ANÁLISIS

En el 545 aniversario de la ciudad

El centro histórico de la capital grancanaria, fundada tal día como hoy en 1478, ha sido testigo y protagonista de los cambios civilizacionales en el Atlántico desde el siglo XIV

La plaza de Santa Ana, en Vegueta, en una fotografía tomada en la última década del siglo XIX. | | FE

La plaza de Santa Ana, en Vegueta, en una fotografía tomada en la última década del siglo XIX. | | FE / Miguel Rodríguez Díaz de Quintana

Alfredo Herrera Piqué

Hace 545 años, un día como el de hoy, la alborada del solsticio de verano iluminaba las doradas dunas vírgenes que, sobre el horizonte marino, se extendían desde el palmeral del Guiniguada a los conos volcánicos de la Isleta. Un auténtico paraíso. Así lo debieron percibir los varios centenares de soldados que había enviado Isabel I para someter Gran Canaria y sojuzgarla a la Corona Real. Habían partido el 10 de junio de 1478 desde el Puerto de Santa María y en el amanecer del 24 anclaban en la bahía de la Luz. En aquel momento histórico, las huestes castellanas se emplazaron en las orillas del barranco, en donde levantaron una torre y adecuaron una cerca defensiva. Tres días después hubo el primer encuentro con los guerreros canarios, liderados por Adargoma, Doramas y Maninidra. En escaso tiempo, el escenario de la conquista se trasladó a comarcas alejadas del Real de Las Palmas y la naciente villa comenzó a situar con seguridad sus primeros cimientos. Allí se alzaron la ermita de San Antón, la casa del gobernador, el primitivo Hospital de San Martín, el convento de San Francisco de Asís y la primera Catedral de Canarias, años después conocida como ‘iglesia vieja de Santa Ana’.

Hay dos momentos históricos relevantes que marcaron el futuro de Las Palmas: uno es coincidente con el nacimiento de la ciudad. En 1479, Fernando el Católico hereda el trono de Aragón, materializándose la unión dinástica con Castilla, hecho que tuvo trascendentes efectos en los años siguientes. Los Reyes Católicos iniciaron el desenvolvimiento de una elevada doctrina de la monarquía, cuya voluntad institucional ya alcanzó una relevante expresión en las cortes de Toledo, en 1480. Fue una inteligente y vigorosa política destinada al fortalecimiento de la Corona, que tuvo como resultado el primer desarrollo de un precoz Estado territorial en la península ibérica. La afirmación del nuevo poder real supuso la limitación de las atribuciones de la alta nobleza, muy poderosa durante aquel siglo XV. La aristocracia controlaba entonces el poder municipal y poseía la facultad de administrar justicia, entre otros muchos atributos. Sin embargo, en poco tiempo, estos poderes pasaron a ser dominados por la Corona. Con la implantación de su nueva política, los reyes consiguieron someter al poder real los principales estamentos: nobleza, clero y municipios.

El hecho primordial de ser una ciudad nacida durante el reinado de los Reyes Católicos tuvo una notable significación en la dotación institucional que albergó Las Palmas desde su fundación como ciudad real: Ayuntamiento (1480), gobernador (Pedro de Vera, 1480), Obispado de Canarias (c. 1485), carta de organización político administrativa (el Fuero y Privilegio Real de 1494), Catedral de Canarias, Plaza Mayor institucional y Real Audiencia de Canarias (1526). Posteriormente, en la segunda mitad del siglo XVI, fue también sede del gobernador y comandante general de las islas Canarias en 1589. Ya antes de 1511, ostentaba el título el título de ciudad real y el 28 de enero de 1515 la Corona otorgó la consideración de Noble a la Ciudad Real de Las Palmas.

Fue la primera ciudad fundada por Castilla en el Atlántico y la primera ciudad de la monarquía, o lo que es lo mismo, con instituciones emanadas del poder real, establecida por la Corona en el archipiélago canario. Este dato tuvo especial relación con la siguiente fecha, de trascendencia universal: 1492.

En los inicios de una nueva civilización.

Es conocida la participación de la ciudad y bahía de Las Palmas en tres de los cuatro viajes de Cristóbal Colón. En el primero se fabricó y se cambió aquí un nuevo timón para La Pinta y se colocó una nueva vela a La Niña. En el segundo, octubre de 1493, la flota colombina hizo escala la aguada y aprovisionamiento y avituallamiento del primer ejército y contingente colonizador que cruzó el Atlántico. Y, además, registramos una aportación especial: el propio Colón llevó las primeras cañas de azúcar que se cultivaron en el Nuevo Mundo. En el cuarto, el descubridor se detuvo varios días en Las Palmas y, brevemente, en el litoral de Maspalomas. Estas escalas no serían concebibles de no ser Las Palmas ciudad real de la Corona en el Atlántico. La bahía de la Luz prestó un imprescindible y hospitalario abrigo a las naves de Colón en sus trascendentales viajes al Nuevo Mundo, Así, la joven villa de Las Palmas estuvo presente en los prolegómenos del Descubrimiento de América, el gran acontecimiento que cambió la historia de la Humanidad.

