El zapatero de Arrecife

Félix Hernández se había presentado como voluntario para ir a la guerra

Sus profundas convicciones religiosas lo obligaban a luchar contra aquellos que trataban de acabar con la familia cristiana

Tardó muy poco en darse cuenta de que la guerra no era la solución

Félix Hernández, en una foto familiar

Félix Hernández, en una foto familiar / Foto cedida

El hijo del zapatero de Arrecife, Félix Hernández, acaba de cumplir 18 años, y cree, firmemente, que los rojos van a romper la unidad de España, y lo más importante, acabarán con la familia y con la moral cristiana.

En 1938 decide alistarse como voluntario. Sale del puerto de Arrecife camino de la Península. El barco va lleno de soldados, unos voluntarios como él y otros obligados. Después los suben en un tren que los deja en un pueblo cerca de Salamanca. De forma inesperada comienzan a explotar granadas, el grupo del zapatero de Arrecife queda en medio. Félix se ve envuelto en la batalla. Cuando todo termina está lleno de barro y sangre, a su alrededor hay varios compañeros muertos, conocía a dos de ellos. También venían en el barco que salió de Lanzarote. Con una mano coge la cadena con la imagen de la virgen del Carmen que le había regalado su madre y se pone a rezar.

Félix se da cuenta que la guerra no es como pensaba. A los soldados los llevan de un lado a otro, como ganado. A su alrededor sólo ve miedo, muertos, miseria, frío y mucha hambre. Entonces empieza a escribir un diario. Necesita poner orden en el caos. En su libreta solo hay espacio para los números y los nombres de los pueblos. Listas de heridos, de muertos, los nombres de los hombres que sustituyen a los caídos y los pueblos perdidos por los que van pasando.

En Estella tiene que sustituir al cocinero, aquejado de sífilis. Y se encarga de dar de comer a la tropa, lo que sobra lo reparte entre el grupo de mujeres vestidas de negro que se acercan a la parte de atrás de la cocina. No pregunta si esa mujer pertenece al bando de los rojos o de los azules, él da a todas. Todas son pobres. Y lo hace con delicadeza, no como quien lanza la comida a un grupo de desarrapadas. Lo hace dando lo mejor que tiene. Félix, el zapatero de Arrecife, que regresa a la isla es distinto al que se marchó a la guerra.