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A la intemperie

Comportamientos asesinos

En esta crisis, que dicen que es de deuda, tenemos muy bien identificados a los deudores, no así a los acreedores. ¿Los deudores?: usted y yo y nuestra tía Mercedes, y el vecino de abajo. Todos, en fin, los que estamos pagando una hipoteca. Somos fácilmente localizables pues estamos fichados por multitud de empresas telefónicas, gasísticas o eléctricas dispuestas a colocarnos en una lista negra de morosos si nos retrasamos en el pago de una factura. Entrar en esas listas es fácil, pero salir resulta imposible. Perded toda esperanza los que entráis: a partir de ahora se os denegarán las tarjetas de débito. Se archivarán en la basura vuestras solicitudes de crédito. Figurará la morosidad en vuestro currículum laboral. Son peores estas fichas de los poderes financieros que las de la policía, donde apareces de frente y de perfil por una cuestión romántica, del pasado, pues existen ya formas de identificación más eficaces.

Los deudores, en fin, tenemos nombre y apellidos y un número de DNI y un domicilio donde localizarnos. Así debe de estar el 80% de la población griega: hombre, mujeres, ancianos, oficiales de tercera, soldadores, jardineros e ingenieros informáticos. Grecia agoniza ahora mismo debido a su deuda y España va por ese camino (ya debemos el 100% del PIB). Ahora bien, a quién se le debe todo este pastizal, que diría Blesa. ¿Son tan localizables los acreedores como los deudores? En absoluto. Los acreedores no tienen nombre ni razón social ni siquiera fotografía de frente y de perfil. Su crédito hipotecario, que usted creía deber al banco de la esquina, con cuyo cajero automático se confiesa de forma regular, seguramente ha sido vendido ya a un fondo de inversiones japonés. ¿Y qué es un fondo de inversión? Pues algo así como una divinidad, pero una divinidad de aquellas a las que hay que sacrificar adolescentes y doncellas y ancianos y bebés para calmar su sed. Fíjense cómo han dejado estas divinidades a Grecia para hacerse una idea de su ferocidad.

Hay una asimetría insoportable entre el grado de conocimiento que se tiene del pequeño deudor y del gran acreedor. Pero el gran acreedor, aunque esté sin fichar, empieza a mostrar comportamientos asesinos. Y como tal debería perseguírsele.

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