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Guaguas Municipales | 25 años de la tragedia en Venezuela

El río que golpeó el corazón guagüero

Un viaje por Venezuela de trabajadores de Guaguas Municipales y sus esposas, hace 25 años, acabó en tragedia en el Orinoco tras volcar una de sus barcas

Llegada de los cuerpo de José Sosa, José Santana y Juana Tavío a la Isla. | | LP/DLP

Llegada de los cuerpo de José Sosa, José Santana y Juana Tavío a la Isla. | | LP/DLP

La tarde del 19 de abril de 1996 el río Orinoco, en Venezuela, cambió para siempre la vida de 19 familias de la capital grancanaria. 38 excursionistas, entre chóferes de Guaguas Municipales y sus esposas, viajaban por el tercer río más caudaloso del mundo cuando una de las barcazas en las que iban volcó. Murieron cuatro personas: José Sosa, Juana Tavío, José Santana y Soledad Rodríguez. Los supervivientes pasaron horas en la selva hasta ser rescatados. A su vuelta, decenas de personas les arroparon en el aeropuerto de Gran Canaria. Sin duda, una tragedia que golpeó el corazón guagüero.

Con poco más de 100.000 habitantes, la ciudad venezolana de Puerto Ayacucho se encuentra a orillas del río Orinoco, el tercero más caudaloso del mundo -tras el Amazonas y el Congo- y el cuarto más largo de América del Sur. Hace 25 años sus imponentes aguas provocaron la mayor de las tragedias que ha golpeado a los trabajadores de Guaguas Municipales. Un grupo de 38 excursionistas, formado por guagüeros de Las Palmas de Gran Canaria y sus respectivas esposas, realizaba un viaje en lancha por el río Orinoco como parte de sus vacaciones en Venezuela. En un momento dado tuvieron que cruzar una serie de rápidos y, entonces, una de las barcas volcó. José Sosa Sosa, Juana Tavío Sánchez, José Santana González y Soledad Rodríguez Duque perdieron la vida.

“Nos engañaron”, señala estos días el guagüero Antonio Miguel Alvarado. Inicialmente, el paquete turístico que tenía contratado el Comité de Empresa de Guaguas para visitar Venezuela incluía una excursión de tres días por el parque nacional Canaima. El objetivo era poder ver el salto del ángel, la cascada más alta del mundo, con casi mil metros de caída libre. Pero, por circunstancias que no llegaron a entender, explica, terminaron en Puerto Ayacucho -capital del estado de Amazonas-, a cientos de kilómetros de su destino y a un paso de la frontera colombiana. “Aquello no era una zona turística, casi no había sitios para visitar”, aclara 25 años después este superviviente del fatídico viaje por el Orinoco.

Una vez allí contrataron una excursión por el río por 1.600 bolívares de la época, unas 500 pesetas al cambio -tres euros-. Lo harían en tres barcazas que, según el testimonio de los guagüeros a su vuelta a Gran Canaria, no les terminaron de dar demasiada confianza. Incluso, llegaron a explicar a la prensa que iban sobrecargadas y el río no era tan tranquilo como les habían contado, y es que lo que iba a ser una travesía de poco más de un hora duraba ya tres en el momento de producirse la tragedia, detallaron entonces.

En el lado colombiano del Orinoco, el director del parque nacional Tuparro les ofreció usar una cuarta barcaza para ir más repartidos. Todo marchaba bien cuando, en un momento dado, se acercaron a una serie de rápidos o raudales. Buena parte de los ocupantes de las tres primeras embarcaciones decidieron hacer este tramo por tierra, al ver que estas eran demasiado precarias; pero la cuarta, aquella que había ofrecido el gobierno colombiano, iba más rezagada, según relataron los supervivientes a su llegada.

Llegada de los supervivientes a Gran Canaria.

Alvarado iba en aquella embarcación. “El motor se caló, no sabemos por qué”, recuerda. “Llovía muchísimo y el agua del río iba muy fuerte, por lo que la barca se movía demasiado”. Y, entonces, volcó. Ocurrió todo en un instante. Los que iban a bordo, como pudieron, tuvieron que agarrarse a un costado de la lancha e intentar remar hasta una de las dos orillas como buenamente pudieron. “Fue algo muy difícil”, apunta este guagüero, quien logró salvar la vida de su esposa por poco.

“Ya éramos conscientes de que faltaban cuatro de nosotros”, señala Alvarado. Es más, en el agua pudieron ver cómo era arrastrado por la corriente el cuerpo de una de las víctimas, el de Juana Tavío Sánchez. En cambio, el marido de esta, José Sosa, y otra pareja de grancanarios, José Santana -apodado “el venezolano” por haber nacido allí- y Soledad Rodríguez, estaban desaparecidos.

