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Ida y vuelta

Racismo y crisis social

El Primero de Mayo pasó desapercibido dado que el tiempo fue muy soleado y todo el mundo fue a la playa, por consiguiente la Feria del Libro estuvo poco asistida y los escritores locales fueron descolocados, casi ninguneados, para mantener la tradición. Como los organizadores no los valoran, apenas son figuras decorativas a las que se les regatean los minutos en la carpa. Y ya puesta en marcha la otra feria, la feria electoral, contemplamos que los imputados, encausados o investigados podrán seguir presentándose en las listas mientras no haya sentencia firme, sabido es que la sentencia firme puede tardar siglos en llegar. Con esto, todo el mundo está negociando pactos y contrapactos con lo que el ciudadano se mosquea porque no sabe en qué va a quedar su voto tras esos conciliábulos postelectorales. Allá en el imperio, Estados Unidos, los comunicadores se frotan las manos ante el debate presidencial que se avecina: la señora Clinton, que pudiera ser la primera mujer en llegar a lo máximo o el señor Bush, que aspira a proseguir la influencia del clan familiar. Entretanto, el país registra tiroteos con resultado fatídico para jóvenes negros generalmente indefensos a manos de una policía mayoritariamente blanca, prepotente y abusadora.

El hecho de que haya un presidente de color no frena los instintos de la Norteamérica profunda, sobre todo en los estados del sur. El respeto a las minorías es un debate arduo también en Europa, donde se plantea complicada la convivencia con musulmanes, gitanos e inmigrantes de otras razas y culturas. Pero es que, además de los factores racistas que en EEUU vienen desde la época de la esclavitud, está claro que en el fondo existe un conflicto de clases sociales. No es un caso aislado, parece que revivimos el ambiente de los años 60 en los estados sureños. Así, los disturbios en la ciudad de Baltimore, los peores desde 1986 por el asesinato de Luther King, obligaron al toque de queda y al envío de efectivos de la Guardia Nacional. La tensión sigue creciendo tras los casos de jóvenes desarmados muertos a manos de la policía en Nueva York, Ferguson, Cleveland, Madison y South Carolina.

Un informe recogido el pasado agosto por el diario USA Today indica que, en el período de siete años que termina en 2012, se registraron 92 muertes de afroamericanos desarmados (el 18 por ciento menores de 18 años) a manos de policías locales blancos. Es decir, aproximadamente dos casos cada semana. El informe se basa en datos considerados incompletos y sesgados, recogidos sólo por un escaso número de departamentos de policía locales y entregados al FBI. No hay datos fiables y a nadie parece preocuparle eso, salvo a organizaciones de derechos humanos.

Hay otros datos que indican la actuación frecuente de la policía y la justicia en contra de la gente de color. Esa población supone un 13 por ciento de total mientras que alcanza un 40 por ciento de los encarcelados. A finales de 2013 un 3 por ciento de los varones negros estaba en la cárcel frente a un 0,5 por ciento de los blancos. En 2011 uno de cada 15 niños negros tenía a uno de sus padres en la cárcel y sólo uno de cada 111 niños blancos estaba en igual situación. Blancos y negros fuman marihuana en proporciones similares pero los segundos tienen una probabilidad cuatro veces mayor de ser arrestados y seis veces de ir a prisión. Los afroamericanos tienen 21 veces más probabilidades de morir a tiros que los blancos.

El porcentaje de paro en los negros es el doble que en los blancos. Las diferencias en ingresos, aunque han disminuido y hay una creciente clase media afro, siguen siendo importantes. Por todo ello quizá no habría que mirar tan solo el enfrentamiento basado en el color de la piel, sino que, como decíamos, habría que observar el deterioro de la capa social más desfavorecida. Hay una Norteamérica blanca, sajona y protestante, bien alimentada; hay también una Norteamérica de afroamericanos y de hispanos, como la hay de inmigrantes ilegales procedentes de América Latina, de África, Pakistán, la India y otros lugares de Extremo Oriente.

La difícil relación entre los dos polos sociales se ha evidenciado en los últimos años, cuando ciudades como Detroit han caído en picado y representan la otra cara del sueño americano. Ha habido deterioro en la calidad de vida de la clase trabajadora blanca, pero sobre todo en la negra. Crecen de manera abrumadora las rentas del capital y decrecen las del trabajo, desde 2009 ha aumentado la precariedad laboral y han sido congelados los salarios. Estas circunstancias son las mismas que se muestran en España y en parte de Europa, sobre todo en el frente sur. La crisis es negocio para los ricos y declive para los pobres.

Lo que viene sucediendo con estos conflictos que se repiten tiene que ver con otros problemas cercanos, por ejemplo en el extrarradio de París, donde se ha asentado una importante masa de inmigrantes cuyos servicios de educación, sanidad y prestaciones sociales se han ido cayendo como consecuencia de la marcha de la economía. De este modo se han producido en un pasado reciente algaradas que no deben ser explicadas como fruto del enfrentamiento de religiones o como consecuencia de la radicalización de estos grupos, sino más bien como resultado de procesos de quebranto socioeconómico.

Las familias afroamericanas que se han alzado a la pequeña burguesía y a la clase media han abandonado los barrios donde estaban ubicadas, desplazándose a las zonas residenciales de las capas más pudientes. De este modo, los barrios tradicionalmente negros registran un importante menoscabo. Y respecto a estas frecuentes muertes de jóvenes hasta el propio Obama reconoce que "tenemos un problema". Un problema complicado, porque viene arraigado en actitudes difíciles de erradicar.

Estos conflictos son, sobre todo, fruto de la desigualdad. Los que son muy ricos obtienen beneficios como consecuencia de la debilitación del mundo del trabajo y no invierten sus rentas en actividades que puedan crear empleo sino en acciones especulativas. Lo mismo que está aconteciendo en nuestras latitudes. La crisis entraña caída en los servicios públicos de las mayorías: sanidad, enseñanza, prestaciones sociales, y en cambio supone grandes negocios para los que tienen dinero contante y sonante. A fin de cuentas, poco nuevo bajo el sol.

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