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El periscopio

El amor a los perros, compatible con el del prójimo

Aunque este es un tema más que manido, seguiré dale que dale a ver si alguna vez entra en la cabeza de quienes no tienen nada dentro de ella que el hecho de poseer un perro o de que ames a los animales no le da derecho a nadie a hacer después lo que a uno le venga en gana, especialmente cuando se pasea por lugares públicos.

Tengo un amigo que es muy drástico en este aspecto y yo diría que intolerante, que propone que el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria imponga una tasa por la tenencia de perros, lo cual, según él, sería muy bueno para las arcas municipales, teniendo en cuenta de que a su juicio existen más de 70.000 canes en este municipio. Suponiendo que ese impuesto ascendiera a 100 euros anuales se obtendrían siete millones de euros. Daría, por lo menos, para pagar la nómina de muchos empleados municipales. Para organizarlo bien se tendría que elaborar un censo de animales que, al mismo tiempo, estarían registrados y controlados en el aspecto higiénico-sanitario.

En principio parece factible y no creo que sea difícil tomar esta decisión, aunque haya protestas porque la gente está harta de que la carguen de impuestos. Entre los inconvenientes que podría uno encontrarse sería el que algunos propietarios de perros no les tuvieran tanto cariño y decidieran abandonarlos, o entregarlos en los albergues perrunos, que sería lo más humano, porque les resulta oneroso tal impuesto. Al margen de esa contingencia hay personas que ya de por sí abandonan a sus canes en la vía pública o en el campo, o no los tratan debidamente. Lamentable.

Por otro lado, no creo tampoco que esa nueva imposición decidiera a mucha gente a tomar conciencia de que en la vía pública se deben seguir unas normas que beneficien la convivencia. Afortunadamente, cada vez son más los paseantes de perros que recogen las deposiciones que dejan en la calle, o que llevan a sus mascotas con correa, o que les colocan bozales a los que tienen gran tamaño o se considera que son peligrosos. A los infractores de esas normas se les amenaza con multas cuantiosas y, si son reincidentes, les pueden quitar los animales. Lo que hace falta es que los agentes municipales no decaigan en su tarea de aplicar la ley, caiga quien caiga, y que la impongan, bien sea por las buenas, con razonamientos, o por las malas, vía sanciones. Es una forma de educar a quien no lo está. He visto en algunos países del centro y norte de Europa que esas normas se llevan a rajatabla y hay que cumplirlas, pero también son los propios ciudadanos quienes denuncian a quienes las incumplen. Es importante que se den a conocer los malos tratos y abandonos, bien a la Sociedad Protectora de Animales o a la Guardia Civil, de forma que estos comportamientos deplorables no queden impunes.

Por otro lado, aún pueden verse en nuestras aceras, parques y paseos las muestras del incivismo de determinadas personas, que carecen de sensibilidad medioambiental y que pasan de todo, y que ofrecen, al mismo tiempo, una pésima imagen de nuestra ciudad a los visitantes.

La canofilia (o cinofilia) en esta isla es evidente. En general, existen numerosas personas a las que les encanta tener uno o más perros en su hogar. Otros los tienen en sus fincas, o los usan para cuidar el ganado o para cazar. Para algunas personas suponen una gran compañía. Todo es respetable siempre que estén bien atendidos.

En esta isla se le rinde culto al perro. No tienen sino que observar que en la plaza de Santa Ana existen estatuas de ocho perros, cuyo significado puede ser alusivo al hecho de que las islas recibieran el nombre de Canarias debido a la cantidad de canes que había. Otros señalan que nada tiene que ver y que tal apelativo procede del nombre de una tribu bereber de la que, a su vez, descienden los guanches.

Otro aspecto que viene como consecuencia de ese excesivo amor a los perros en Canarias es la proliferación de razas exóticas que vemos por todas partes. Podemos encontrar desde los diminutos chihuahuas a otros considerados como peligrosos como los dóbermans, rottweilers, perros de presa, mastines, pitbulls o dogos. También los hay para todos los gustos: estilizados, de patas cortas, de forma de salchicha, alargados, de gran porte, feos y bonitos. Algunos son más feos que Picio. Pero si a los dueños les gustan, no hay más que hablar.

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