Los supervivientes del naufragio remaron agarrados a la barca hasta la orilla colombiana. Mientras, el guía que iba con ellos se largó, recuerda Alvarado. “Uno de nosotros dijo de recoger leña para hacer un fuego, pero pensé que que no era necesario y nos rescatarían en poco tiempo”, destaca. Las horas fueron pasando y nadie llegaba en su búsqueda.

Había dejado de llover, pero pronto les pilló la noche -en esa zona de Venezuela anochece durante todo el año sobre las seis y media-. “Al final recogimos la leña para hacer fuego, sobre todo por los mosquitos”, recalca el guagüero. “Si no, nos habrían comido vivos, eran enormes”. Y es que tras el naufragio acabaron en plena selva. Una zona donde habitan el cocodrilo del Orinoco, además de innumerables especies de insectos. La ayuda tardó en llegar y hasta las 11 de la noche no vieron a los militares venezolanos.

Selvas y sabanas

Antes del rescate pudieron hablar con uno de los grupos de indígenas que pueblan estas selvas y sabanas. Les confirmaron la peor de las noticias. “Nos contaron que habían visto el cuerpo de Juana en una pequeña islita en mitad del río, cerca de donde estábamos”, explica Alvarado. Mientras tanto, sus otros tres compañeros seguían sin aparecer y, además, tampoco sabían dónde estaban el resto del grupo de excursionistas de Guaguas Municipales.

Según relataron los otros guagüeros, con el paso de las horas se percataron de que la última barcaza no llegaba y, mientras, la lluvia se había desatado. Un guía y varios de los chóferes decidieron remontar el río en su búsqueda y fue ahí cuando descubrieron que la lancha había volcado, con todas sus consecuencias. Al día siguiente, los militares cruzaron en lancha a los supervivientes; un viaje en el que reinó el terror, pues los soldados estuvieron metralleta en mano para defenderse de un posible ataque de la guerrilla desde la selva colombiana.

“Fue un muy mal trago, por todo lo que pasamos pero especialmente por la tragedia que supuso perder a amigos y compañeros”, destaca Alvarado. “Estábamos sin pasaporte, con lo puesto, porque el río se llevó las mochilas que llevábamos y las maletas las habíamos dejado en un hotel en isla Margarita”, explica. Comenzó entonces el viaje de vuelta y el reencuentro con los seres queridos.

La Armada de Venezuela buscó el cuerpo de Soledad Rodríguez, nunca encontraron su cuerpo

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Jonathan Sosa Tavío tenía 17 años la noche en la que su tío le llamó. Era sábado, 20 de abril de 1996, y estaba en casa de su novia. “Me preguntó que donde estaba y vino a verme, a contarme lo peor”, indica. Su madre, Juana Tavío Sánchez, había muerto en Venezuela y su padre, José Sosa Sosa estaba desaparecido. La noticia había llegado a Canarias a través de la embajada de España en el país sudamericano y el consulado de este último en Gran Canaria. A esa hora los supervivientes ya estaban poniendo rumbo a Madrid.

“Al día siguiente fui a casa y me crucé con un hombre por la calle que estaba leyendo un periódico, la foto de mi padre salía en portada”, recuerda Jonathan. Vecino del barrio de La Feria, le contó entonces lo que había ocurrido a su hermana, de 13 años, y su hermano, de siete. “Aquello me rompió, tuve que dejar los estudios y ponerme a trabajar”, señala.

Decenas de personas arropan a los supervivientes en el aeropuerto.

Decenas de familiares y amigos de los 38 excursionistas acudieron al aeropuerto a recibir a los supervivientes. La tristeza marcó un reencuentro más que doloroso tras la tragedia. Los cuerpos Juana Tavío, José Sosa y José Santana fueron repatriados días más tarde. El de Soledad Rodríguez, en cambio, nunca lo encontraron. La Armada venezolana prolongó su búsqueda hasta principios de mayo, pero al final desistieron.

La despedida de las víctimas del naufragio en el cementerio de San Lázaro fue una semana más tarde. Una multitud volvió a arropar a los supervivientes, una vez más. El Comité de Empresa de Guaguas se volcó completamente en aquellos días, recuerda Feluco Marrero, poniendo a disposición de supervivientes toda la ayuda que les podían proporcionar y organizando el funeral.

Las dos parejas fallecidas dejaron cinco huérfanos. Tres hijos de José y Juana; y dos de José y Soledad. “Los administraciones nos ayudaron en ese duro momento”, señala Jonathan, quien trabaja desde los 18 años para el ayuntamiento capitalino. “Mis padres eran honrados, humildes y muy trabajadores”, resalta; no sin antes recordar aquellos felices momentos de niño en los que él y sus hermanos acompañaban a su padre en una de las guaguas que conducía, “el pequeño era todo un forofo”, y es que reconoce tener “corazón de guagüero”.

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