La conquista y colonización del Nuevo Continente dio lugar al nacimiento de una nueva dimensión histórica de esta parte inmensa del planeta, inédita hasta entonces para los europeos. A partir de ese momento comienza a desarrollarse un mundo nuevo, con inéditos elementos de civilización, la que hoy conocemos como Civilización Atlántica. Se desplegó entonces una nueva frontera, que transformó sustancialmente la civilización occidental. Este cambió afecto no sólo a los sistemas económicos del viejo mundo, sino que modificó paulatinamente la mentalidad de la sociedad. Desde entonces, Las Palmas fue un puente marítimo en el inicio y formación de la Civilización Atlántica.

La primera transferencia de un producto agrícola hacia américa: la caña de azucar.

En el nuevo espacio de civilización se produjo un importante fenómeno de intercambio de frutos y productos agrícolas entre ambos continentes. Este capítulo fue inaugurado por los cañaverales de caña dulce del barranco Guiniguada, desde los que el Almirante de la Mar Océana llevó la caña azucarera a la Española en octubre de 1493. Parece que había sido iniciativa del gobernador Pedro de Vera traer la caña desde Madeira en 1480 y construir un trapiche en el Guiniguada. Lo cierto es que en su segundo viaje, Colón transportó numerosos plantones de caña dulce desde Las Palmas, los cuales rebrotaron con éxito en la Española: «Las cañas ya están crecidas», escribió tras su arribada a la actual Santo Domingo, «así que deseo mucho que de ellas se aya cantidad, que lugar ay aquí para se hacer cañaverales, para hacer un quento de quintales de açucar cada año!. Con posterioridad, en su Historia del Almirante, su hijo Hernando relató, igualmente, el transporte de la caña dulce desde Las Palmas, manifestando que «las cañas de açucar germinaron en siete días».

Esta fue la primera y trascedente contribución de la ciudad de Las Palmas al Nuevo Mundo, en este caso en la esfera de los intercambios agrícolas y económicos. Es un hecho de particular relevancia y significación, si tenemos presente la trascendencia histórica que tuvo la producción y el comercio azucareros en las Antillas y el Caribe, en donde se desarrolló todo un modelo de sociedad alrededor del azúcar.

El fruto y cultivo del plátano.

El fruto del plátano fue otra importante aportación de Las Palmas al Nuevo Mundo en los inicios de la Civilización Atlántica. En su Historia general de las Indias, el gran cronista e historiador Gonzalo Fernández de Oviedo escribió que «los plátanos fueron traídos de la isla de Gran Canaria en el año MDXVI por el reverendo padre fray Tomás de Berlanga de la Orden de predicadores a esta ciudad de Santo Domingo y desde aquí se han extendido en las otras poblaciones de esta isla y en todas las islas pobladas de cristianos y los han llevado a la Tierra Firme y en cada parte que los han puesto se han dado muy bien, y no hay hombre de cuantos en esta tierra tenemos heredades en el campo esté sin muchos de ellos».

El propio Fernández de Oviedo afirmó haber visto los plátanos en la villa de Las Palmas, concretamente en el convento de San Francisco, en donde había una huerta regada por una acequia cuyas aguas procedían del Guiniguada. El testimonio de excepción aportado por la autoridad de Oviedo ha sido reconocido y aceptado comúnmente por los historiadores de siglos posteriores y manifiesta el valor de esta indubitable transferencia cultural, económica y agroalimentaria de un cultivo de suma importancia en la historia de América y de los intercambios entre ambos continentes.

En el 545 aniversario de la ciudad

DACPostal de inicios del siglo XX con una vista de la Catedral desde el Pambaso. / Miguel Rodríguez Díaz de Quintana

Arquetipo y antecedente de las plazas mayores hispanoamericanas.

En el corazón del centro histórico de Las Palmas, la plaza de Santa Ana, plaza mayor planificada de carácter institucional, se construyó en los comienzos del siglo XVI. Este recinto se organiza como espacio en el que se concentran e integran las sedes de los poderes político-administrativos y religiosos. Su planteamiento está unido a la construcción de la Catedral y al emplazamiento de la Casa Consistorial, en las respectivas cabeceras de la plaza. En 1518, año en que finalizó la edificación del Ayuntamiento, quedó completado su perímetro arquitectónico y definido su espacio interior: planta rectangular con lados de mayor longitud en sus flancos norte y sur.

En su formulación tuvieron especial relevancia lo dispuesto en las cortes de Toledo, en las que los Reyes ordenan que las villas y ciudades hagan su casa de Ayuntamiento, y lo preceptuado en el Fuero y Privilegio Real, disponiendo que la ciudad de Las Palmas tenga Casa de Concejo y que se alce en la plaza principal. El inicio de la plaza estuvo condicionado por la ubicación del Obispado de Canarias y la decisión, en 1497, de edificar la actual Catedral. Posteriormente, se levantó el Palacio Municipal y, en 1526, al crearse la Real Audiencia de Canarias, esta sede judicial ocupó el ala norte del edificio consistorial. Más tarde, la Casa Regental, destinada a los presidentes de la Audiencia, se erigió igualmente en la Plaza Mayor. Así, tenemos un espacio principal de Las Palmas que no tuvo las características y funciones de un eje urbanístico sino las de un centro institucional y representativo que concentró los poderes que rigieron el archipiélago (sede episcopal y Catedral de Canarias, Real Audiencia y Casa Regental) y la ciudad de Las Palmas (Ayuntamiento). Entre las arquitecturas de nuestra Plaza Mayor, el interior de la Catedral (siglo XVI) marca el tránsito del gótico tardío hacia las Américas, y el Palacio Municipal (1512-1518) fue un temprano modelo de edificación concejil renacentista que se generalizó en la península y en las colonias americanas.

