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Turismo Un vestigio del desarrollo urbanístico del litoral

El primer hotel de Las Canteras

El edificio que hoy alberga la Delegación de Defensa fue pionero en ofertar alojamiento turístico a pie de playa en la década de los 20

El primer hotel de Las Canteras

El primer hotel de Las Canteras

Ha pasado mucho tiempo desde que la playa de Las Canteras era un lugar despoblado dedicado al atraque de barcos al que había que ir en coche de caballos por encontrarse a las afueras de Las Palmas de Gran Canaria. Tanto es así, que hay que remontarse a principios de la pasada centuria para encontrar los primeros vestigios del despegue urbanístico que sufrió la zona que hoy se consolida como epicentro social, cultural y turístico. Uno de ellos es el edificio que actualmente ocupa la Delegación de Defensa en Canarias y que allá por los años 20 albergó el primer hotel a pie de playa. Un inmueble cargado de historia "que ha sobrevivido gracias a que también fue sede de la Comandancia de Marina", según el cronista oficial de la capital, Juan José Laforet, quien dedica a este espacio el libro Playa, hoteles y defensa. Un edificio paradigmático en Las Canteras.

Ubicada en la parcela que abarca las calles Hierro, Pedro del Castillo Westerling y el Paseo de Las Canteras, la edificación, que será sometida a una reforma el próximo año, es para Laforet "patrimonio de la cultura turística de la ciudad". Esto es debido a unos orígenes vinculados al desarrollo del entorno del litoral y del Puerto de La Luz que marcaron la propia actividad que tuvo lugar entre sus cuatro paredes bajo las manos de distintos propietarios.

El primero de todos ellos fue Cayetano Inglott de Ayala, quien edificó una primera casa que contaba con varias habitaciones, cocinas y retretes y que fue proyectada en 1890 por el arquitecto Laureano Arroyo Velasco. "Eran como pequeños apartamentos vacacionales que posiblemente alquilaba, a pesar de que no existe documentación al respecto", señala el cronista. Y es que la llegada de los ingleses desde las dos últimas décadas del siglo XIX trajo consigo "un cambio de mentalidades y costumbres" en la sociedad del momento en la que se empezó a despertar "el gusto generalizado por los baños", tal y como aparece en el libro. Además, la presencia británica supuso un aumento de la necesidad de contar con mayor oferta alojativa en el municipio. "Fue un visionario de lo que más tarde se convertiría esta zona", asevera al respecto el cronista.

A esta vivienda, que contaba con 345 metros cuadrados de patios y 528 a otras dependencias, se le construyó en 1903 una habitación anexa. No obstante, unos siete años después, Inglott de Ayala vendió la propiedad a Domingo Artiles Pérez, dueño junto a su hermano Daniel de una afamada empresa constructora. Fue él quien presentó en 1913 una solicitud al Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria para reedificar el inmueble en el que se proyectaron "cuatro viviendas económicas y una casa con otros dos hogares en planta baja y un piso corrido en el alto con torreones frente a la playa".

Así lo recoge la publicación en la que se asegura que era un "buen momento" para iniciativas como esta gracias a la consolidación de la moda de veranear y pasar temporadas de descanso junto al mar de la burguesía de la época. Además, en la zona ya se había instalado el Asilo de San José, con un hospital para niños pobres, el convento de los Padres Franciscanos, el British Club, entre otros.

El nuevo edificio, que fue obra del arquitecto Fernando Navarro, quien incluyó en su proyecto una cubierta, pronto se convirtió junto a la Caseta de Galán en un hito que pasó a pertenecer posteriormente a Victoria de Ibarrola, si bien fue su hijo Francisco de Sales Fabrellas de Ibarrola quien registró a su nombre la propiedad en 1921, coincidiendo con nuevo destino en la Península como funcionario de Aduanas, actividad que había ejercido en el Puerto de La Luz desde 1908. El edificio, que ya se conocía por aquel entonces como Casa Fábrellas, se convirtió en 1919 en el primer hotel del Paseo de Las Canteras impulsado por Clara Aimiel Fargher, una ciudadana inglesa viuda residente en la ciudad junto a su hija Margaret. El enclave, que abrió sus puertas bautizado como Hotel Fargher, fue popularmente conocido como Hotel Alhambra por la decoración arabesca de su interior que se puede apreciar en el patio principal que todavía se conserva en la edificación. El negocio, de carácter familiar por sus trabajadores e inquilinos, llegó a albergar la consulta de medicina general y pediatría el doctor Augusto Gómez Porta.

El Alhambra cerró en 1923 fruto de la decadencia turística vinculada a los estragos de la I Primera Guerra Mundia (1914- 1918). Esto fue tan solo un año después de que De Sales Fabrellas vendiese el inmueble al comerciante Pedro Boissier Boissier, quien nunca llegó a vivir en él, sino que lo alquiló. De este modo, en 1924, en este periódico se recoge la primera referencia al nuevo Hotel Towers. "Un lugar con el glamour y el atractivo necesario para acoger veladas y eventos que tanto llamarían la atención en la capital". Punto de encuentro de la alta sociedad, en él se hicieron homenajes a miembros distinguidos de la República española. Contaba con chefs de gran reconocimiento así como con una orquesta propia que lo convirtieron en el hotel de moda de los años 30 en el que también se llegó a hospedar el equipo del Real Madrid que vino a jugar en 1932 contra el Marino F.C. y el Victoria. Poco después, la Guerra Civil (1936- 1939) terminó de aniquilar la actividad de este espacio que cerró definitivamente a principios de la década de los 40.

Ese mismo año se decidió la ubicación de la Base Naval y fue nombrado un vicealmirante para estar al frente de ella, "por lo que surge la necesidad de buscar una nueva ubicación a la Comandancia de Marina, que en un primer momento se instaló en la calle Doctor Chil de Vegueta, así como a su capitán de navío titular", explica Juan José Laforet. "Para ello se llega a un acuerdo con Boissier para alquilar el edificio que tenía libre en la playa de Las Canteras". De este modo, en 1941, en la planta baja se instalaron las oficinas, mientras que encima se habilitó la parte de la vivienda del comandante . La parte de arriba pasó a ser el sollado en el que residían los marinos. El contrato inicial se firmó por un periodo de cinco años, que finalmente fueron muchos más, no sin tener que batallar para ello. Y es que Boissier traspasó el inmueble en 1956 a José Caro Valenzuela, quien a principios de la década de los 60 intentó recuperarlo con el objetivo de derribarlo y construir apartamentos turísticos y locales comerciales debido al boom del turismo nórdico que comenzaba a despegar en la ciudad donde la actividad turística ya había echado raíces. A pesar de ello, diez años después, la Comandancia de Marina seguía ocupando la edificación al no encontrar un emplazamiento adecuado al que poder trasladarse. "Esto hizo que se evitara el derribo y, por lo tanto, que el edificio llegase a nuestro días", apunta el cronista.

Tras la muerte de Caro, fue su viuda Elisa Martín- Córdoba y su hijo Jaime Caro quienes heredaron la casa. Al morir este último, su esposa, Belén Patiño, vendió a su suegra su parte en 1986 por 9 millones de pesetas. Ni un año después, Martín- Córdoba transfirió por 50 millones el inmueble al Ministerio de Defensa que lo registró a su propiedad en 1987. En el año 2000, la Comandancia de Marina finalmente se instala a su sede actual en la plaza de la Feria y seis años después, tras una rehabilitación, la Delegación de Defensa pasa a ocupar el edificio cuya fachada será reformada el próximo año.

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