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A la búsqueda de Ajodar

El arqueólogo Julio Cuenca apunta a La Mesa del Junquillo como la mítica ubicación donde se masacró a las tropas de Pedro de Vera

El arqueólogo, junto a un apilamiento de grandes de piedras colocado en los bordes de la cima como sistema de defensa. | | LP/DLP

Poco antes del final de la Conquista de Gran Canaria los indígenas infligieron a los castellanos la mayor de las derrotas en un lugar que en las crónicas se identifica como la mítica fortaleza de Ajodar, topónimo que incluso ha trascendido al imaginario popular pero cuya ubicación exacta configura desde siglos uno de los mayores enigmas de la isla antigua y es fuente de diversas teorías a la que se suma el arqueólogo Julio Cuenca, que localiza en La Mesa del Junquillo ese inexpugnable bastión natural del que se sirvieron los canarios para repeler la ofensiva.

Financiado por la dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias, Julio Cuenca dirige una campaña de prospecciones arqueológicas para apuntalar una teoría que se apoya en no pocos indicios, empezando por las propias crónicas que se hacen eco de la hecatombe castellana que tuvo lugar entre el otoño y el invierno del año 1482.

El arqueólogo, a partir de esos escritos, dibuja un contexto en el que un amplio grupo de isleños se hace fuerte en la Caldera de Tejeda, y en el punto de mira de un Pedro de Vera determinado a fulminar la resistencia.

Los canarios aniquilaron a unos 200 ballesteros vizcaínos en vísperas de la rendición isleña

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El general, asevera el arqueólogo, organiza «una operación militar sin precedentes», con unos efectivos que incluyen el refuerzo de Miguel de Muxica, llegado a finales de ese mismo verano de 1482 y que cuenta con 200 ballesteros de las montañas del País Vasco, «que resultaban necesarios para intentar sacar de las fortalezas enriscadas a los canarios, en lugares donde no eran operativos ni los caballos ni la artillería».

A ello se sumaba un as bajo la manga, que no era otro que «el converso Thenesor Semidan, el otrora Guanarteme regente, que tras ser bautizado y convertido en la península con el nombre de Fernando Guanarteme», también regresaba con el grupo de Muxica «para incorporarse a esa ofensiva con 400 canarios leales».

El primer punto sitiado se concreta en la Fortaleza del Bentayga, donde las tropas intentaron su asedio durante quince días, y donde mueren, detalla Cuenca, «una decena de pardillos», denominados así por el color de sus uniformes. Ante estas dificultades Pedro de Vera pide más refuerzos, mientras se aleja del Bentayga para realizar incursiones de hostigamiento en los territorios próximos.

La Mesa del Junquillo, en plena Caldera de Tejeda, vista desde la fortaleza del Roque Bentayga. La Provincia

Una vez llegados los refuerzos, en la emblemática fortaleza del Bentayga lucen hogueras, pero no son más que un artificio. Los canarios ya no están. Ahora se encuentran liderados por Tazarte y Bentejuí, que custodian a la Heredera de la Tierra, Arminda, en Ajodar, la inexpugnable, la misma que citan la crónicas de forma confusa, «tal vez por un desconocimiento geográfico del territorio». Ilustra este desconocimiento el hecho de que no es hasta avanzada la segunda mitad del XIX cuando se describen por primera vez las poblaciones de la Caldera de Tejeda gracias al médico Víctor Grau Bassas, cuyos dibujos representan «las primeras imágenes que se conocen sobre aquellos paisajes remotos de la Trasierra».

De ahí la necesidad de mixturar arqueología con geografía, orografía, análisis militar y literatura para alcanzar un análisis interpretativo que a Julio Cuenca le lleva justo a La Mesa del Junquillo.

Son datos, por ejemplo, como los de Abreu Galindo, que sitúa el lugar de Ajodar a dos leguas de Tazartico, es decir a 11 kilómetros, apenas una diferencia de 3.000 metros de la legua castellana a la que se refiere el cronista

Un ancho de un tiro de arcabuz

Otro de ellos, Marín y Cubas, describe el lugar con un ancho de «un tiro de arcabuz, con riscos muy pendientes y empinados, la subida dificultosa y sola una veredilla por andenes...», y que a criterio del arqueólogo coincide con el estado actual de la montaña, aún hoy solo accesible por un paso situado en su vertiente sureste.

El retrato del edificio geológico arroja una altitud de 854 metros de altura, con una cima trapezoidal de 1.300 metros de largo por 600 de ancho «blindada por paredes verticales», apunta Cuenca, «que sobrepasan los 90 metros de altura por todas sus vertientes».

