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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Ingenio

Apuntes históricos sobre la viruela

Durante siglos la población canaria fue asolada por la peste, modorra, tabardillo, mal de San Lázaro, cólera y otras enfermedades contagiosas que hoy casi se desconocen

La corbeta María Pita. | | LP/DLP

La viruela es una enfermedad contagiosa, caracterizada por la proliferación de granos ponzoñosos en la piel, siendo muy peligrosa para los adultos que la contraen. Se contagia a través de la respiración o contacto con objetos personales. Conocida en Oriente desde la antigüedad, llega al espacio mediterráneo en razón a los contactos comerciales. Ya en el siglo XVI se consideraba una enfermedad endémica en Europa y como consecuencia de la expansión atlántica se propaga en el continente americano, donde fue especialmente virulenta.

Edward Jenner. | | LP/DLP Rafael Sánchez Valerón

Los chinos conocían la manera de frenar su avance de forma preventiva inyectando a personas sanas el pus de las ampollas de los contagiados leves (variolización), método que se introduce en Europa en el siglo XVIII, pero que cayó en desuso, llegándose a prohibir en las colonias americanas al considerarse que lejos de prevenir, provocaba el contagio.

Francisco Javier Balmis. | | LP/DLP Rafael Sánchez Valerón

Las epidemias de viruela se producían con carácter cíclico y en general se trataba de evitar su propagación a través del aislamiento. El mayor mal que había padecido la humanidad hasta 1720 fue la peste y a partir de entonces, la viruela; llegándose a considerar que es la que más víctimas ha causado.

Vacas y vacunas

Ya en el siglo XVIII, durante su estancia en Turquía la escritora inglesa Lady Montagu observó que las mujeres que ordeñaban vacas no contraían la viruela; ello se debía a que los bovinos infectados con una variedad más leve causaba inmunidad para contraer la enfermedad, por lo que decidió inocular el virus a su hijo, impregnando una aguja con el pus de las vacas contagiadas, llevando posteriormente esta técnica a algunas cortes europeas, pero acabó siendo rechazada por muchos médicos en Inglaterra. Fue en 1796 cuando el médico rural inglés Edward Jenner empleó el mismo sistema con el pus extraído de las ubres de vacas infectadas a un niño de 8 años, hijo de su jardinero al que le causó fiebre durante unos días pero no mostró ningún síntoma de viruela, comprobándose que no perdía propiedades al pasar a un humano y de éste a otro, llegándose a establecer como método preventivo para no contraer la enfermedad. Posteriormente se hicieron pruebas en otros países europeos.

El proyecto atlántico

Las primeras vacunaciones llevadas a cabo en España se efectuaron en Cataluña en diciembre de 1800 con fluido vacuno traído desde París. Su práctica fue impulsada por el cirujano Francisco Javier de Balmis, por lo que desde la Corte se le nombró para organizar y dirigir una expedición a América y Filipinas para luchar contra el mal. La vacunación se debía llevar a cabo con niños expósitos que no hubieran padecido la viruela mediante la transmisión brazo a brazo con inoculación de viruelas leves. El pus de las vacas se infectaba en un niño y el “fluido vacunal” extraído de las pústulas se recogía y se transmitía a otro niño para así mantener la cadena. El proyecto fue aprobado el 20 de junio de 1803.

La expedición llega a Canarias

Para desarrollar el proyecto se fletó la corbeta María Pita que partió del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803 con 22 niños a bordo acompañados de cuatro médicos, dos cirujanos, tres enfermeros y una rectora, arribando en Tenerife el 9 de diciembre, donde Balmis desembarcó con cuatro niños vacunados. Una hora después ya habían sido inoculados diez niños de familias prominentes con el pus extraído brazo a brazo. Durante ese mes el número de vacunados en Santa Cruz de Tenerife ascendió a 800.

