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Entrevista a Alejandro Suárez Rosales

"La Iglesia tiene que ser una casa abierta para todos, sin excepción"

"A Dios le duele que siga habiendo guerras y muera gente, pero un Carnaval, como mucho, le hace cosquillas", reflexiona el sacerdote claretiano

Alejandro Suárez, la semana pasada, en la parroquia del Corazón de María.

Alejandro Suárez, la semana pasada, en la parroquia del Corazón de María. JOSÉ CARLOS GUERRA

¿Cómo se siente al estar de nuevo en su tierra y ordenado ya como sacerdote?

Pues siento una alegría muy grande de volver a mi casa, a mi tierra, donde comenzó todo. Se siente una enorme paz cuando uno vuelve a donde más amor ha recibido, a la familia. Y tengo que decir que también me siento muy agradecido por todas las muestras de cariño y apoyo que he recibido estos días.

Dicen que el sacerdocio es una de las profesiones más felices. ¿Lo puede corroborar ya?

Para mí por lo menos sí. En la semana y poco que llevo, ciertamente, me siento feliz, aún sabiendo que no es un camino de rosas y que habrá momentos de cruz. No sabría explicarlo muy bien con palabras, porque no es euforia, sino esa felicidad profunda que es paz.

Usted es un sacerdote joven. ¿Supone eso un reto dentro de una institución tan longeva como la Iglesia?

Desde mi punto de vista estamos asistiendo a un cambio generacional. Estamos pasando de una época en la que había muchos sacerdotes a una en la que hay menos vocaciones. Para mí el reto es intentar integrar lo antiguo y lo nuevo. Yo siento que tengo mucho que aportar desde el diálogo y el respeto y, por supuesto, aprendiendo de los mayores. Para mí esa es la clave. Los jóvenes somos el futuro y tenemos que tomar ciertas riendas y responsabilidades y cambiar ciertas cosas que gustan menos. El empuje lo tenemos nosotros, los que entramos nuevos, aunque eso no quiere decir que los mayores no sean importantes.

¿Qué cosas le quiere aportar a la Iglesia en una época en la que la sociedad demanda cambios?

Pues ofrecer cercanía y sentido de la vida. Ser también casa de misericordia, como dice el Papa Francisco y, sobre todo, rostro joven de alguien que ha nacido a finales del siglo XX, con el cambio posterior al Concilio Vaticano II. No quiero que esto se interprete como una especie de nuevo contra viejo, pero vemos que hay mucha gente perdida y quieras o no, cuando se trata de jóvenes las inquietudes entre nosotros son más próximas y eso hay que aprovecharlo.

Hablando del Papa Francisco, ¿qué es lo que más le gusta de su pontificado?

La claridad, la transparencia y su lenguaje cercano y directo. Eso es lo que más me atrae.

¿Cree que son tiempos difíciles para ser cristiano?

Creo que sí y que depende del contexto. En Europa está claro que tenemos una dificultad grandísima: los jóvenes acuden poco a las iglesias y estas están cada vez más envejecidas y cambiarlo es un reto. También es difícil ser cristiano en un ambiente donde parece que todo va a desaparecer como los lugares de guerra donde se ejecuta a los cristianos por el mero hecho de serlo. También lo es en América, donde hay muchas desestructuras sociales y en Asia donde sí que son auténticas minorías.

¿Cómo puede un sacerdote conseguir que haya más fieles?

Muy fácil, con alegría. Si yo me encuentro con alguien que está fuera de la Iglesia, tengo que mostrarme alegre, cercano y dialogante. Hay que favorecer ámbitos donde la Iglesia sea una casa donde todos sean bienvenidos. Nadie puede quedar excluido. Insisto en esto porque me da mucha pena que a veces se transmita lo contrario. Yo quiero que la Iglesia sea una casa con las puertas abiertas a todo el mundo y desde ahí quiero vivir mi sacerdocio.

¿Me puede decir tres cosas por las que cree que un joven debe acudir a una parroquia?

La primera es que aquí va a vivir la alegría de la fraternidad. La segunda es para darle un sentido a la vida. Y la tercera y la más importante, porque tienes un Dios que te ama y que te quiere tal y como eres. Creo que el mundo está necesitado de estos mensajes porque me parece que estamos demasiado marcados por los prejuicios y la Iglesia tiene que derribar esos muros que separan a los seres humanos entre sí.

Habla de una Iglesia abierta y dialogante. ¿Qué opina sobre lo que pasó con Drag Sethlas?

A mí personalmente no me ofendió porque creo que uno tiene que tener ciertos filtros para relativizar los temas. Entiendo que haya gente a la que sí le molestara. No hay que perder de vista nunca que nuestros actos pueden ofender a otras personas y por eso aquí hay que entender todos los palos. Pero por otro lado, no creo que esto sea lo que más le ofenda a Dios, a lo mejor le hace cosquillas. A Dios lo que le duele es que siga habiendo guerras, que gente inocente muera, que haya explotación, pero un Carnaval... Vamos yo pienso así.

Entonces, ¿que piensa de la comparativa que hizo el obispo con las víctimas de Spanair, por la que después pidió perdón?

Creo que ahí fue un poco desafortunado. Entiendo que para el señor obispo sea doloroso, pero quizá no se puede equiparar. Una cosa es un accidente aéreo donde hubo víctimas y hay familias que aún no lo ha superado y otra un carnaval. Entiendo que él dijera que no le gustaba, y eso no está mal, pero para mí no es comparable y esto lo digo con todos mis respetos a don Francisco.

La última pregunta es sobre el eterno debate del papel de las mujeres dentro de la Iglesia. ¿Cómo lo ve usted?

En este sentido tenemos mucho que caminar. No voy a entrar en el tema de las ordenaciones porque creo que es algo que no tiene claro ni el Papa, pero sí creo que se deben dar pasos para que la mujer vaya teniendo más peso en ciertos ámbitos. Por ejemplo, en el estudio de la Teología donde la visión femenina es necesaria. A mí me gusta mucho la imagen de El regreso del hijo pródigo de Rembrandt en la que se ve cómo el padre abraza al hijo y tiene una mano de hombre y otra de mujer. Para mí ese icono es un paradigma, es decir, ver tu propia fe desde la mano de un padre y también de una madre y la Iglesia tiene que caminar hacia eso.

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