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Análisis

Europa se adentra en la heterodoxia

El BCE activa la compra masiva de deuda tras el fracaso de cinco años de medidas convencionales de impulso monetario - Grecia reduce su capacidad de presión

El Banco Central Europeo (BCE) puso en marcha este lunes, por vez primera desde su fundación, un plan de expansión monetaria. Se trata de una medida no convencional (y por lo tanto extraordinaria) de estímulo económico consistente en la fabricación ingente de dinero (se emitirán al menos 1,14 billones de euros hasta septiembre de 2016) para su inyección en la economía mediante la compra por el banco emisor de deudas privadas (lo que empezó a hacer en otoño) y sobre todo de los estados. Estas adquisiciones no se harán de forma directa a los Tesoros (lo que vulneraría el tabú de la divisoria entre políticas monetaria y fiscal) sino en los mercados en los que los títulos de deuda se negocian entre particulares.

La operación supone el reconocimiento del fracaso e insuficiencia de las beligerantes políticas de relajación monetaria aplicadas por el BCE desde 2010 recurriendo a procedimientos convencionales: inyecciones de liquidez, compras de deuda pública sin aumento de la masa monetaria, reducción del tipo oficial de interés al inaudito 0,05% y aplicación por vez primera de tipos negativos a los depósitos que la banca realiza en el BCE.

Este repertorio desmiente la muy común acusación de que "el BCE no hizo nada" frente a la crisis. Otra cosa distinta es que hizo mucho menos -en términos cuantitativos- que los bancos centrales de EE UU, Reino Unido y Japón. También es verdad que muchas veces logró su finalidad sin disparar un solo tiro, como cuando en julio de 2012 bastó su amenaza de actuar para que las primas de riesgo emprendieran la senda del descenso.

Y aunque cuantitativamente hizo menos que sus congéneres, cualitativamente hizo mucho más porque compró deuda de países como Grecia (equivalente a bono basura) que en ningún caso hubiesen entrado -por su ínfima calificación crediticia- en un programa de adquisición de activos de la Reserva Federal de EE UU. Hoy esos bonos están en el balance del BCE y su riesgo de impago corre a cuenta de todos los contribuyentes europeos.

El agotamiento de las vías convencionales sin que la economía europea haya sido capaz de remontar con vigor una crisis que ha entrado en su octavo año, la persistencia de un nivel de precios que (con independencia del efecto bajista del petróleo) evidencia una ausencia de pulso preocupante y un riesgo potencial de que pueda derivar en una peligrosa deflación, y las cortapisas a las que se ha enfrentado en Eurobanco en su empeño por imponer unas mismas condiciones crediticias y de tipos de interés en el conjunto del área monetaria (España se financia a diez años al 1,24% frente al 0,23% de Alemania) son las razones esgrimidas por el BCE para subirse al carro de otros bancos centrales y poner en marcha la máquina de imprimir billetes, aunque ahora sólo sean anotaciones electrónicas.

El BCE ha tenido que superar enormes resistencias internas y de los países socios para sumarse a los métodos heterodoxos de impulso económico mediante el recurso a inundar de dinero el mercado. Lo hace ahora invocando el estricto cumplimiento de su mandato: la vigilancia de la inflación, que cerró en negativo (-0,2% en 2014) cuando la obligación del eurobanco es mantenerla cerca del 2%. También lo hace adoptando cautelas para limitar la mutualización de riesgos al 20% de la deuda que se compre y forzando a confinar en el banco central de cada país el 80% restante. Todo ello para contener el malestar de Alemania y de otros países afines que comparten una visión estricta de la ortodoxia monetaria.

Es por esto que el BCE aluda a la necesidad de fabricar inflación para neutralizar la deflación y no mencione otros efectos también buscados con la expansión monetaria: depreciar el euro, abaratar el crédito, dinamizar la economía, penalizar al ahorro y promover la asunción de riesgos en la búsqueda desesperada de rentabilidad en un entorno de tipos ínfimos e incluso negativos.

La operación tiene otros efectos nada desdeñables: actuará de antídoto contra una subida de tipos por contagio inevitable de EE UU y Reino Unido cuando estos países revisen al alza los suyos en los próximos meses. Y supone un dogal más a Grecia: su amenaza de reabrir la crisis soberana si no se aceptan sus condiciones pierde gas con un BCE lanzado a compras masivas de bonos. Con todo, la operación no está exenta de riesgos (incluido el de fracaso) y tiene víctimas: los ahorradores y los acreedores.

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