El vino que amansa al fuego

Bodega Frontón de Oro atesora el primer galardón Gran Canaria Mosaico por el cuidado de sus fincas ante los incendios forestales

Antonio Ramírez, su hijo Alejandro, y su hermano Pedro Ramírez, en su finca de Bodegas Frontón de Oro, en la Vega de San Mateo.

Antonio Ramírez, su hijo Alejandro, y su hermano Pedro Ramírez, en su finca de Bodegas Frontón de Oro, en la Vega de San Mateo. / LP/DLP

Juanjo Jiménez

Juanjo Jiménez

Corre el año de 1970 cuando la familia Ramírez compra un terreno que sobrevuela el pago de La Lechuza, en el municipio de San Mateo, una suerte de colinas suaves salpimentadas de vides que constituyen uno de los mejores oteros de las medianías viradas al norte y el este de Gran Canaria.

Con el caminar del tiempo, los hijos Pedro y Antonio, nacidos en el vecino barrio de Camaretas y muy ligados al campo, también tiran de la agricultura, plantando y vendiendo verduras y hortalizas en Mercalaspalmas hasta que a principios de los años 90, con los terrenos del padre y otros que fueron adquiriendo, retoman el proyecto de las vides. Así es cuando en el 95 obtienen los primeros vinos embotellados bajo la marca Frontón de Oro, «Frontón porque es como aparece en el registro de la finca y de oro por los rayos de sol que nos visitan cada mañana», explica Pedro para referirse a una luz que se expande en los prismas de las uvas que iluminan a una hacienda ordenada al milímetro.

La propiedad abarca diez hectáreas en plena producción de la que brotan doce referencias, cuatro de tintos, un rosado y el resto blanco. Son de 70.000 a 80.000 botellas anuales, al punto que los hermanos copan entre el 16 y el 17 por ciento de toda la uva de la Denominación de Origen Gran Canaria.

Para contextualizar la cifra supera en kilos a municipios completos, como el de San Bartolomé de Tirajana o Santa Brígida.

La panorámica de la finca Frontón de Oro se ajusta como anillo al dedo al decálogo del proyecto Gran Canaria Mosaico por el que aboga el Cabildo de Gran Canaria para prevenir los incendios forestales, o cuanto menos, cortarles el paso: limpios de rastrojos, vivos y en producción y con una tierra cultivada, arada y atendida.

Y por todo esto a Pedro y Antonio les ha caído, sin aviso previo, el primer galardón Gran Canaria Mosaico con el que la corporación insular quiere distinguir -con una cadencia de uno al mes-, a personas o entidades «que represente a cada una de las piezas clave de ese conjunto paisajístico y medioambiental y que contribuye con su labor a convertir Gran Canaria en un territorio preparado antes los grandes incendios forestales».

Los dos hermanos sostienen que el reconocimiento responde a una apuesta por «una agricultura profesional que busca cuidar y mantener el entorno», lo que implica no solo el sostenimiento de las líneas de producción, sino también el minimizar potenciales daños del fuego, de forma que «cuidamos los alrededores para evitar partes que pudieran convertirse en focos importantes de riesgo, bajar la masa forestal al lado de las viviendas y terrenos colindantes, y siempre que podemos ganarle dos metros más, pues mejor», concluyen mientras muestran orgullosos la caterva de sus brillantes vinos, vinos que amansan los fuegos.