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OBSERVATORIO

Volver al papel

Echo mucho de menos ese gesto sencillo de llegarme al quiosco, comprarme un ejemplar de periódico en papel y hojearlo tranquilamente bajo la sombra de una palmera autóctona frente al mar. Qué indolente placer el de pasar las hojas con lectura pausada sin intrusión de avisos y advertencias, sin anuncios parpadeantes e invasores. Dichosa quietud la del papel vegetal que acoge pacífica la vista. Queridos lectores, volved al papel; al pacífico, dócil y vegetal papel, que trae paz y descanso al alma. Volved, por vuestra salud, al periódico en papel y dejad de leer prensa en medios digitales, que, ya a primera hora del día, llenan de alarmas el espíritu y provocan estrés y zozobra, que no es la mejor disposición para empezar una jornada que luego, por fatalidad, acostumbra a complicarse progresivamente. Pinchas el enlace y, sobre el temblor de los titulares borrosos, se impone un letrero que te pide que aceptes ciertas condiciones, que por la prisa y la letra pequeña no te apetece leer y dices que sí, que entendido, no sin cierta sensación de haberle empezado a vender el alma al diablo.

Otra cosa son las páginas pedigüeñas que, en uno u otros términos, solicitan contribución económica o suscripción, interponiéndose entre tu mirada y la información de interés, que se vuelve materia difusa. Hay quien no baja al quiosco a comprar el periódico en papel por ahorrarse el euro, creyendo que va a leer gratis en digital, pero, como dijo aquel, lo barato sale caro. Si empiezas a dar correos electrónicos, se te llena luego la bandeja de entrada de publicidades de esto y lo otro, y si das, más aún, tu número de cuenta corriente, ya empiezas a sentir el trote de los bandoleros que bajan desde el monte a asaltar tu diligencia. Ya no hace falta exponerse al peligro de los caminos, puedes ser asaltado sin salir de casa y en pijama. Pero, en fin, pongamos que, a falta de males mayores, lees las noticias diáfanamente, aunque con unos márgenes parpadeantes de anuncios. Los obvias, pero ellos, tomando vida propia se acercan al ratón y, dándose por pinchados, ocupan toda la pantalla y te largan tal vez un spot con voces atronadoras, chistes malos y música horterísima, que en ese estado de laxitud, aún vecino del sueño reciente, te pone el alma en vilo, todavía más a los lectores natos, que somos amigos naturales del silencio. Tras la estentórea interrupción, prosigues y tal vez te solazas en ese oasis de delicada estética que es una columna lúcida con su prosa rítmica y cuidadosa, pero los mercaderes insisten en poner a tiro toda su batería de tentaciones; hoteles lujosos y viajes a lugares paradisiacos donde el mar tiene ese turquesa cristalino -solo posible por el espejismo de photoshop- y al panorama ideal añaden esa frase infalible, "te mereces unas vacaciones". No quieres verlo, no quieres leerlo, pero la frescura de la mañana es suplantada, al pasar las horas, por los calores feroces del mediodía y te empieza a apetecer tenderte a la sombra de ese virtual cocotero y mandar a freír gárgaras la celda monacal, donde has pasado el año, dándole a la tecla del ordenata, que ya respira incandescente a ritmo de terral. Hechizado el dedo, sonámbulo, va en busca de las islas imposibles, de las aguas cristalinas y el cocotero. Con la pertinente carga de obnubilación, en nada se repara si el precio inicial ha crecido bastante al hacerlo efectivo, que suele ocurrir, porque antes de la atractiva cifra económica viene un "desde", de tan pequeñito, apenas perceptible. Te ofrece el sistema guardar el número de tu tarjeta para próximas operaciones.

Empezaste la mañana leyendo la prensa gratis, pero, a estas alturas, has dado tu dirección de correo electrónico, tu clave, tu número de cuenta corriente y el de la tarjeta de crédito. Antes de que puedas percatarte, por ahorrarte un euro, te has embargado enterito hasta las cejas y, ya iniciado al comprar el primer producto, en cualquier lugar en el que intentes refugiarte por internet te seguirán ofertas de productos similares a la caza de ese momento frágil que te vuelva a hacer débil de voluntad. Como estoy por no rendirme a la provocación consumista, se ponga como se ponga, incluso con rebajas agresivas de un nosémuchos por ciento, prueban a entrarme por el corazoncito, mostrándome los solteros que hay en mi ciudad; todos con gesto afable, simpático, dispuestos a compartir mis aficiones y a mantener una relación estable. Si las caras me suenan familiares no es casualidad, pues ahora caigo que estos chicos son los mismos solteros que se me aparecieron en los anuncios hace cinco años. Y la verdad es que no se entiende, con lo monos que son todos, cómo no les ha salido novia aún y siguen todavía solos en la ciudad, porque además se conservan igual de jóvenes y pimpantes que hace un lustro, tan igual que hasta se diría que su foto es la misma de entonces. Debe ser verdad eso que dicen de que las mujeres se han vuelto la mar de exigentes; pobrecitos míos. Hay cosas muy sencillas que uno no valora cuando las tiene y añora lo indecible cuando, por una impredecible razón, las pierde. Yo, ahora mismo, con esta lesión que me impide salir a la calle, echo mucho de menos ese gesto sencillo de llegarme al quiosco, comprarme un ejemplar de periódico en papel y hojearlo tranquilamente bajo la sombra de una palmera autóctona frente al mar; ese mar de todos los veranos, que no es turquesa transparente en la orilla, pero sí muy azul en el horizonte, donde he fiado todos mis sueños. Qué indolente placer el de pasar las hojas con lectura pausada sin intrusión de avisos y advertencias, sin anuncios parpadeantes e invasores. Dichosa quietud la del papel vegetal que acoge pacífica la vista. Vosotros que podéis, disfrutadlo.

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