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La Provincia - Diario de Las Palmas

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De BIC en BIC Morros del Ávila, Agüimes (6)

Donde el Hombre de Guayadeque

Morros del Ávila guarda algunos de los grabados antropomorfos más interesantes de la Gran Canaria prehispánica

Donde el Hombre de Guayadeque

A una vera del sur del barranco de Guayadeque, a tiro casi de su desembocadura, existe un farallón continuo conocido como Morros del Ávila, que atesora en sus adentros unas cuevas conocidas con el mismo nombre y que guardando las oportunas distancias ofrece una de las 'pinacotecas' más curiosas de la Canarias indígena, y también una de las mayores canalladas que ha sufrido el patrimonio arqueológico del Archipiélago.

Catalogado el 14 de noviembre de 2008 como Bien de Interés Cultural dentro de la categoría de Zona Arqueológica, el sistema se divide en dos morros propiamente dichos, y diversas oquedades. Así el Morro Grande y el Chico. El primero guarda tres cuevas, aunque una de ellas prácticamente desaparecida por la extracción de sillares para la construcción del edificio parroquial de Ingenio, y el segundo exhibe unos paneles grabados que se erigen en las cotas más altas de la Montaña de Agüimes, y que deben el nombre a Juan de Ávila, mayordomo de la iglesia de la villa y propietario de aquellos predios en virtud de las dádivas de la Corona de Castilla por peripecias de Conquista.

Las dos primeras cuevas de Morro Grande están excavadas de manera irregular, con unos pequeños huecos o alacenas, y algunas entradas obstruidas por la construcción de muros de piedra que hay que firmar a los pastores que hasta los años 90 del siglo pasado mantenían allí sus ganados de cabras. Pero pese a esos malísimos grados de conservación debido a los usos incorrectos aún conserva restos de pintura, definiéndose allí un gran friso con motivos triangulares blancos sobre un fondo rojo de almagres que se localizan en torno a una puerta que comunica las dos estancias.

La otra cueva, que se sitúa muy cerca de la anterior, se encuentra excavada en la propia toba volcánica, y presenta un relleno de piedra también producido por la alteración del medio para estabular ganados, pero ahí quedan atesorados en sus paramentos restos de pintura. Son dos franjas horizontales decoradas en los mismos colores, y como la anterior a modo de friso, y del que destaca una franja de color blanco que ocuparía el resto de la estancia hasta llegar al suelo. En ese mismo piso, que se encuentra bastante compactado por varios niveles de estiércol, se encuentra un elevado número de cazoletas y agujeros en el suelo, unos redondos, otros rectangulares, sin que a día de hoy los arqueólogos les hayan podido dar una función específica.

En estas dos cuevas de Morro Grande existen aún más oquedades del mismo tipo en algunos de puntos de las paredes, que hablan de los apoyos donde se afianzarían los mecanismos para el cierre de puertas o ventanas. Remata el conjunto, antes del acceso al interior, unos corrales de piedra, con algunos de sus muros que fueron de origen indígena y que se complementaron con otras construcciones más modernas.

Unos 300 metros más allá el paso se frena con Morro Chico o Morro del Cuervo, que es el nombre que recibe un afloramiento rocoso que impacta en el paisaje. Allí se estampan otros seis paneles de grabados, cuyos motivos más abundantes corresponden a figuraciones antropomorfas, entre las que destaca el conocido como Hombre de Guayadeque, considerado como una de las representaciones humanas de mayor tamaño del archipiélago canario.

En esos seis 'cuadros' hay también representaciones geométricas, unas incisiones lineales que corresponden tanto a autoría prehispánica como otras más recientes, y de las que también se desconocen sus dataciones, si bien se deducen de algunas de ellas que están vinculadas al afilado de cuchillos ya que muestran huellas de elementos metálicos, lo que supondría un uso posterior a la Conquista mientras que otras delatan que lo fueron consecuencia de una utilización piedra a piedra.

