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En-Xayo permanente: el arte total

Perfil realizado por Salvador Sagaseta a Xayo y publicado en La Provincia el 29 de mayo de 1988 con motivo de una actuación del artista en Utopía

Xayo (con gafas oscuras) quería fotografiarse conmigo: yo era el único marica en la ciudad con el que no se había retratado. Manuel Castro

Es quizá el artista más integral en su género que ha dado las islas. Únicamente en la ambigüedad encuentra su concreción. Es un hombre-frontón, una revista hablada, un artista inagotable... Cada día se suicida y resucita en la ceremonia interminable de un arte que es la negación de la muerte. Hombres como castillos le arrojan flores a este ser «dudoso». No es verdad que las flores y los templos son para las mujeres. También el llanto, los claveles y el derecho a pintarse es de hombres.

Se llama Pedro Moreno, alias Xayo o Xayo alias Pedro Moreno pero que tiene la fortuna de no saber en realidad quién es, quién está encima, si Pedro Moreno, aquel chico de 36 años (no he dicho del «36») nacido en Guía, o el «doble» que se inventó para sí mismo. Xayo es una de las pocas personas que se concretaron a sí mismos en la ambigüedad infinita del ser, o sea, ahora, y tras mucho en-Xayo sabe finalmente quién es: es lo que él quiera. Lo sabe y le gusta. No nació en la cama de todos (cama de hospitales con olor a desinfectante y nacimientos en serie) sino en la cama de su madre, nacido de partera y amores legítimos con la Luna a favor. Xayo es feliz en su inconcreción, pues la ambigüedad le brinda la puerta de emergencia de su otro «yo»: cuando no es feliz como Pedro, es feliz como Xayo; siempre hay una salida de emergencia abierta para el hombre: un postigo falso que en el caso de Xayo no conduce forzosamente a la muerte o la desesperación, sino, como en un milagro budista, a la reencarnación. Xayo se inventa y asesina continuamente, en-Xayándose de modo perpetuo... y, sobre todo compartiéndose. Amar es dar, y salir al escenario es darse del todo, darse hasta el borde del agotamiento.

Este tipo de hombres necesita un escenario, un aplauso, un puñado de amigos, una noche sin dormir para soñar despierto... Y ahora ensaya Xayo —me dice— el arte de desaparecer y descubrir nuevas fronteras de sus posibilidades.

Coca cola en Nueva York

Nos vemos en la terraza del «Derby». Esta tarde tiene Xayo el pelo cortado a lo «marines», como recién salido de la «mili», pero ese pelo corto de «fuerza de élite» es la condición básica para que le encajen las pelucas de su constante juego de las transformaciones. No todo el mundo tiene la dicha de poder ser quien él mismo a cada segundo elija: ese lujo de felicidad eterna lo tienen únicamente ese tipo de individuos tipo cometa-Halley que se ven apenas una vez en la vida y se llaman, sin ir más lejos, Xayo. Ya tiene casi cerradas las maletas para Nueva York... pero, no, no va a quedarse allí, pues la isla le da más tirones de los que el corazón soporta, y canario sin jaula, se pierde y muere: todo canario vuelve a la tierra que lo parió, así que quince días neoyorkinos le bastan y sobran a Xayo para aprender. Este viaje es quizá otro de sus juegos transformistas: un breve salto al Universo pero con el juramento y la necesidad de recobrar la aldea... Tiene prisa Xayo por «descubrir» Nueva York, tanta urgencia por nutrirse de rascacielos y perros calientes, bocanadas de aire artificial y barrios de negros con patín, que inicia ya el viaje en el mismo Derby pidiendo una Coca-cola.

Dos formas que lograron una síntesis

Xayo dice de él mismo que «es dos formas que consigue una simbiosis dispuesta a variar». Apenas nací —me dice— comprendí que iba a ser diferente: la cuestión era lograr la síntesis entre las dos formas que iban a lograr el resultado final, o sea, Xayo... Xayo, por cierto, no viene del verbo ensayar: «Xayo viene de Lorenzo Godoy, que me descubrió un parecido con una mujer de Agaete llamada Rosario... Aquella mujer nunca la conocí, pero tenía, al parecer, la boca grande como yo, una boca tan grande y hermosa que tenía que pasarse la vida preocupada para que no se le escapasen volando los dientes... —¿Una boca como la de Massiel? ¿una discreta y atractiva boca de caballo? —No —dice Xayo—: mi boca es preciosa, y si no, me la habría ya cambiado. Ahora se cambia uno hasta el corazón. Ya me han dicho que mi boca es lo más bonito del mundo... —¿Te lo dijo tu novio? —¡No, no!... Novio, exactamente, no tengo. Con mi última media naranja hicieron un zumo... —¿O sea, que de amor nada? —¡El amor siempre! Lo hago incluso a diario. —¿A diario y en el somier? —A diario y en el somier, no, caramba, que me quedaría en la tea... Se ama en posición vertical y horizontal, se ama viendo y hablando, se ama a diario de cualquier forma...

Los sarasas son gracias a él interesantes

Xayo ha elevado a la categoría del arte con mayúsculas lo que antes era gracioso, es decir, el transformismo. El suyo no es un travestismo de teatro chino y chistes picantes. Xayo entra en escena y todo tiembla: tiembla, a base de vibraciones positivas. Xayo es un hombre-frontón, un hombre sobre el filo de la navaja, un diario hablado, un hombre esclavo voluntario de su necesidad de comunicarse y dar todo lo que tiene. En su pequeño local de Joaquín Costa, 24, él hace un poco de todo en la hora mágica del alba: Llega con ropa de faena, un delantal, un balde y una escoba y grita «ordinariamente»: «¡Joder, tienen ustedes la puñetera costumbre de llegar a la hora de la limpieza!»... Y luego el mundo ya no se para, sino gira vertiginosamente. No tiene enemigos este pedazo de hombre capaz de parecer lo contrario, y la política le interesa pero no lo «engancha» del todo. «Eso sí —me dice— me gustaría que Franco estuviese vivo para que vea lo que estoy haciendo... ¡Capaz que hasta le gustaba el cambio!... En cuanto a la izquierda sólo le tengo un agradecimiento elemental: que me deje hacer lo que estoy haciendo! Pero en cuanto a regímenes no me pronuncio: sólo aceptaría uno para adelgazar en caso de ganar más kilos de los que me convienen...

El vértigo es lo suyo

El juego del transformismo en Xayo es una carrera alucinante, pues cada día, cada instante, es otro, una ambigüedad vertiginosa dentro de la que él se encuentra, por fin, definido: o sea, Xayo siempre es nuevo; nunca existió realmente: nacerá mañana. A ese ritmo de locos va el hombre por la vida, con un pase diario y dos los fines de semana. Sólo un día faltó a la cita con su público: —M e dieron fatigas. —¿Estarías embarazado? —No , pero no por falta de ganas. Fue algo que comí... Xayo es del signo Escorpio, un signo del Zodiaco barroco y peligroso, pues el escorpión se muerde a sí mismo y se suicida, pero es la última idea que a Xayo se le ocurriría, pues se siente a gusto aquí y ahora, se siente feliz en esa categoría suya de artista integral... ¿Y el miedo?... —El miedo de la mañana se quita al mediodía... y si no a las nueve menos diez... Una hora menos en Canarias... Me siento bien: por no odiar no odio ni siquiera a la prensa...

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