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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Aforismos y expresiones canarias

No somos nadie

Frase proverbial propia de entierros y velatorios o muy recurrente en situaciones en las que se recibe la infausta noticia del fallecimiento de algún conocido: 'No somos nadie, usted' (u 'oiga'). La expresión trasluce la precariedad inmanente a la existencia del ser humano en el mundo frente a la contingencia, incapaz de gobernar el tiempo y las vicisitudes que el destino parece reservarnos. Aunque a primera vista pudiera delatar simplicidad, la sentencia -sin pretenderlo- parece estar dotada de un profundo calado filosófico. Y denota el latir de una sabiduría perenne y siempre presente en las distintas cultura antiguas o en aquellas que se alimentan o 'maman' de lo ancestral. No en vano, la mística oriental, desde la India a la antigua Persia, desde donde pasó a occidente en el medievo, ha reflexionado en profundidad sobre el significado de este concepto: la nada. Una idea de la nada como realidad vivencial que algunos sabios medievales identificaban con el abismo que deviene visible en cada brecha de existencia, en cada transformación de la realidad, en cada crisis, sufrimiento, cambio de forma o en cada alteración del estado de una cosa. Pues nada puede cambiar -dicen- sin que se produzca el contacto con esa región ignota del ser absoluto que los orientales llaman la nada.

Este nihilismo existencial también ha contagiado a filósofos, creadores y poetas. Nihilismo vital que jadea en nuestra cultura en momentos de trascendencia en la vida, y puede husmearse en algunos de nuestros intelectuales y poetas que, con magua, han cantado en algún momento al hastío existencial.

Así las cosas, no parece que la arcaica y campurria expresión que resuena todavía en velatorios y entierros de muchos pueblos de las ínsulas sea tan anodina como parece, sino que goza de enjundia filosófica. Aunque hoy lo vemos como una frase hecha, producto de la lexicalización, que se repite en ceremonias fúnebres como un calco de simplicidad pasmosa, y -según en boca de quién- puede resultar casi tragicómica. (A veces se acompaña de un sentencioso: 'le había llegado la hora' o 'estaba para él', lo que otorga al hablante, de modo efímero, cierto cariz profético). Sin embargo, si un místico del medioevo contemplase hoy la escena en un duelo de cualquiera de nuestros pueblos, asentiría con asombro y satisfacción -casi privado a su juicio, se podría decir- a tan sabia reflexión: Nihil sumus, que dirían los latinos ('Nada somos'). Y es que, queriéndolo o no: 'Oiga, no somos nadie, usté'.

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