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Agaete La rama poética (II)

Agaete, huerto de botánica y poema

Las efervescencia poética modernista alimentaba las tertulias en la villa de principios del siglo XX

Agaete, huerto  de botánica y poema

Agaete, huerto de botánica y poema

Semejante a una conjunción planetaria en relación con la cultura fue, probablemente, lo que aconteció en Agaete llegado el siglo XX, ya que de otra manera sería difícil de explicar cómo, en un pueblo tan pequeño y lejos de la capital de la Isla, se creara en 1907 la Sociedad Casino La Luz, que la familia Armas aglutinara a la intelectualidad grancanaria del momento, en torno a las tertulias en el mítico Huerto de las Flores, que el poeta Tomás Morales ejerciera la medicina entre los años 1911 y 1919 y que la colonia agaetense emigrada a Buenos Aires a través de la revista Canarias, publicada en la capital de la Argentina para proyectar, allende los mares, el nombre de Agaete y el movimiento modernista en el que se encontraba inmerso.

Si centenaria es la Banda de Música de Agaete con sus 145 años de existencia, también lo es el Casino La Luz con 109 años de antigüedad. Fundado en 1907, el Casino fue un referente social al que sólo se podía acceder siendo socio, prácticamente todo el pueblo lo era al cumplir la mayoría de edad. Con mi generación se creó un precedente: se pudo disfrutar de sus actividades a partir de los dieciséis años, exceptuando los bailes, que eran considerados pecaminosos por la censura de entonces.

Antes de la creación del Casino La Luz, hubo otras sociedades similares como fueron las sociedades recreativas El Fomento en 1873 y El Brillante, que se disolvió en 1877. Durante la Segunda República Española, funcionó la Sociedad Cultural Guayarmina, disuelta durante la Guerra Civil Española de 1936 con el triunfo del franquismo.

Durante más de un siglo de andadura, el Casino ha sido un referente cultural que compartió y tomó el testigo del Huerto de las Flores, una vez pasada la época de los encuentros en ese lugar, propiciados por la familia Armas, antes de que éstos se instalaran en Las Palmas de Gran Canaria en 1921; de la misma manera que mantendría el espíritu de la poética modernista heredado de Tomás Morales, Alonso Quesada y Saulo Torón.

Fue en los salones del Casino La Luz donde en 1951 un joven de dieciocho años conocido en Agaete como Pepito, El de Elvira -que así se llamaba su madre-, iniciaría su trayectoria pictórica, exponiendo allí por primera vez hasta convertirse en el gran artista que es hoy Pepe Dámaso, o donde el médico del pueblo, José María Gómez Fernández de Retana -dinamizador cultural en su tiempo libre-, coordinara en 1952 un ciclo de conferencias, además de dirigir el Teatro de Cámara de la Villa, juntamente con otro gran dinamizador cultural como fue el señor cura párroco, don Manuel Alonso Luján.

Entre tantas veladas culturales recuerdo una noche memorable. Era junio de 1966. El Casino ya se había trasladado desde el inmueble que en estos momentos ocupa la Casa de la Cultura, a la que había sido la casa del médico y poeta Tomás Morales, aún sin derrumbar para construir la sede actual. Con el título Día de la Poesía, se inauguraba primero una exposición de pintura y algunas esculturas del grupo Nuestro Arte, en la que exponían artistas de la talla de Manolo Casanova, Enrique Lite, Pedro González, Eva Fernández de Guigou, Maribel Nazco, Carlos Chevilly y donde, posteriormente, haciendo honor al nombre del acto, vimos recitar a Isidro Miranda, Fernando Ramírez, José Caballero y Agustín Millares Sall, corriendo a cargo de Pedro Lezcano la clausura.

Llegado el año 1971, el Casino y el pueblo de Agaete rindieron homenaje a Saulo Torón, quien además de gran poeta y asiduo participante de las tertulias en el Huerto de las Flores, atesoraba un cúmulo de experiencias líricas y afectivas compartidas con sus otros amigos en la poesía, Tomás Morales y Alonso Quesada. ¿Sin saberlo?, Agaete y su Casino cerraban el ciclo de una sociedad decimonónica que agonizaba, coincidiendo con la transición democrática española, que daba pasos agigantados a lo que se ha dado en llamar la sociedad del conocimiento.

Tan sólo por la historia que atesora, El Casino, que aún sobrevive, tendría que reformular su nuevo encaje con un proyecto que diera respuesta a las necesidades de la población actual, como así lo hizo desde su nacimiento.

Un huerto para la poesía

El maridaje entre botánica y poesía convirtió al Huerto de las Flores -propiedad de la familia Armas- en un lugar mágico, cuando no exótico, ora real, ora leyenda y así, se ha conservado hasta nuestros días.

