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El análisis

Reflexión sobre el paso del tiempo

Cuando uno es niño o joven suele reparar poco en el paso del tiempo, un caudal que entonces parece remansado y sin alteraciones a la vista. La incorporación a la vida activa, el estudio, el trabajo y los requerimientos de la sociedad actual no dejan luego gran resquicio para considerar con algún detenimiento el cotidiano consumo de esos años vitales. Siempre se dijo: primero vivir y después filosofar. Mejor así, supongo, para no considerar que la vida tiene caducidad como los alimentos envasados, aunque su fecha no venga en el envase. Pero en la madurez -quien lo probó, lo sabe-, la simple observación patentiza que ya se ha utilizado gran parte de ese crédito del que se desconoce su cuantía. Quevedo apunta, no sin perplejidad, que el tiempo corre a velocidad acelerada: "Ayer se fue, mañana no ha llegado, hoy se está yendo sin parar un punto. Soy un fue, y un será, y un es cansado"? Fenómeno éste, del tiempo fugaz, que alcanza categoría de verdad revelada, como digo, en el crítico momento de la jubilación.

Es cuando la sociedad nos archiva, acaso con un discreto amago de misericordia más o menos sincera, tal como ciudadanos a extinguir. Y el añadido consuelo de una discreta pensión extraída de un fondo que, encima, nos avisan frágil de mantener. Retiro que, por paradoja, se apresura precisamente cuando duramos más.

Profesionales hay que ahora se entienden jubilables con sólo medio siglo, cuando a su disciplina añaden la experiencia. ¿No es un derroche?... A mí, me lo parece. Ya lo dijo el poeta: "Todo lo muda el tiempo, Filis mía". Hace unos días, llamaba este plumilla a un diario algo lejano del que fue responsable todo un lustro? ¡Y allí nadie conserva noticia de su paso! "Sic transit gloria mundi".

Es preciso, no obstante, rechazar toda melancolía por los buenos o malos días perdidos. El clásico citado lo lamenta en el mismo soneto: "¡Ah de la casa!... ¿Nadie me responde?...". Pero el inmóvil pretérito, por más que esté olvidado, nos condiciona porque de él venimos. Aunque aquí mismo algunos quieran hurgar en el pasado para modificarlo. Es el futuro lo que está por hacer, siempre superable en su determinismo potencial.

Capítulo final el del retiro que, venturosamente, suele durar ahora mucho más que en no lejanos tiempos. Nuestros abuelos tenían, los pobres, la mala costumbre de morirse enseguida. Hoy la media de edad se ha desplazado mucho más arriba, cuando aún nos queda vida por delante.

Una oportunidad para contribuir a que éste nuestro mundo sea un poco mejor.

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