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Arucas

Los labrantes que hicieron cumbre

Antonio Cabrera, Juan Marrero y Nicolás Falcón rememoran la odisea del remate a más de 60 metros de altura de la cuarta torre de la iglesia de San Juan

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Los tres labrantes que remataron la última torre de la iglesia de Arucas José Carlos Guerra

Antonio Juan Cabrera Henríquez, que va para los 85 años «el San Juan que viene» nació en La Goleta, Arucas. Hijo de Antonio El Bonito, no tanto por lo guapo, que también, sino por las florituras de piedra que diseñaba, el pequeño Antonio comenzó a los ocho o diez años a cargar estiércol «cuando el hambre», acarreando cestones desde los animales a las plataneras, y viceversa. No cogió mucha más altura cuando comenzó en la cantera, primero llevando cestas de brozas y luego haciendo estadales, esos bordillos para las aceras, y trabajando de ajuste, salvo cuando el calor apretaba, que era cuando se colgaba de atrás en los camiones y se iba a la playa al mediodía antes de continuar a picar por la tarde.

Juan Francisco Marrero Santana, de 82 años, también fue nacido en La Goleta, pero vino a aprender el arte del labrar en Tenerife, en importantes obras de la calle de El Pilar, «donde está el reloj de flores». Marchó a la isla vecina también de la mano de su padre, con unos siete u ocho años, «porque de entrada yo no quería estudiar nada», y así fue como fue aprendiendo el duro oficio de esculpir cuadrando la piedra con martillo y pico, donde dejó su impronta en varios monumentos del lugar, como las iglesias de Tacoronte y Candelaria.

En junio de 1977 se colocó la enorme roseta de una sola pieza y la veleta que corona el templo

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Nicolás Falcón Acosta, Colacho, viene a ser de la misma hornada, con sus 83 años bien cumplidos. Nacido en Firgas, de padres aruquense, también comenzó a los doce años en el trajín, «justo detrás de la Heredad, con mi padre, en la cantera de El Mirón, donde se sacó la mayoría de la piedra de la iglesia de Arucas».

Ellos tres, un 23 de junio de 1977 hicieron cumbre al rematar la fenomenal filigrana del templo neogótico más alucinante de este lado del Atlántico.

La primera piedra del edificio proyectado por el arquitecto  Manuel Vega i March se colocaba en 1909, pero los trabajos se quedan sin desarrollo en 1932 con la muerte de uno des sus principales promotores, Francisco Gourié, y el cura Francisco Cárdenes, a lo que se añadía una crisis económica y la víspera de una guerra civil cuya resaca impide retomar la faena hasta el año 1962, dejando inacabada la cuarta y más alta de sus torres, que es cuando el Cabildo retoma las obras bajo la dirección del labrante maetro Bruno Medina, hasta que fallece.

Le seguirían su alumno más aventajado, maestro Pedro Afonso, con labrantes como Tomás Lorenzo, Juan Félix, Feluco, Rodríguez, Antonio Juan Cabrera, Juan Francisco Cabrera y Nicolás Falcón esculpiendo los fenomenales paramentos que dan forma al mayor farallón que se eleva por encima de los 60 metros de la vertical, sin olvidar lo que en la cantera sacaban la piedra, los cabuqueros Manuel González, El Camorra y José Santana, El Pujío.

Los labrantes que hicieron cumbre

Los trabajos se dilataron durante años, a pesar de trabajar a piñón en una suerte de chamizo ubicado en el exterior de la parte sur del templo ocho horas diarias. «Empezábamos a las siete y media pero a las siete estábamos todos sentados, dándole a la escoda, al pico, la maceta, los escoplos, la bujarda, la escuadra y el metro, con sus vitolas y plantillas».

Así hasta que llega finales de mayo de 1977. Que es cuando toca realizar una de las piezas más emblemáticas de todo el conjunto. Un enorme ejemplar de ocho caras festoneado con volutas y motivos florales de ocho caras, y cuyo encargo recae en Colacho. «Me la echaron a mí porque algunos no querían hacerla», apunta con el dedo en la plaza de San Juan.

De una sola pieza y de un tamaño considerable, Falcón Acosta, estuvo 21 día en ella, terminando dos días antes de lo acordado.

«El 22 de junio la terminé y esa tarde el maestro Pedro la elevó en la grúa y la dejó colgada por la noche sobre el techo de la iglesia. Le dije que si se llegaba a caer, tendríamos que hacer de nuevo toda la iglesia». Así amaneció el 23, con ese enorme tarajullo sostenido en el cielo, como un meteorito en pausa. A partir del mediodía Feluco coge el mando de la grúa, y Antonio Juan y Juan Francisco trepan por una escalera de madera amarrada con vergas, «con los palos podridos» y unos andamios hechos con cajas de frutas hasta la cima, con Colacho mirando desde abajo por el vértigo. «A esa altura las plataneras se ven negras».

Arriba se llegaba por una escalera atada con vergas a un andamio con madera de cajas de fruta

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Feluco y el maestro apuntan en la distancia para cuadrar la viga macho que la unirá al templo, y cuando aciertan, a las órdenes de arriba, sueltan la piedra rebosando la lechada sobre los dos equilibristas sueltos, sin red, ni cabos de seguridad. Aún faltaba la veleta, espichada sobre la nueva piedra. Allá subió Juan Francisco, y ahí siguen, la piedra roseta y su veleta. Y ellos tres, para contarlo.

En la imagen superior, Juan Francisco Marrero, Nicolás Falcón, y Antonio Cabrera. En la imagen inferior, la enorme última pieza que remata la cuarta torre en la que figuran, abajo a la izquierda con casco rojo, Tomás Lorenzo. Detrás, Pedro Afonso, al que siguen Juan Félix Rodríguez, también con casco rojo, y de arriba abajo a la derecha Antonio Juan Cabrera, Juan Francisco Marrero y Nicolás Falcón, en una imagen captada en junio de 1977 poco antes de su colocación. |

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