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Romería de Teror... ¿ejemplo de romerías?

La devoción a Nuestra Señora del Pino ha movido desde hace siglos a los habitantes de Gran Canaria a visitar durante todo el año su santuario en la Villa de Teror a solicitar su ayuda, cumplir promesas, o simplemente visitar a la que desde siempre han considerado la Madre intercesora. Esta costumbre de la visita anual a la Santa Imagen aumentaba lógicamente en los días cercanos a la celebración del 8 de Septiembre y ya desde fines de agosto podían verse por los caminos de nuestra isla a los que, en solitario o en grupos, por lo general alegres y animados, se acercaban hasta ella. Hasta bien entrado el siglo XIX cualquier desplazamiento interior en la isla debía hacerse a pie o sobre caballería por caminos y veredas que muy poco habían cambiado desde los años de la conquista. El ir de un pueblo a otro suponía largas jornadas de un penoso andar por caminos de herradura que no se aliviaba más que a los felices poseedores de una bestia, ya fuese arrogante yegua o burro sumiso.

En 1867, en el libro Glorias Religiosas de España, se describe la romería terorense con una sentido plenamente popular y festivo, el que siempre tuvo y siguen manteniendo miles de personas que aún hoy en día llegan a la Villa con este mismo ánimo: "...los primeros crepúsculos de la apacible mañana del día siete de septiembre, víspera de otro que ha de ser un aniversario santo, señalan el suntuoso templo que sirve de guía a los devotos de una Efigie milagrosa, a donde cada cual lleva consigo a sus familias y también al ganado que ha de formar parte de aquella pintoresca feria durante la deseada festividad.

Empieza la solemne romería, y sorprende a los espectadores ver postradas ante aquella sagrada Imagen, admiración de cuantos puedan mirarla una vez, tantas criaturas que la dirigen en secreto fervorosas oraciones. Quienes desde la puerta principal de la iglesia van de rodillas hacia el altar para cumplir algún voto, tal vez en el mismo instante de ver libre de una enfermedad a un hijo, a una madre, a una hermana, por cuya salvación rogarán a la Santísima Virgen; quienes arrasados sus ojos en lágrimas hacen promesas en demanda del bien que buscan; quienes llevan en sus manos velas encendidas como tributo de gratitud por una desventura remediada; quienes imploran a sus pies, con sus pequeños hijos postrados, amparo y protección para ellos en medio del peligroso mundo. Después se abandonan por completo al ruido y a la diversión.

Unos recorren las campestres calles con guitarras y panderetas cantando en corros por todas partes y a todas horas sin cesar; otros se precipitan hacia el inmenso llano, donde pacen sus ganados en venta a la sombra de apiñados y frondosos castaños, cuyas salientes raices sirven de asiento a los que allí eligen su estancia para comer sobre la misma alfombra que a aquéllos rodea..."

Esa era la apariencia de la Romería del Pino hasta bien entrado el siglo XX: cientos, miles de canarios, que por caminos, veredillas, incluso barrancos, cumplían gozosos con el compromiso anual.

Jornaleros, artesanos, campesinas o labradores propietarios sacaban de las cajas de cedro y castañero sus más ricas ropas y se disponían a visitar a la Señora del Pino. Era fiesta y como tal había que estar; y si había dineros para estrenar, se estrenaba ese dia.

Los caminos de la isla se llenaban desde la víspera con ricos arrogantes a caballo; alegres grupos de jóvenes con guitarra y timple animando la jornada y aprovechando cualquier sombra para hacer parranda; puestos de bebidas, turrón y tabaco que aparecían en cualquier recodo de las veredas.

Luis Morote en su libro La tierra de los Guanartemes, publicado en París en 1910, nos la describe tal como lo viera y viviera hace ya más de un siglo: "...los romeros van cantando y bailando, los hombres por punto general a caballo y las mujeres en su mayoría a pie. No se ve un semblante malhumorado, todos revelan el júbilo de la fiesta. El "Viva la Virgen" ya no es un grito, es un espasmo universal que llena con sus clamores la montaña entera. El espectáculo es soberanamente animado, interesante, pintoresco. Nota de color, encendida nota, dan al cuadro los zagalejos encarnados cle las mozas y aún de las comadres que vuelven de la romería. Porque pocos son los que se van y muchos son los que vuelven..." Cuidaban tanto su aspecto al llegar a Teror que, cercana ya la Villa, escondían en un muro, tras una pita o en cualquier lugar que encontraran apropiado (muchos tenían el mismo lugar durante toda su vida), las rotas alpargatas sucias por el andar y se ponían los mejores zapatos de que podían disponer, y las mantillas -verdadera enseña del vestir de las canarias-, que hasta aquel momento iban dobladas sobre las cabezas, se extendían y se colocaban mostrando bien claras las señales del planchado y que así completaban la limpia y respetuosa imagen con que querían llegar a los pies de la Madre.

Esto es lo que se le entregó a Néstor Álamo iniciándose la década de 1950 para que "creara" un acto más de las Fiestas del Pino, un acto más de su Programa, que eso pretendía ser. El obispo Pildain impuso que debía añadírsele lo de la Ofrenda y que la estética de los pueblos de Gran Canaria llegando a los pies de Nuestra Señora del Pino se completara con una emotiva y hasta religiosa entrega de "los productos que ofrendaran mar y tierra" de toda la isla... Y, excepción hecha del "Voto de Vergara" de Santa María de Guía, nada había en la Gran Canaria de antigüedad suficiente como para tomarlo de ejemplo para lo que se quería hacer. Néstor fue a Tenerife a buscarlo, pero luego -lo he repetido muchas veces- hizo lo que le apeteció y sirvió de modelo para tantos actos parecidos que en la segunda mitad del siglo XX proliferaron por toda la anchura de la redondez grancanaria.

Desde un primer momento, el encerrar toda la emotiva explosión de sentimientos que significaba la romería popular, en un acto ceñido a un horario y a unas normas, originó un carácter de teatralidad que durante mucho tiempo dañó el aspecto más externo de esta expresión de nuestras más íntimas y sentidas vivencias. No obstante, la permanente insistencia de mejora de los organizadores -Cabildo y Ayuntamientos- la voluntad de los participantes y la aportación de historiadores o investigadores -como el excelente estudio sobre nuestra vestimenta tradicional realizado por José Antonio Pérez Cruz- han ido decantando lo que ha terminado por convertirse en el símbolo más definido de la canariedad en nuestra isla.

Por ello, uno mi voz a la de personas como don Santiago García Ramos para proponer al Cabildo, el resurgir del Patronato que se creara en 1952 con la intención de dirigir, asesorar, guiar en "el recto proceder" en vestimentas, comportamientos, decoraciones de carretas de la Romería del Pino. Algo-he de admitir- bastante difícil de alcanzar en cosa tan incontrolada por su propia definición de participación popular abierta a diversidad en sentires y expresiones de cómo "sentimos lo nuestro"

Camino, religión, fiesta, sentimiento, ofrenda, canto, artesanía, usos y costumbres, la Romería de la Víspera de Nuestra Señora del Pino, puede así considerarse como una perfecta aglutinación de los aspectos más definidos de nuestra esencia como pueblo, como comunidad social. Gran Canaria entera está en Teror ese día.

Por ello, el protegerla, aumentarla, y, hasta un cierto punto, liberarla de normas que la ciñan en exceso, pero con mucha cordura; contribuiría a la consolidación de uno de las manifestaciones más interesantes del patrimonio cultural y festivo de toda el Archipiélago canario.

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