Desde Gran Canaria se anunció que saldría para Tenerife una expedición con seis infantes de diversas edades sanos y robustos junto a sus madres, acompañados de un facultativo con su practicante para poner en práctica la “prodigiosa inoculación” en la capital y pueblos interiores, venciendo la desconfianza de buena parte de la población, a pesar de los estragos provocados por las epidemias en 1759,1780 y 1787 y que en la década de 1790 fue especialmente virulenta. Mientras en Europa se desarrollaba la aplicación de la vacuna antivariólica, el tabardillo (tifus exantemático) se había cebado en la población especialmente en la zona meridional acompañada de sequía y plaga de cigarras. Cuando expiraba el siglo la zona del señorío de Agüimes sufre la arribada masiva de majoreros asolados por el hambre que a su vez traen consigo el virus de la viruela. El párroco de Agüimes se queja amargamente de la continua mortandad de los “pobres majoreros”.

La vacuna en la villa de Agüimes

Una vez efectuadas las primeras vacunaciones en 1804, a requerimiento de la Junta Provincial de la Vacuna, en mayo de ese año, las autoridades de Agüimes envían a Las Palmas a Blas Simón Hernández, maestro barbero y sangrador, para ser instruido en el “modo y forma como deberá hacer la operación en los vecinos de esta Villa”. Por los mismos días se establece en el término una Junta Subalterna, con el encargo primero de elaborar un padrón detallado de las personas que debían vacunarse. En el mes de junio, el párroco de San Sebastián, Vicente Sánchez, hace venir a su costa desde Telde a un cirujano y a una niña de brazos llamada María, que tenía pústulas de viruela en los brazos. El día 8 de ese mismo mes se realizan, en medio de repique de campanas, las primeras once vacunaciones a siete niñas y cuatro niños, siendo la primera María Caballero, sobrina del párroco. En los siguientes días se procede a vacunar a todos los censados en el casco de Agüimes.

La vacuna llega a Ingenio

El pueblo de Ingenio al igual que todo el territorio entre las cuencas de los barrancos de Guayadeque y Draguillo-Aguatona, que posteriormente configuraría el municipio de Ingenio, formaba parte del Señorío Episcopal de Agüimes en su zona septentrional, constituyendo el núcleo poblacional más importante de toda su periferia. Es allí donde se proyecta la segunda remesa de vacunación después de la Villa, chocando de entrada con la oposición de sus habitantes, debiendo intervenir el párroco, Vicente Sánchez, quien a través de sus sermones logra convencer a los vecinos para que se lleve a cabo la vacunación de los niños.

Por 1818, ya normalizada la práctica de la vacunación antivariólica, el 2 de marzo se vacunaron 320 personas en Agüimes y 13 días después 490 en Ingenio.

Si bien la efectividad de la vacuna quedó plenamente demostrada, la precariedad de medios, deficientes condiciones higiénicas, malnutrición e ignorancia de gran parte de la población, así como la arribada de barcos con personas contagiadas, siguió castigando con fuerza a la población, siendo especialmente virulenta en 1827, continuando a lo largo de siglo XIX y parte del XX.

La corporación municipal de Ingenio y la viruela

Distintos brotes de viruela se contabilizan a lo largo del siglo XIX junto a otras epidemias históricas (tifus, fiebre amarilla, elefantiasis, cólera). Por 1845 la “perniciosa enfermedad de la viruela” se propaga, extendiéndose por algunos puntos de la isla de forma alarmante, lo que hace que el alcalde de Ingenio, Bartolomé Estupiñán, convoque a la Corporación, compuesta por el teniente alcalde, siete regidores y síndico, en sesión plenaria a puertas abiertas, para deliberar sobre el asunto y remediar los considerables males que traía consigo, acordándose que viajaran a Las Palmas, donde se hallaban las vacunas, niños de reconocida robustez para conducirlas al pueblo, contratando a Sebastián Hernández para que la propagara en toda la jurisdicción, pagándosele a dispendio de los pudientes, haciéndolo gratis a los pobres.

En el libro de difuntos de la parroquia de Nuestra Señora de Candelaria de Ingenio se contabilizan como fallecidos a causa de la viruela: ocho en 1871, once en 1872, y treinta y uno en 1891.

La viruela se presenta de nuevo al finalizar el siglo XIX y principios del XX. Por 1899 el periódico España da la noticia de la aparición de un caso de viruela en el Carrizal donde los vecinos hacían grandes esfuerzos para impedir que se propagara. Por 1903, la corporación municipal acuerda que de imprevistos se socorra a los hijos de Agustín Trujillo que se encontraban enfermos de viruela en los Moriscos, dándole dos almudes de pan semanalmente y una peseta con cincuenta céntimos, mientras permanecieran en tal estado.