Nuestros poetas estaban bien posicionados en un momento dulce para la poesía, que se codeaba en la portada de la prensa con las noticias de la Primera Guerra Mundial, como es el caso de Ecos, el diario de la tarde que dirigió Alonso Quesada entre 1915 y 1917, en el que además del trío de poetas amigos -Morales, Quesada y Torón- publicaron sus poemas personalidades como Unamuno, Rubén Darío, Agustín Millares Carló, Luis Doreste Silva, Antonio y Manuel Machado y Eduardo Marquina, entre otros. Cuando Alonso Quesada pasa a dirigir el periódico La Crónica en 1919, la poesía también emigra buscando cobijo.

Es más que evidente que aquella efervescencia poética modernista alimentaba las tertulias del Huerto de las Flores, en las que además de los que ejercían el oficio de poetas, despuntó el médico y también poeta Francisco de Armas, quien junto con sus versos nos dejó algunas crónicas reivindicativas, entre las que destaca la necesidad del trazado de las carreteras que unieran La Aldea y Artenara con Agaete, para sacar así a los dos municipios de la incomunicación a la que hasta ese momento estaban sometidos.

De aquel pasado ritual modernista, Agaete recuerda a dos mujeres amigas en la poesía, como fueron Juana Cabrera de Armas, conocida como Juanita la Aurora y María Álamo García -familiarmente Mariquita la de Penene, que así llamaban a su padre-. Rapsodas además de poetisas, dominantes ambas de aquel carácter histriónico propio de su tiempo y conocedoras también de Tomás Morales y sus versos. Estas dos mujeres fueron inmortalizadas por Pepe Dámaso: la primera en la serie Juanita, una joya del arte póvera y la segunda en el catálogo de la exposición de la serie; allí le dedica el Canto Final a su amiga, además de hacerla participar en el rodaje de la película La Umbría.

Poesía allende los mares

El aglutinante de este periodo cultural agaetense vino de la mano del insigne pedagogo don José Sánchez y Sánchez, -Ingenio 1852-, hombre de reconocido prestigio, respetado en los diferentes círculos de la Villa, a quien la Junta de Instrucción provincial había distinguido en 1879 con un oficio por los adelantos en la escuela, seguido del nombramiento de caballero de la Real Orden de Isabel la Católica en el año 1882.

Su familiaridad con la iglesia donde ejerció de organista, hizo que el párroco de entonces, Don Virgilio Quesada Saavedra, le encargara en 1910 el discurso de bienvenida al obispo Alfredo Pérez Muñoz, que se había desplazado hasta la Villa para administrar el sacramento de la confirmación, el cual, una vez acabada la misión, embarcaría para La Aldea por el Puerto de las Nieves en el vapor Águila de Oro.

Don José Sánchez y Sánchez fue, además de socio fundador, presidente del Casino La Luz, desde 1913 a 1916, siendo nombrado presidente de honor al dejar el cargo por el peso de los años, para continuar con el magisterio y la exposición de los trabajos de sus alumnos en aquellas Fiestas de Las Nieves de 1917, de las que también sería presidente de la comisión de fiestas durante varios años. Esas serían sus últimas celebraciones, al fallecer el 15 de octubre de aquel mismo año, óbito que activó la creación de una comisión para rendirle homenaje, a la que se sumaría la colonia agaetense afincada en Buenos Aires.

En el mes de mayo de 1918, el pueblo de Agaete y el magisterio grancanario homenajearon a don José Sánchez descubriendo una lápida en el interior de la escuela donde ejerció su magisterio y, en abril de 1920, con motivo de dedicarle una calle por parte del Ayuntamiento, llega desde Buenos Aires: un retrato de don José, el pergamino que aún continúa colgado en el colegio José Sánchez y Sánchez de la Villa de Agaete, con un poema de Serrano Clavero y las firmas de todos sus discípulos- ahora emigrados a la Argentina-, un álbum para la familia y la aportación económica correspondiente para la construcción de un sencillo túmulo en el cementerio; actos en los que destacan las intervenciones del poeta Francisco Armas Medina, el párroco, don Virgilio Quesada y la lectura del discurso de Francisco Medina Ramos, agaetense afincado en Buenos Aires, periodista y exalumno que fuera de don José.

Y la poesía generada en Agaete hacía viajes de ida y vuelta a la Argentina, una vez publicada en la revista Canarias que se editaba en Buenos Aires y que, por aquel tiempo, estuvo bajo el cuidado de Franciscos Medina Ramos, el impulsor del homenaje a don José Sánchez en aquella orilla del Atlántico. Es así como el poema Camino de Guayedra, enviado por el médico y poeta Francisco Armas, regresa firmado por Teodoro Golfín, aquel médico de la novela Marianela de Pérez Galdós y seudónimo con el que firmaba este intelectual agaetense. Varias de las portadas de la revista Canarias la ocupan fotos de Agaete como la vista de El Caidero, en la zona conocida como los Chorros, hasta el Roque Partido, antes de que Domingo Doreste Fray Lesco, encargado de la edición de las guías turística de Gran Canaria, le denominara Dedo de Dios. ¡Cuánto Agaete hay repartido por el mundo gracias a la cultura!

