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Opinión

La popularidad de Putin

A pesar de que se está llevando el gato al agua en Ucrania, Rusia es un país con muchos problemas graves, el primero de los cuales es que hoy la economía española es más grande que la rusa. Y Rusia tiene 143 millones de habitantes y nosotros 47. No se lo imaginaban ¿verdad? A ese problema se suman otros como que esa población disminuye por una combinación de baja natalidad y alta mortalidad y que su productividad es muy baja pues solo exporta materias primas como gas y petróleo. Sus bajos precios unidos a las sanciones que el mundo ha impuesto a Rusia por anexionar Crimea y desestabilizar a Ucrania están haciendo un daño terrible a una economía que necesita el petróleo a 100 dólares para cuadrar el presupuesto. El resultado es la devaluación del rublo y la masiva fuga de divisas. A eso hay que añadir una corrupción rampante y una deriva autoritaria que reprime toda oposición.

En un país normal esto se traduciría en protestas y en pérdida de popularidad de los líderes. No es así. Rusia es diferente. Con una cuidada imagen de macho alfa que galopa por las estepas con el torso desnudo o caza tigres, Putin ha modelado una ideología propia que toma elementos del zarismo, del nacionalismo paneslavista y antieuropeo y de la Iglesia ortodoxa rusa para afirmarse como un líder regional con la pretensión de establecer una zona de influencia y de proteger a las minorías de habla rusa de otros países. Empezó con Osetia y como no le salió mal, ahora lo intenta en Ucrania aunque en mi opinión esto lo hace tanto para evitar que este país bascule hacia Occidente como para distraer a la opinión pública extranjera de su ilegal anexión de Crimea.

Con este comportamiento Putin debería ser criticado en todo el mundo, como sucedió en el reciente Encuentro de Seguridad de Múnich o en la última Cumbre del G-20 en Australia. Pues nada de eso, Putin tiene muchos admiradores, más que nunca, y eso lo ha refrendado en un par de viajes que ha hecho estas semanas para demostrar que no está aislado y que sigue teniendo influencia en el mundo. El primero le llevó a Egipto donde se fotografió regalando un rifle Kaláshnikov a un extasiado al-Sisi tras firmar un acuerdo de venta de material militar por valor de 3.500 millones de dólares y ayuda para construir la primera central nuclear egipcia en Dabaa. Putin ha aprovechado en beneficio propio el enfriamiento de la relación entre Egipto y los EE UU tras la defenestración de Mubarak con un movimiento hábil y Al-Ahram, el principal periódico del mundo árabe, se lo ha agradecido llamándole "héroe de nuestra época", lo que le habrá hecho hinchar pecho. Acto seguido Putin ha ofrecido a Irán misiles antiaéreos (con lo que ha conseguido poner nervioso a más de uno) y no contento con eso ha decidido atacar a Europa donde más le duele, en las grietas que tiene la solidaridad comunitaria: en primer lugar se ha asegurado el apoyo del nuevo gobierno griego en contra de la imposición de más sanciones por la UE (una decisión que se adopta por unanimidad), y luego se ha plantado en Hungría invitado por el primer ministro Víctor Orban, también inmerso en un proceso de creciente autoritarismo. A cambio de esta invitación Hungría ha solucionado unas deudas que tenía con Gazprom, el gigante ruso del gas, y ha recibido garantías de suministro futuro. Pero los griegos y los húngaros no son los únicos en admirar a Putin. De él también hablan bien el euroescéptico Nigel Farage (UKIP) y la ultraderechista Marine Le Pen (FN), que ha reconocido que un banco estatal ruso ha prestado 9 millones de euros. Dime con quién andas... Otros que no ocultan su admiración por Putin son el presidente Erdogan de Turquía y Nicolás Maduro, inefable presidente de Venezuela, ambos en un proceso de concentración de poder y de amordazar a los críticos de su gestión. Maduro ha llegado a sugerir que le den a Putin el premio Nobel de la Paz. Quizás se lo ha sugerido Chávez disfrazado de pajarillo...

A Putin no le gusta la Unión Europea, él se compara con Obama como en su día Breznev tuteaba a Reagan. Hay quien insinúa la existencia de una Quinta Columna dentro de Europa alegando que no es casual que oligarcas rusos compren periódicos como The Evening Standard, France Soir o The Independent y ven en ello un intento de influir sobre nuestras opiniones públicas. A mí eso me parece un peligroso juicio de intenciones porque no está claro que la intención de los compradores sea esa y no ganar dinero, o que estén de acuerdo con Putin. También se dice que Gazprom, preocupada por la voluntad europea de sacudirse la dependencia energética con Rusia, está financiando a los grupos que se oponen a que se usen técnicas de fracking, especialmente en lugares como Bulgaria, Rumanía o Polonia. No sería de extrañar y sí lo sería, en cambio, que esos eventuales tratos dejaran huellas, si es que existen. No hay que olvidar que Putin se hizo mayor en la escuela de la KGB. Quizás por eso y a pesar de todos los pesares mantiene un índice de popularidad del 83% (si las estadísticas no mienten) que ya envidiaría nuestro Rajoy en año electoral.

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