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OBSERVATORIO

Cosmología y filosofía: físicas y metafísicas de la contemporaneidad

La cosmología es una disciplina que ha ido ganando fuerza a partir del siglo XX, donde tuvieron lugar algunos de los hechos más relevantes para la física de nuestros días y que van inextricablemente unidos a nuestra visión actual del mundo. Mucho tiempo ha pasado desde la física aristotélica, desbancada por la mecánica clásica, hasta la física cuántica y relativista del presente, que ha desplazado también al viejo modelo newtoniano. La pregunta por el lugar que ocupa el ser humano en el cosmos no sólo no se ha simplificado con nuestro devenir histórico, sino que a cada nueva posible respuesta la acompaña un horizonte aún mayor de incertidumbre.

Pero, siendo justos, la inquietud de la especie no parece verse satisfecha con una mera representación mecanicista del universo, ni se agota con ecuaciones más o menos precisas que nos indiquen si el universo está en expansión o no. Más aún, y aunque la creencia religiosa pueda suplir la necesidad de respuestas de millones de personas, parece que podría existir un término medio entre la verdad que aspira a ser probada y la revelada, toda vez que el conjunto de individuos que formamos la especie partamos de un sustrato común del que dialogar y con el que mirar hacia las estrellas.

Ese sustrato existe y tiene muchas formas: ya desde su naturaleza ontológica y biológica -nuestra propia realidad en tanto especie y no como organismos aislados e irreconciliables-, hasta los enunciados del discurso científico, que se sobreponen -o aspiran a ello- a la mera creencia o doxa, buscando un suelo que, escrutado bajo ese lenguaje de la razón que parecemos compartir, sea visto por todos de igual manera. Esa es la virtud indiscutible del lenguaje de los números y su pertinencia: para aprender a leer el universo hay que tener un mínimo de conocimiento matemático, no porque números y ecuaciones estén inscritos en las estrellas, sino porque este es la manera más prudente de comunicar nuestras inferencias bajo un marco de neutralidad -apartemos, prudentemente, el concepto de objetividad-.

Pero el lenguaje matemático no agota la complejísima Realidad -mayúscula- de la que formamos parte y que, en esencia, somos, como sugería el célebre Carl Sagan al enunciar aquello de que todo y todos somos, al fin y al cabo, polvo de estrellas. Mantener ese suelo de neutralidad exige dejar fuera algo tan íntimo como la experiencia o la creencia religiosa, porque, además -y muy en contra de lo que muchos podrían pensar- la física, la ciencia en general, no puede decir nada a favor ni en contra de Dios: el planteamiento científico, sus objetivos y método son independientes, y la existencia o inexistencia de Dios no debería cambiar en ninguna medida la forma en que el proceder científico discurre.

En cualquier caso, los números, las ecuaciones, el lenguaje matemático en general, no parecen respondernos del modo en que nos preguntamos por nuestra realidad en el cosmos. Preguntamos con nuestra lengua materna, con inquietud romántica y poética, pero la única forma de sacar a la Naturaleza una respuesta que aspire a un grado mínimo de certeza exige traducir esa lengua nuestra al lenguaje de los números, cuyos enunciados neutrales e intersubjetivos nos darán el sustrato del que arañar posibles respuestas a nuestras curiosidades más profundas. Y, así, de los números extraemos consecuencias, haciendo interpretaciones, y si nuestros constructos científicos son erróneos, lo serán para todos los humanos -de hecho, y siguiendo a Karl Popper, la naturaleza del enunciado científico estribaría, precisamente, en la posibilidad de su falsación-.

Se recurre a veces al término metafísica de manera despectiva para tachar algún razonamiento de infundado, gratuito o incluso místico. Pero, tal vez, sea pertinente crear una distinción entre tipos de metafísica; por ejemplo, llámese a una meta-física, donde este concepto venga a resaltar un carácter más allá de la física, pero que la necesita, se expande a partir de, y es revisable sobre las bases de aquella, bajo una premisa de cientificidad -o, cuando menos, bajo la posibilidad de su falsación al modo popperiano-. ¿Qué es el inmenso aparataje teórico de la física contemporánea si no una elaborada metafísica? Una que deviene de la necesidad de interpretación inherente al lenguaje matemático, que torna ecuaciones en fenómenos, y conjetura, verbigracia, que la expansión acelerada del universo podría deberse a la existencia de algo invisible e indetectable, pero real, como sugiere la hipótesis de la materia y energía oscuras.

En efecto, en el ejemplo anterior se interpretan, se traducen desviaciones numéricas a fenómenos a los que ya tendemos a dar forma mediante una imaginación que rebasa su expresión meramente matemática. Y, desde luego, esto significa que el lenguaje matemático y el cotidiano no son excluyentes, más bien todo lo contrario: se necesitan, se complementan, se interrogan mutuamente para decirle uno qué buscar, dónde mirar, y el otro responderle con el suelo que fundamentará una imaginación pautada, falible, susceptible de mejora y revisión, pero que conformará la imagen del mundo de un sujeto, sociedad o época.

No es de extrañar que, hoy día, tal vez las más relevantes -entendiendo por ello de alto impacto- metafísicas no vengan del ámbito de la filosofía, toda vez que esta pretenda alzarse como una disciplina desvinculada, autónoma y autosuficiente; sucede, más bien, que vienen de la ciencia, y para el caso concreto de la pregunta por el origen del cosmos y su naturaleza, de la física. Cada vez más, indagar en las profundidades de la Naturaleza exige abstracciones más y más enrevesadas, plataformas flotantes del conocimiento, teorías sobre teorías, donde un ligero cambio en alguno de sus pilares inferiores podría derribar todo el constructo metafísico sobre nuestra física más elemental. No hay ni puede haber física -entendida esta en su sentido empírico más elemental- sin metafísica, esto es, sin interpretación derivada de los hechos fundamentales.

Esta comunión de lenguajes es la que nos permite imaginar, pero imaginar con propiedad, bajo la guía de la razón, fenómenos tan lejanos y asombrosos, e imposibles siquiera de sospechar a partir de nuestros cinco inmediatos sentidos, como la posible edad del universo en torno a los 13.800 millones de años, su origen en una gran explosión inicial o su expansión acelerada, y esta última invita, todavía más allá, a pensar en materias o energías oscuras que ejercen su influjo invisible en una proporción mayor que la de todo el universo visible. Son estos, solamente, algunos ejemplos sencillos de adónde nos lleva la imaginación guiada, la metafísica anclada a la física, cuando alza el vuelo de la mano del lenguaje matemático, y vuelve para configurar el cosmos que deseamos conocer: nos lleva a un imaginario común, a un universo de significados compartido, sin que ello implique destruir o desplazar la más profunda e íntima creencia personal de cada quien.

Con todo, el ser humano, en tanto sujeto metafísico, necesita dar sentido al universo más allá de la mera constatación fáctica. Sin embargo, es fácil tropezar con la superchería o el misticismo cuando se trata de elucubrar tan altas cuestiones. Aun así, la vía para un conocimiento rectamente guiado, con pretensión de universalidad para todos los miembros de la especie, no tiene por qué pasar ni por un reduccionismo ciego ni por una suerte de metafísica del consuelo; antes bien, requiere de una precisa observación y una prolífica imaginación, ambas en continuo proceso de realimentación.

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