamos que es una película «para adultos».

Desde la perspectiva actual, aquellas películas apenas podrían considerarse soft porn. En la mayoría de ellas, a duras penas podía verse un desnudo. No obstante, resultaron igualmente un éxito abrumador entre un público ávido de nuevas experiencias que poco a poco fue demandando emociones más fuertes.

Decadencia de un mundo

A partir de entonces, la vida de Chelly dio un cambio importante. En el documental, varios testimonios cuentan cómo en su apartamento era normal ver grandes bolsas de la compra llenas de dinero en efectivo.

Todo aquel capital fue invertido en ampliar el negocio, montar su propia productora, adquirir más cines (llegó a tener seis), propiedades por toda la ciudad y abrir el restaurante The Mykonos, que durante años se convirtió en uno de los lugares de moda de la ciudad, al que acudían estrellas de Hollywood y todas las celebrities del momento.

Los últimos años de Chelly van inseparablemente unidos a la decadencia del mundo en el que vivió. A finales de los años 70, el entorno de Times Square se fue degradando cada vez más y se extendió la sensación de que había llegado el fin de una era. Poco a poco, los cines de Chelly dejaron de proyectar películas porno y posteriormente, ya en los años 90, cerraron definitivamente. Todavía no había llegado internet, pero los videoclubes le habían ganado la partida a las salas para ver este tipo de contenidos.

Chelly Wilson murió en 1994 tras sufrir más de cinco ataques al corazón. En otra demostración del carácter que la hizo triunfar siendo la única mujer en un mundo brutal, dejó instrucciones precisas de cómo tenía que celebrarse su funeral. La intrépida empresaria seguía mandado más allá de la vida.