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Cien líneas

Cataluña en España: dinero por mercado

El proceso de formación y, sobre todo, de crecimiento de la Unión Europea es muy peculiar y, en todo caso, cargado de enseñanzas. A primera vista lo que destaca -y extrañamente nunca se subraya o comenta- es que buena parte de los países de la Unión, o candidatos a integrarse, se dividieron o agrietaron en las últimas décadas. Y continua vivo ese morbo. Mientras tanto el gran núcleo central se unificaba.

Yugoslavia saltó por los aires. Checoslovaquia se rompió. Bélgica está casi partida por la mitad. España se resquebraja. Escocia no se largó del Reino Unido de milagro y seguro que volverá a intentarlo. Italia apenas está mejor que España. Otras unidades menores ya son de tal escala que quizá por eso no experimentan procesos segregacionistas.

Frente a ese escenario, Alemania se reunificó hace ahora un cuarto de siglo y suma, de esa, 80 millones de habitantes por encima claramente de Francia, Italia y el Reino Unido, con los que estaba empatada en población. Solo París, que hace tándem con los germanos, no sufre tensiones separatistas importantes.

Un fenómeno curioso. Curiosísimo. Y cargado de interés. Fuerzas centrífugas para todos menos en Alemania, que exhibe una poderosa tensión centrípeta.

En todo caso, es importante tener muy en cuenta que en la UE, como en cualquier otro juego entre países del concierto internacional, no se regala nada de nada.

En la selva de fondos europeos, que ya no son lo que eran al menos para España, muchos pierden el concepto. Sobre todo vistos desde la perspectiva asturiana, donde la idea del maná está más arraigada que entre los hebreos veterotestamentarios.

España ingresó en la Unión Europea después de un complejo acuerdo en el que estaban en juego dos parámetros fundamentales: Europa nos ayudaba con un abanico de fondos y nosotros nos desprotegíamos. Esa segunda parte de la ecuación con frecuencia no se tiene en cuenta a la hora de los debates o de los análisis. Mucha gente cree honradamente que la UE nos ayudó y nos ayuda aún porque somos pobres o siquiera menos ricos que la media de la unión.

Europa no nos daba, ni nos da, nada de nada en concepto de solidaridad, caridad o "beau geste". Los dineros continentales eran una compensación al desarme arancelario peninsular. Daba porque dábamos. Entregaba una fortuna porque les abríamos unos mercados jugosísimos. El proceso no está del todo cancelado aunque sí se ha llevado a cabo en lo sustancial.

La Alemania Federal se une a la Democrática y viceversa porque las empujaban razones históricas evidentes. Pero también porque se reforzaban. Una operación que suponía traspasar mucho dinero de una a otra orilla del Óder-Neisse. Y algo más.

Los capitalistas ponían sus fondos y los comunistas, la ruina de sus industrias. Otra cosa es que el marxismo, de tan endemoniadamente letal, logró convertir a los alemanes en vagos y en solo unas décadas de manera que desde el Oeste tuvieron que acabar transfiriendo mucho más dinero del previsto. El proceso, no se olvide, tenía una tercera pata ya indicada, no era solo un intercambio de pasta por mercado. Esa pata era la unificación de la nación y su sobredimensión. Una nueva realidad que bien valía el oro que fuese.

La enseñanza de todo lo dicho para la España actual -y la Cataluña que se va- es evidente. No cabe pedir solidaridad o generosidad a quienes habitan al Este del río Segre ni tienen sentido las jeremiadas de la desigualdad que algunos lagrimean desde el Oeste de ese curso fluvial.

A un país lo unen la historia y los intereses. Si los separatistas niegan la existencia de España o su condición de españoles solo cabe apelar a los intereses. Y ahí no cabe discusión.

No es que la Cataluña rica deba ayudar a la España pobre como la Alemania poderosa animó a la Alemania paupérrima. No es esa la cuestión porque, está dicho, la Alemania capitalista no ayudó a la comunista, sino que se benefició de la unión. "Do ut des". Doy para que des. Además, las escalas son muy distintas. La Alemania del Oeste era mucho más rica que la del Este pero España, sin Cataluña, es como potencia económica mucho más fuerte que Cataluña.

No, no es ese el asunto o la perspectiva. Lo que cuenta, ya que los independentistas niegan su españolidad, son los intereses. Y ahí conviene recordar que, por ejemplo, Cataluña exporta a EE UU lo mismo que a Cantabria. O sea, nada o casi nada. Podrían ponerse muchos otros ejemplos de similar corte. El conjunto de España es su gran mercado.

Cataluña debe seguir en España no porque así, con sus dineros, haga un favor al resto de la nación, sino porque en caso contrario se arruinaría en tres meses. Y eso no lo desea nadie.

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