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Crónicas galantes

El fútbol, ni tocarlo

No contenta con cambiar de gobierno, que a fin de cuentas es detalle anecdótico, España le ha dado puerta a su seleccionador nacional; y esas ya son palabras mayores. Vale que el Congreso eche a Rajoy o que el anterior rey abdicase del trono, aunque siga siendo monarca a título emérito. Se trata de simples corrimientos en el escalafón que poco o nada van a influir en la marcha del país mientras siga formando parte del club de la UE gerenciado por Ángela Merkel. Que es la que manda, naturalmente.

Lo de Lopetegui ya tiene mayor trascendencia. Obsérvese que la única mudanza de cierto calado que vivió este país fue el título mundial conquistado por la selección entre el ruido de las vuvuzelas de Sudáfrica, hace justamente ocho años. Acostumbrado a quedarse en los cuartos de final, el equipo español rompió entonces con la tradición en lo que a todas luces constituyó un acontecimiento histórico.

Ahora aspiraba -y aspira aún- a repetir aquella gesta, pero en esas se produjo la caída del comandante en jefe de nuestras tropas futboleras cuando estábamos en las mismas vísperas del campeonato. Y, al menos esta vez, Rusia no es culpable.

Más bien son los mandamases hispanos, y mayormente los de la Federación, quienes se empeñan en conspirar contra sus propios intereses. Quizá sea por darle la razón a Otto Von Bismarck, aquel canciller de hierro que se declaraba firmemente convencido de que España es "el país más fuerte del mundo". "Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido", hizo notar el prusiano.

El fútbol es la columna vertebral de España, como nadie ignora. Tan solo el culto al balón y, si acaso, las quinielas y loterías del Estado son capaces de poner de acuerdo a los habitantes de esta parte de la Península, que por lo demás solo coinciden en remarcar lo diferentes que creen ser unos de otros. El prurito de no parecerse al vecino es lo que verdaderamente hace que los españoles se parezcan tanto. Además de lo mucho que a todos les gusta el deporte inglés del balompié.

El general Franco, que entendía más de caza que de fútbol, era consciente sin embargo de los valores unitarios y antisubversivos de este deporte. Cada vez que se avecinaba un 1 de mayo o cualquier otra fecha propicia a las revueltas, el dictador contraprogramaba el evento con una buena sesión de partidos en la tele. La táctica le funcionó, a juzgar por la interminable duración de su régimen.

Paradojas de la Historia harían que, ya en democracia, una selección rebautizada como La Roja ganase dos campeonatos europeos y la antes mentada Copa del Mundo.

Milagroso como es el fútbol, los triunfos de La Roja satisfacen por igual a rojos y nacionales, que acaso superen de este modo los resquemores que siempre deja una guerra civil. De ahí que las autoridades al mando confiasen en que un buen desempeño del equipo de Lopetegui contribuyese a unir lo que la política tiende a disgregar.

Todo podría haberse ido al garete -o no- con la destitución del general al mando del ejército balompédico que está dando la batalla en Rusia. La estrategia sugiere que no se debe cambiar de caballo en mitad del río; pero tampoco hay que pedirle virtudes de Von Clausewitz a un presidente de Federación.

De momento vamos capeando la crisis, pero habrá que ver lo que ocurre si las cosas se tuercen. A diferencia de los gobiernos, mudables y transitorios, el fútbol es un asunto de lo más serio. Y solo los irresponsables ignoran a estas alturas que con las cosas del balón no se juega.

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