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Elizabeth López Caballero

¡Socorro, este cuerpo no es mío!

Te imaginas despertar un día en un cuerpo que no sientes como tuyo, vivir de alquiler en un lugar al que no puedes llamar hogar? Pues esto les ocurre a muchas personas. Personas que nacen atrapadas en un cuerpo con el que no se identifican. Sí, hablamos de transexualidad, algo normal que nos empeñamos en desacreditar. Pero así es el ser humano, intransigente en ocasiones.

Nadie elige ser transexual. Nadie elige tener un conflicto cuerpo-alma, nacer mujer pero sentirse hombre y viceversa. Nadie elige vivir una odisea psicológica y física para llegar a ser quien realmente anhela. Entonces, ¿por qué hacemos esa elección ajena los demás? ¿Acaso, en el contrato de la vida, aparece alguna cláusula que nos da derecho a juzgar a las personas que no ven la vida como nosotros? ¿En la letra pequeña, que nadie lee, se nos legitima a imponer nuestro criterio moral? No, no sucede así. Mi abuela siempre decía: "Primero Dios y después los santos". Huelga decir que nosotros lejos estamos de ser Dios, quizá, parientes de los santos, por lo que no tenemos ningún derecho de criticar y juzgar la vida de los demás -aunque lo hagamos-.

La gente tiene la falsa creencia de que ser transexual u homosexual es una moda y, en el peor de los casos, un virus. Como si la pauta la marcara la heterosexualidad. Como si no pudiéramos salirnos de la norma: hombre-mujer, matrimonio, hijos, hipoteca y final con perdices -en ocasiones podridas-.

Salir de la zona de confort, de lo rígido, del dos más dos cuatro genera miedo. Y el miedo, rechazo. Y el rechazo, silencio. Y el silencio, muerte en vida. Así viven muchos transexuales -muertos en vida- que no salen de la zona de confort por el miedo al rechazo de la sociedad y de su propia familia. Porque he de decir que a pesar de la evolución -lenta- y de los avances médicos, aún hay quienes los siguen mirando por el rabillo del ojo por ser como son. ¿Y cómo son?, me pregunto, porque yo solo veo a alguien con derecho a elegir cómo quiere vivir su vida. En más de una ocasión he manifestado lo mucho que me gusta ser mujer, y no quiero ni pensar el sufrimiento que me hubiese causado nacer con cuerpo de hombre y alma de chica. Probablemente se hubiese apoderado de mí la soledad que acompaña a los transexuales durante varias etapas de su vida; pues solos deben descubrir qué les pasa, solos deben asumir las repercusiones sociales que ocasiona ser "diferente", solos deben decidir qué hacer con su vida, y solos tienen que explicarse, protegerse y defenderse de la falta de empatía que azota a esta falsa sociedad progre.

Las consecuencias de una sociedad rígida pueden ser devastadoras para las personas que no son felices con el sexo con el que han nacido. El transexual que no se reasigna (no cambia de sexo) corre el riesgo de caer en una depresión crónica, derivada del desequilibrio y la angustia que le produce que su sexo psicológico sea diferente al sexo anatómico. El transexual reasignado (que cambia de sexo) debe ser muy consciente de todos los cambios que supone su decisión: tratamientos hormonales, operaciones, efectos secundarios, reacciones sociales, rechazo, incomprensión, etc.

¿No creen que reasignándose o no, ya sufren suficiente como para complicárselo más con nuestros juicios? Mi abuela también decía que una cosa es predicar y otra dar trigo. Con esto digo que cerremos el pico y abramos la mente.

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