Una rama sin fronteras

Mientras tanto, la Banda de Música de Agaete continuaba su andadura, estabilizando su situación y haciendo imprescindible su presencia en todo acto que se preciara. Para el año 1926 la municipalidad había tomado en serio la existencia de la Banda de Música, nombrando como director a un joven de la Villa con conocimientos musicales, como fue don Manuel García Sosa, quien estuvo al frente hasta 1931, año en el que emigró a la Argentina, retomando la dirección a su regreso- tres años después- hasta 1944, año en que se retiró y compaginó el oficio de zapatero artesano con la enseñanza musical en su casa de Villa de Arriba, quedando enterada toda la vecindad cuando al atardecer las notas musicales se apoderaban del barrio.

A partir de 1944, la Banda de Agaete inicia una de las etapas más brillantes de toda su trayectoria, con don Enrique Asencio Ruano al frente de la misma. Procedente de Burriana, Castellón, pertenecía al cuerpo de directores de bandas de música, cuyas oposiciones había ganado en marzo de 1936, profesionalidad que ayudó a que la agrupación musical integrada en su mayoría por músicos aficionados, que trabajaban en las fábricas de zapatos del pueblo- la mayoría-, cuando no en la agricultura, progresara tanto en aprendizaje como en ampliación del repertorio.

Esta fue la Banda de Música de mi infancia, la de los paseos y música que anunciaban los programas de las fiestas, la que acompañaba a una procesión, la que abría el cortejo de cualquier acto institucional y la que fijó definitivamente las piezas clásicas que se tocan en la Rama, con independencia de los ritmos del momento que siempre los hubo, la que acompañó aquel 5 de agosto de 1946, a la Virgen de las Nieves en su nuevo trono de nube y ángeles, esculpido por don José Armas Medina.

A pesar de que España estaba enfrascada en la Guerra Civil de 1936 y los pueblos aplazaban los actos cívicos, continuaron celebrándose los actos religiosos del día 5 de agosto en honor a la Virgen de las Nieves y, si bien no hubo Rama, sí que cuenta la prensa con detalle un acto, que por otra parte, se hacía en todos los pueblos, como era el de la exaltación y reafirmación de la nueva bandera, "con entusiasmo inenarrable, inspirado y alentado por el elemento fascista", y que según la crónica del momento, no se recordaba en Agaete ningún otro acto que despertara tanto entusiasmo en sus habitantes, como aquel del 20 de agosto.

Llegado el año 1937, con una parte del pueblo dando tiros en el frente de guerra, otros en el campo de concentración o desaparecidos, Agaete se engalanaba para celebrar las fiestas de Las Nieves, "no con alegrías profanas ni cascabeleos del mundo, sino como una rogativa para que el nublado que sobre nuestra querida España hay, se vuelva un cielo azul y limpio".

Con un lenguaje más sutil que preludiaba le efervescencia del nacional catolicismo, en 1938 tampoco hubo Rama, sustituida por una romería celebrada el 5 de agosto, en vez del 4, "para recuperar el sabor histórico, en virtud del testamento de sus fundadores don Antón Cerezo y doña Sancha Díaz, el amo 1532", para lo cual se expusieron en la Ermita de Las Nieves las Tablas Flamencas al completo, retomándose en 1939 la "típica Romería de la Rama", hasta llegar al año 1941, con un programa que clasifica los actos en religiosos y profanos, cayendo la Rama en el segundo de los epígrafes, no sé si porque ya presentían la deriva del ritual o porque no habían descubierto el término "actos cívicos".

Con la perspectiva que sólo el tiempo da y asiste, qué difícil es por imposible -para quienes lo pretenden-, ponerle puertas al campo de los sentimientos, queriendo definir y dirigir el origen y destino de la Rama, cuando hay tantas Ramas como gente participa en el ritual, cada cual a su manera, respetando esas reglas mínimas de convivencia que la hacen diferente, la bailen por motivos religiosos o "profanos", lleguen a los pies de la virgen o se queden mojando las ramas en el mar, participen de ambas cosas o de ninguna, que es lo que hace la mayoría, una vez cubiertas sus necesidades emocionales. Y es que el hecho espiritual trasciende más allá del hecho puntual religioso, sea cual sea, a sabiendas de que tenemos un ritual tan grande como la sencillez que el mismo encierra y tan amplio, sentimentalmente hablando, que es un modelo de participación y que no genera rechazo alguno a la luz de los valores de igualdad, diversidad, paz y armonía que la sociedad reclama.

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