En la meseta se encuentran grandes piedras de barranco colocadas por los canarios como defensa

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Cuando los castellanos detectaron que aquellas hogueras no eran más que un trampantojo para simular que aún estaban en el Bentayga, se desplazaron al otro fuerte, y «una vez al pie de la montaña-fortaleza se dividieron en dos cuerpos, uno al mando de Miguel de Muxica, compuesto por ballesteros que iban en vanguardia para defenderles la vista de los que iban subiendo. La otra parte del ejército», señala el arqueólogo basándose en las crónicas, estaba formado por el Tercio Viejo, que se situó donde habían un sendero por donde pensaban podrían huir los canarios. Muxica tenía orden de Pedro de Vera de que «no acometiese hasta que fuese avisado, porque fuese el acometimiento por entre ambas partes a un tiempo». Pero no obedeció y cayó en la trampa, si bien algunos autores dejan entrever que Pedro de Vera huyó ante el descalabro y lo dejó solo. En todo caso, Muxica «subió por el empinado sendero que asciende a la fortaleza por la vertiente oeste, siguiendo el Camino Viejo desde el Barranco Grande en persecución de los canarios, que hacían como si estuvieran huyendo, pero en realidad los llevaban a un lugar sin retorno», puntualiza Cuenca.

Abreu Galindo describe la hecatombe. Una vez los canarios vieron que los invasores no podían ser socorridos, «dando una gran grita de tropel y gran prisa, arrojando muchas piedras y riscos y galgas, se dejaron venir sobre los cristianos de tal manera, que no les valía el huir, porque se habían de desrriscar por unos despeñaderos, ni tenían con que ampararse de las piedras, que eran muchas y grandes. Aquí murió Miguel de Muxica y la mayor parte de los vizcaínos, y otros que se les había juntados”.

La fortaleza natural se encuentra entre las tres presas de La Aldea, Parralillo, Siberio y Caidero de la Niña La Provincia

Cuenca relata que Pedro de Vera antes de replegarse hacia Gáldar con los restos del ejército, pidió a Fernando Guanarteme que le protegiese de las furia de los canarios cubriéndole la retaguardia para poder huir barranco abajo hacia la playa, además de encargarle que enterrase a la los muertos en algún lugar de Ajodar.

La copia de los muertos

Los heridos que luego murieron en Gáldar, «fueron enterrados en una casa canaria de gran tamaño, transformada en improvisada iglesia donde también fueron exhumados aquellos que perdieron la vida en Ajodar, pero esta vez, al no estar los cuerpos presentes, se hizo en forma de réplicas en barro o madera para evitar la llamada mala muerte, tal como lo describe la Crónica Lacunense: «Y en otra casa cerca decían misa y la intitularon de la advocación del señor Santiago, donde fueron enterrados, y depositado copia de aquellos maltratados».

Pero entonces, ¿dónde se encuentran los cuerpos de los entre 200 y 300 ballesteros muertos? «Lo primero sería intentar localizar el escenario de la matanza», sostiene el arqueólogo, algo que la ubicación del sendero viejo da ya algunas pistas, a las que hay que añadir que «en los trabajos de prospección arqueológica ya realizados hemos encontrado algunos de estos túmulos de piedra, pero habrá que llevar a cabo sondeos en ellos para determinar sin contienen fosas con enterramientos».

Los expertos han intentando fijar su ubicación en distintos lugares, como Gáldar o Las Tirajanas

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Cuenca sostiene que Fernando Guanarteme, encargado de dar sepultura a esa cantidad ingente de cuerpos, en un lugar de evidente tensión entre los dos grupos de canarios y a la falta de cuevas de considerable tamaño para darles cobijo, «optarían por buscar un terreno más o menos llano, próximo al lugar de la batalla donde cavar una gran fosa, que luego cubriría con tierra, y sobre el lugar levantaría un túmulo como señal de respeto e indicación de que allí estaban enterrados los castellanos».

Por tanto, encontrar esos indicios sería determinante para ubicar Ajodar de una vez por todas.

Indicios no faltan, porque a estas claves se suman otras igualmente atractivas ofrecidas por viejos pastores, algunos nacidos en la Casa de Los Junquillos, que ilustran sobre la toponimia, los nacientes ocultos en los andenes, «sobre cuevas donde habían visto restos humanos y trozos de tejidos de junco, loza rota o cuevas con palos atravesados. Nos hablaron», continúa Cuenca, «que en la mesa, donde se sembraba cebada para los animales, habían piedras redondas grandes de barranco puestas en las orillas, que no se explicaban quién las había podido llevar allí y para qué».

El futuro inmediato no deja de ser ilusionante, con la puesta en marcha de otra campaña de investigación, ésta sufragada por la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias, que pondrá el foco en la documentación de los antiguos senderos y los sitios arqueológicos

Uno de los indicios determinantes lo ofrecería el encontrar el enterramiento de los centenares de cuerpos

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Este nuevo pero pacífico abordaje a la potencial Ajodar estará apoyado, «por nuevas tecnologías como el uso de drones, que nos permite escudriñar aquella montaña como antes no lo habríamos podido hacer. Por eso creemos», sentencia por último, «que pronto tendremos una gran superficie prospectada, y con ello nuevos resultados. De momento tenemos localizadas áreas de enterramientos en cuevas y otras con estructuras de superficie y acumulaciones que forman túmulos que podrían contener los restos que buscamos. Aquí la excavación será la única forma de saber si estamos en presencia de los enterramientos de los ballesteros vizcaínos a los que Fernando Guanarteme dio sepultura, cumpliendo las ordenes que Pedro de Vera le dejó antes de huir de aquella maldita fortaleza, a la que nunca más volvió».

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