El médico Antonio Sierra y Carbó

Natural de Sevilla, fue nombrado médico titular de Ingenio con su botiquín en los últimos años de la década de 1880, hasta que en 1890 se traslada a Telde. Introdujo la medicina inyectada e inoculó el virus de la viruela a un ternero, con el fin de obtener linfa antivariolosa que aplicó en varias ocasiones a los habitantes de los pueblos del Sur.

Los novenarios

Una costumbre arraigada durante el siglo XIX era la de los novenarios en el templo de Nuestra Señora de Candelaria y procesiones al Calvario con la finalidad de que se aplacasen los males producidos en la población por efecto de calamidades. Así, por 1891, bajo la presidencia del alcalde Manuel Rodríguez Ramírez, se acuerda en sesión plenaria que del fondo de la carnicería se tomen 7 pesos y medio duro para pagar el novenario que por la viruela se hizo a la Virgen y luego si se llevara la Virgen al Calvario y se pide al objeto, y cobre el responso, y si no hubiera cobros se queden por bien gastados.

La viruela en 1815

Fue un año especialmente conflictivo por la extrema beligerancia entre los dos grupos políticos locales de la época. Ocupaba la alcaldía Juan Medina Giraldo, frente a la oposición liderada por José Morales Rodríguez. Alcalde y opositor eran vecinos de Carrizal y sus enfrentamientos dialécticos alcanzaron un tono de clara hostilidad, siendo motivo de bastantes debates la epidemia de viruela que atravesaba el pueblo ese año, así como caldo de cultivo para dirimir sus enconadas diferencias.

En sesión celebrada en el Ayuntamiento en junio, se acordó cubrir los gastos originados por la viruela, agravada con la aparición de tres casos más en el Albercón, Sequero y Ejido, acordándose poner guardias en la casa de cada uno de los contagiados, pagándose tres pesetas por día y por noche. En otra sesión, el alcalde Juan Medina manifestó que lo consignado no era suficiente para cubrir los gastos ocasionados y que se pudieran ocasionar con motivo de la viruela que se había presentado, acordándose librar lo que faltaba del capítulo de imprevistos. El alcalde llegó a proponer acudir a los arbitrios municipales para atender los gastos ocasionados por la viruela, aprobándose que pasara a la comisión de hacienda para su estudio. Los concejales del grupo de gobierno habían presentado una propuesta para dar un voto de gracias al alcalde por su decidida actividad y sacrificio en sofocar la epidemia variolosa, por sus sacrificios personales, facilitado dinero para el pago de guardias de su peculio particular, dando con ello facilidades al municipio que presidía a favor de salud pública, por lo que se consideraba era acreedor de gratitud general. Esta iniciativa había encontrado clara oposición en su adversario José Morales Rodríguez al manifestar que lo que el alcalde hiciera para sofocar la viruela era en cumplimiento de su deber, ignorándose todo el sacrificio de su peculio particular, por no haberse dado cuenta al Cuerpo de los gastos ocasionados ni de los pagos hechos, por tanto, no había motivos suficientes para darle un voto de gracias. La propuesta quedó aprobada por seis votos contra cinco, lo que provoca la protesta de Morales y su grupo por haberse tenido en cuenta el voto del alcalde. Ya en el mes de julio se acordó nombrar cuatro misiones de dos personas para recorrer el pueblo en demanda de auxilios pecuniarios con objeto de sofocar la viruela en el Ejido, Almendro, Sequero, Molinillos Albercón y Carrizal con un depositario a quien se le entregarían las cantidades recaudadas. Estas comisiones se encargarían de solicitar una casa apartada del pueblo que reuniera las condiciones necesarias para ser destinada a especie de hospital para los que fueran atacados de viruela. Por octubre se dio cuenta de los gastos por la guardia en las viviendas de once personas y sostenimiento de un enfermo pobre variceloso con un gasto total de 1.201,50 pesetas.

Conclusión

A medida que avanza el siglo XX el número de contagios de viruela va disminuyendo hasta que en 1980 la Organización Mundial de la Salud la da por erradicada. En la actualidad se considera que es la única enfermedad humana erradicada en todo el mundo.

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