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El mundo actual

La doble barra de medir de Oliver Stone

Saben aquel que dice que va un visitante norteamericano a La Habana y presume ante un cubano que él puede ir a la Casa Blanca y gritar ''¡Abajo Bush!'' sin miedo a que lo detengan? Y el cubano responde, muy ufano: "Igual que aquí. Yo puedo ir al Palacio de la Revolución y gritar ''¡Abajo Bush!'' y tampoco me detendrán".

Algo parecido ocurre con el cineasta Oliver Stone, famoso por ser el azote de los gobiernos conservadores de Washington, enfervorizado paladín de las teorías conspiranoicas en el asesinato de J.F.K. y defensor a ultranza de Fidel Castro y Hugo Chávez en su largamente alicaída carrera cinematográfica. Decidido a continuar su cruzada contra los que él considera torquemadas de Occidente, Stone entrevistó en Moscú al exiliado expresidente ucraniano Víctor Yanukóvich para un documental. Según el director de Wall Street, después del golpe de Estado que derribó a Yanukóvich "Occidente ha sostenido el argumento dominante de 'Rusia en Crimea'", mientras que el titular verdadero para Stone es "EE UU en Ucrania". Empeñado en demostrar que la verdad solo resplandece en las "democracias" cubana, rusa y venezolana, Stone afirma que "la verdad no se airea en Occidente. Es una perversión surrealista de la historia que ocurre una vez más, como en la campaña de las armas de destrucción masiva iraquíes de Bush". Además, asegura que los francotiradores que mataron a 14 policías y 45 manifestantes en los disturbios en Kiev eran de "una tercera parte exterior". Es decir: con "huellas de la CIA".

Al margen de que Stone y su entrevistado puedan tener razón en sus acusaciones (a estas alturas nadie con dos dedos de frente y un mínimo de información va a considerar a la CIA una ONG y un monumento a la transparencia), hay algo que el director, cuyos crecientes problemas para lograr dinero para sus producciones tras una racha de fracasos comerciales estrepitosos es pública y notoria, parece no tener en cuenta: de momento, y aunque a efectos prácticos tenga una utilidad escasa, él sí puede ir a la Casa Blanca y gritar: ¡Abajo Obama! sin ir a la cárcel por ello, y puede defender sus teorías por todos los países de Occidente a los que critica por su déficit en libertad de expresión. No es probable que pudiera ir a La Habana a gritar "¡Abajo Castro!" ni mucho menos visitar Moscú a cargar contra Putin y que la prensa rusa le dé cancha, y más ahora que Vladimir, el "action man", vuelve a sus orígenes e intenta aplacar con garra de hierro cualquier conato de disidencia.

Hasta ahora, todo lo que ha dicho el director de Nixon sobre Putin han sido buenas palabras de comprensión: "Muchos estadounidenses no entienden que Putin defiende los intereses geopolíticos cruciales de Rusia". Frase pragmática que también podría servir para justificar la expansión nazi o la abominable guerra de Vietnam. Stone corre el riesgo de convertirse en un Willy Toledo de vía estrecha y que en lugar de provocar acabe dando pena. O risa. O ambas cosas. Tiene muchos caminos para demostrar su imparcialidad en la crítica. Y sin salirse de su oficio. Si de verdad rueda el documental sobre Putin que quiere hacer, podría aprovechar la ocasión para denunciar que el gobierno ruso le hizo la vida imposible a la película Leviathan, nominada en la categoría de mejor película en lengua no inglesa, por mostrar una crítica acerada a la corrupción de las autoridades locales y de los representantes eclesiásticos. Lo más suave que se dijo de ella en el Kremlim, que puso rublos para producirla y se sintió chafado, fue que se trata de una película "antirrusa" (¿?) e incluso se censuró el uso del lenguaje soez: los actores mueven los labios sin que se les escuche. Stone ha lanzado a lo largo de lustros acusaciones de grueso calibre contra los pozos negros de la sociedad norteamericana y los bajos fondos de la Casa Blanca sin que nadie le tocara ni un solo plano. Ni una sola línea. Es más: tiene un puñado de Óscar y Globos de Oro en sus vitrinas con películas "antiamericanas". Debería probar a mantener el mismo discurso reivindicativo lo mismo en La Habana, Caracas o Moscú, a ver qué cara dura le ponen.

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