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La alarmante telaraña de las comunicaciones digitales

«El dominio de las plataformas en las nuevas tecnologías posibilita los controles del ciberespacio y los recortes de las libertades colectivas»

Si intentamos hacer un análisis de la evolución de la prensa escrita durante los últimos cuarenta años, lo primero que se evidencia es el paralelismo entre los acelerados avances tecnológicos y la caída de las difusiones de periódicos y revistas. Primero se hizo notar el impacto de las televisiones, especialmente las privadas y autonómicas, que cubrían las necesidades mínimas de información de muchos lectores, a la vez que los atrapaban en la telebasura. Después vino Internet, y los diarios digitales surgieron como setas debido a las modestas inversiones necesarias para salir a las redes y versionar la realidad al gusto de determinados grupos, con la pretensión de competir con la prensa tradicional, que siempre necesitó fuertes respaldos económicos y muchos esfuerzos profesionales para asentarse en el mercado de la comunicación.

La alarmante telaraña de las comunicaciones digitales

La proliferación de cabeceras en España empezó en 1966, a raíz de la entrada en vigor de la ley Fraga, que permitía la salida de nuevos periódicos, aunque siempre con el permiso de la Dirección General de Prensa del régimen franquista, que además se reservaba el nombramiento de los directores. Aquella apertura permitió la implantación de nuevos diarios con un creciente espíritu crítico, el primero de ellos, LA PROVINCIA, que inauguraba así su segunda etapa, pues aunque nació en 1911 había suspendido temporalmente su publicación en 1955.

En esta segunda etapa, tanto LA PROVINCIA como otros diarios nuevos, aumentaron su difusión y su volumen de negocio apoyándose en la información política, pues las expectativas sobre la evolución del Régimen constituían el principal gancho para una gran masa de lectores. A los menores de cincuenta años habría que explicarles las tensiones sociales, la nostalgia del franquismo sociológico y el entusiasmo con que la progresía aplaudía las nuevas “tendencias”, la vuelta de los sindicatos y la aparición de tantos colectivos que seguían atentos los cambios sociales y los cimientos que iban fraguando para implantar la Democracia. Fue el Cuarto poder, precisamente, el principal motor de las innovaciones, el adalid de la democratización, y para ello fue marcando día a día las pautas que deberían llevarnos a enterrar la dictadura y crear una sociedad nueva, sobre las bases del desarrollismo que el Régimen, en franca desintegración, había permitido desarrollar.

Vimos pasar la Ley para la Reforma Política, la Transición, la Constitución del 78, las Autonomías, los partidos políticos y los colectivos de todos los colores dispuestos a influir en aquella apertura histórica. La prensa escrita vivió su edad de oro, con nuevos alicientes y extratipos que elevaron sus ventas hasta cotas desconocidas.

Monopolios expansivos

…Y llegó también Internet. El fenómeno social cogió desprevenidas a millones de personas, pero la realidad se fue imponiendo a la velocidad del sonido. Casi sin darnos cuenta, las grandes plataformas digitales y las cadenas de TV se apoderaron del mercado de las comunicaciones y el entretenimiento. Las masas se incorporaron al milagro tecnológico concediendo a las redes sociales un crédito sin límites y una fiabilidad que el tiempo se ha encargado de poner en la picota. La información robada a los periódicos y a las agencias de prensa empezó a distribuirse gratis a cientos de millones de usuarios. En muy pocos años hemos visto como Facebook, Google, Twitter, Apple, Microsoft, Amazon y algunas otras empresas han copado el poder en el mercado digital. En parte por la veloz incorporación de las masas de usuarios con sus ordenadores personales, las tabletas y otros dispositivos móviles, símbolos de la nueva era tecnológica, pero también por la voracidad de esas multinacionales que han convertido los smartphone en los instrumentos de una revolución dominadora. Ocho de las primeras diez empresas del mundo están ligadas a Internet, y han ascendido a la cúspide de los negocios capturando masivamente a los confiados usuarios pero también creando barreras o comprando a los nacientes competidores, estableciendo contratos de exclusividad en el uso de sus tecnologías y expandiendo sus tentáculos a todas las actividades del conocimiento. La última y espectacular operación ha sido la compra de Nuance, una firma líder en el reconocimiento de la voz, por Microsoft, que ha pagado nada menos que 16.500 millones de euros. Esto le permitirá al consorcio que lidera Bill Gates avanzar en la inteligencia artificial, especialmente en la asistencia a los proveedores de contenidos médicos y medioambientales, sector en el que alcanzará pronto el medio billón (con B) de dólares de facturación.

Invasión de libertades

El resultado ya lo conocemos suficientemente: las multitudes de usuarios han regalado ingenuamente su intimidad, que se comercializa para los fines más impensables; una publicidad salvaje y avasalladora que adivina nuestras preferencias e intenciones; un control de los movimientos como jamás pudimos imaginar, usando los medios más furtivos para condicionar nuestras actitudes sociales y políticas. Las libertades individuales y colectivas han sido invadidas; en la nube almacenan estas plataformas sus bancos de datos con las identidades, gustos y opiniones de medio mundo, listas para la manipulación en el sentido que marquen los nuevos regentes del Universo. Cabalgan secundados por una tropelía de medios afines que, por seguidismo o supervivencia, intentan diariamente aprisionarnos en el pensamiento único. Es evidente que este mercado tan decisivo para la consolidación de las democracias y las libertades básicas, sigue atosigando cada día a más millones de usuarios y pequeños actores de la industria digital, de manera que la vuelta a la competitividad y la transparencia se presenta como una quimera.