En este sentido fue un precedente de las plazas mayores de las principales ciudades hispanas de América, escenario de la integración de las instituciones político-administrativas y las sedes religiosas en un solo recinto. En la Plaza Mayor de Lima concurren la Catedral, el Cabildo o Ayuntamiento, el Palacio Virreinal y la Real Audiencia. Con ligeras diferencias, ello se repite en Bogotá, Santiago de Chile, Antigua Guatemala, Guadalajara, Veracruz, Puebla de los Ángeles, etc. En Quito fue, en sus primeras décadas, la plaza de la Catedral, pero al pasar los años fue integrando también en su espacio el Palacio Episcopal, el Ayuntamiento y la Real Audiencia. Por consiguiente, la consideración que nos merece la Plaza Mayor de Santa Ana trasciende el limitado horizonte de la geografía insular y se inserta en una innegable y cosmopolita dimensión histórica atlántica.

La escala imprescindible.

En su monumental Sevilla y el Atlántico, Pierre Chaunu subrayó que la escala atlántica de las Canarias fue durante siglos pieza imprescindible para la aguada y el avituallamiento de los barcos y flotas que navegaban hacia el Nuevo Mundo. En el siglo XVI, la gran centuria de la Civilización Atlántica, cuando la Corona comienza a regular la salida y retorno anual de las flotas de Indias desde el puerto de Sevilla, se determinó que los barcos de registro de las islas Canarias deberían reunirse en el puerto de la Luz y bahía de las Isletas, en donde se agregarían a las respectivas armadas de los Galeones y de Tierra Firme los barcos isleños que comerciaban con América. «La solución de la Corona consistió -afirma nuestro gran americanista Francisco Morales Padrón- en fijar en el archipiélago un solo puerto donde los navíos se concentrasen: el de la Luz, en Gran Canaria». Nos dice el propio historiador que, en 1575, Felipe II ratificó que las naves canarias se agruparan en la bahía de La Luz -puerto natural, amplio, abrigado y de fácil comunicación-, a la espera de la escala de las flotas de la carrera de Indias. Sin embargo, las dificultades de las comunicaciones marítimas interinsulares obstaculizaron el cumplimiento de tal resolución y este régimen solamente perduró hasta 1591.

En cualquier caso, durante los siglos que siguieron el puerto de Las Palmas mantuvo, junto a otros puertos canarios, su función de escala en la navegación americana, en la que también se transmitían los modos de producción, las artesanías y los valores humanos y sociales, además de elementos concretos como el balcón y la ventana de celosías, de lo que son peculiares exponentes el casco antiguo de Las Palmas y el centro histórico de Lima.

En lo concerniente a nuestra ciudad, superando fases de estancamiento o de ausencias, este fenómeno de trascendencias oceánicas, culminó en las últimas luces del siglo XIX, con el extraordinario capítulo del Puerto de la Luz y de Las Palmas, un gran puerto moderno que nos proporcionó elevado rango internacional en las comunicaciones marítimas y las relaciones con América, así como con numerosos puertos de África, Asia y Australia. Con el Puerto, Las Palmas tuvo un potente instrumento de transportes y comunicaciones marítimas, así como de carácter económico, comercial, turístico, social y cultural, lo cual coronó en el siglo XX su gran rol histórico en el mundo atlántico.

Inicié en el año 1966 en el Diario de Las Palmas esta serie de artículos del 24 de junio, afirmando la fecha fundacional de nuestra capital y reivindicando su conmemoración institucional. Fueron textos que, a lo largo de los años, se fueron publicando, además del Diario de Las Palmas, en el semanario Sansofé, la revista Aguayro, el diario Canarias 7 y el diario LA PROVINCIA, a través de cuyas páginas ha cruzado este aspecto de mi actividad profesional e intelectual. Ya en 1974 comenzó a tomar forma esta aspiración, que alcanzó su debido carácter conmemorativo el año 1978, en ocasión del V Centenario de nuestra capital. Posteriormente, estos ensayos anuales fueron adquiriendo un sentido más reflexivo sobre diversos aspectos de nuestra ciudad, que en la presente ocasión he querido situar en la rigurosa reivindicación y defensa del interés general, la pasión ciudadana y la exaltación de la personalidad y los méritos históricos y patrimoniales del Centro Histórico de Las Palmas de Gran Canaria, cuyo indiscutible valor excepcional universal y trascendente le hacen acreedor del justo reconocimiento internacional.

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