Primitivismo del siglo XXI

Hasta aquí la descripción del patrimonio indígena. Ya que la parte más primitiva, o bárbara, de Morros de Ávila paradójicamente llega con el siglo XXI. La fragilidad del yacimiento, altísima debido a una pista de tierra que facilita el tránsito hasta el lugar, ha provocado que el citado Hombre de Guayadeque, uno de los símbolos más representativos de las cultura de los antiguos canarios que incluso es un emblema identitario de la ciudadanía, que lo emplea en fachada de casas, como tatuaje, icono o incluso como logotipo de empresas ha sido, junto con el resto de pinturas, frisos y paneles, objeto de repetidos actos vandálicos.

Pero sobre todo del que se fecha en 2013, cuando queda arruinado el icono por cuatro letras que conforman el nombre de Saúl, y que ha quedado para la posteridad como ejemplo de la estulticia, término que resume la ignorancia, necedad y estupidez de una persona.

Pero aún así se ve que Saúl no está solo en el gremio. En un panel de grabados que se encuentra al lado de las incisiones se han incorporado motivos indígenas de nueva factura, como espirales y pintaderas propios de otros yacimientos, y que están presididos por el lema Canarias libre.

Para intentar preservar este legado el Cabildo de Gran Canaria, a través de la empresa Tibicenas, y según explica su arqueólogo y guía del Servicio de Patrimonio del Cabildo, David Naranjo Ortega, va a iniciar en las próximas semanas un proyecto de documentación con nuevas técnicas que distan de las antiguas formas de estudio basadas en el calco y la colocación de yesos para reproducir estas figuras.

El sistema propuesto producirá un impacto mínimo, cuando no nulo, con el empleo de fotogrametría digital georreferenciadas a partir de puntos de apoyos topográficos, que son fundamentales para una investigación en la que participan profesionales como la restauradora Cristina Ojeda Oliva, el especialista en micología Vicente Escobio, o Iván Suárez, que se hará cargo de la citada fotogrametría.

Con esos datos, que incluye un estudio para discernir si eliminar o no los hongos de algunas partes de las piedras, se va a proceder a minimizar el impacto de esos grafittis, con especial atención al de Saúl, que es el que afecta de lleno al Hombre de Guayadeque, y el del Canarias libre.

No solo se trata de un trabajo de investigación al uso sino, como lo describe Naranjo, "un pilar básico para su difusión, conservación y concienciación, que es uno de los propósitos fundamentales". Y lo harán con unos medios tecnológicos atractivos, impulsando su reproducción en tres dimensiones y con vínculos que lo contextualicen con la importancia de estas manifestaciones rupestres para entender Canarias y situarla en el tiempo.

Esto para tratar así de que no se repitan estas situaciones que han estado dañando durante años y años lo más de mil yacimientos arqueológicos que existen en la isla de Gran Canaria.

El arqueólogo explica que es imposible la viabilidad económica y práctica de una vigilancia personal en cada uno de ellos, y que dado el gran número de puntos de interés prehispánicos la "isla quedaría vallada", si se optara por ese sistema. La única forma de cuidarlos corre a cargo de cada isleño. Porque "un BIC", añade, "no es un título, sino una protección y esa protección corre a cargo de cada isleño, que con su conocimiento sobre el valor preserva su patrimonio".

Es el caso muy especial del Hombre de Guayadeque, que aún está por 'hablar' y por la importancia que le otorga sus peculiaridades, casi con mayor motivo. "Tenemos que pensar", añade, "que los grabados están por algo y que desde allí se erigen en un lugar privilegiado de la Montaña de Agüimes desde la que se observa la de Arinaga, y también la costa, las medianías y la cumbre". Por tanto, intenta "comunicarnos algo, como sucede con los símbolos antropomorfos del cercano barranco de Balos".

Quizá sería el guardián de los tesoros arqueológicos que durante siglos produjeron los primeros humanos que se asentaron en Canarias. O advertir de los peligros de la ignorancia de alguien que cientos de años después sería bautizado con el nombre de Saúl.

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