Mientras tanto, la prensa escrita ha perdido 1,8 millones de lectores diarios desde que comenzó el Covid-19. Según el último Estudio General de Medios (EGM) sólo 6,6 millones de españoles leyeron a diario prensa en papel durante el primer trimestre de 2021. Estos datos suponen un retroceso de más de 1,8 millones si se compara con la primera oleada de 2020, cuando los lectores llegaron a 8,4 millones diarios. Es decir, en el año que llevamos de pandemia, los periódicos convencionales han perdido un 21% de sus seguidores. Un desplome que acelera la caída experimentada en la última década, pues en la primera oleada del EGM de 2011, la prensa en papel registró 15 millones de lectores de media diaria. En diez años, esos periódico que tanto colaboraron en popularizar los productos de Internet han perdido la friolera de 6,5 millones de lectores de media diaria, un 56% de retroceso, y sus ingresos por publicidad en 2020 cayeron un 30,8 % respecto a 1919. Hace una década los diarios españoles facturaban más de 2.000 millones de euros y sus ingresos, solo por publicidad, superaban los 1.000 millones. Diez años después, la publicidad de sus ediciones digitales no ha logrado compensar la caída de venta de ejemplares, que se ha reducido a la mitad.

Abusos politicos y económicos

Estos son los escalofriantes datos sobre la decadencia de los periódicos convencionales. ¿Pero qué es lo que han perdido los anónimos seguidores de la prensa escrita? Para empezar, la verdad, con el rigor moral que se la ha entendido durante los últimos siglos. El viejo problema ético empezó a inclinarse, hace unos 30 años, con dirección al partidismo descarado, la imprecisión, las fuentes interesadas, la desinformación, el dirigismo político y el «colaboracionismo» con esa «filosofía» emergente que desprecia los hechos objetivos para distorsionar la realidad. Los lectores serenos y reflexivos han podido ver cómo los bulos, las creencias personales o grupales empezaron a dominar el mundo de la comunicación, con el fin de modular la opinión pública e influir en los cambios sociales. Muchos periodistas empezaron a experimentar el síndrome de la segunda mano, abusando de la información a distancia y rindiéndose a los planteamientos encauzados por sospechosos intermediarios. Estos nuevos prismas de análisis llegaron por la vía de las redes sociales, de las televisiones populistas, que con su inmediatez y descontextualización arramblaron con los sólidos prejuicios que nos protegían de la mentira, la propaganda y la demagogia. La credibilidad entró en una crisis de donde será difícil salir. Y no sólo la fiabilidad: hemos aprendido demasiado sobre acoso cibernético, robos millonarios de datos, reconocimientos faciales clandestinos, códigos raptores o virus polimórficos, los mismos que nos persiguen implacables vía cookis.

No acaba ahí la cosa porque con el 5-G el colonialismo digital se irá perfeccionando. Los repetidores de señales se multiplicarán por 50. En China, como adelantado ejemplo del panorama orwelliano que nos espera, existen ya 175 millones de cámaras de videovigilancia y reconocimiento facial, de manera que se puede detectar a un disidente nacional o extranjero en diez minutos. El Gran Hermano planetario avanza, con la valiosa colaboración de estos gigantescos chivatos informáticos. Son los mismos que pudieron un día censurar al presidente del país más poderoso del mundo, los que han secundado eficazmente el control de los rebaños internacionales durante la pandemia que sufrimos, y los que ensayan actuaciones de ingeniería social que acrecientan las servidumbres del género humano. Todo ello, coqueteando con el dirigismo chino y soñando con un indefinido globalismo.

Reacciones institucionales

Esta gran preocupación por los peligrosos monopolios, por la nueva y poderosa industria del dominio, ha excitado ya las reacciones defensivas: en octubre pasado, el Departamento de Justicia de EEUU y 11 estados federales presentaron una demanda contra la matriz de Google, Allphabet, acusándola de usar su fortísimo poder de mercado para doblegar a los rivales en el sector de la publicidad y la búsqueda en Internet. El servicio público digital debe ser regulado y hay quien pide ya despiezar las enormes plataformas citadas, restableciendo la libre competencia y las libertades de los consumidores, como ya ocurrió en otros momentos históricos de la económica americana.

La Unión Europea, por su parte, dio a conocer recientemente un borrador de reglas, dirigidas a Google, Amazon y Facebook, con serias amenaza para sus boyantes negocios en el viejo continente. Las empresas que no cumplan las políticas de contenidos planteadas por la Comisión podrían recibir multas equivalentes al 6% de sus ingresos globales. Además, aquellas que sean reincidentes (como Google, multada dos veces), sufrirían prohibiciones temporales. La UE podría imponer multas antimonopolio de hasta el 10% de sus ingresos, no sólo a las plataformas digitales sino a otros sectores de la economía. Y si se incumplieran estas reglas, los infractores podrían estar obligados a vender o trocear partes de sus negocios.

Así estamos, más o menos, cuando LA PROVINCIA/Diario de Las Palmas cumple 110 años de vida. Personalmente yo le dediqué cuarenta de los míos, junto a un numeroso grupo de compañeros que siempre creímos en el periodismo de calidad, en el rigor, y en el sagrado derecho que tienen los lectores a ser correctamente informados, con todos los matices y circunstancias que concurren en los hechos. Somos muchos los que seguimos creyendo en la viabilidad de los diarios, en papel o digitales, que permiten un reflexivo seguimiento de las noticias y la conjugación de las diversas opiniones sin las cuales ni el pluralismo ni las libertades son posibles. En este gran torbellino de populismos que vivimos, donde el pensamiento verdaderamente democrático parece arrugarse ante las presiones propagandísticas de diverso signo, la imagen que más serenidad puede transmitirnos es, quizá, la de una persona leyendo su periódico en la tumbona.

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