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Martín Alonso

la mirada de andersson

Martín Alonso

Freud, los círculos y Lacan

Entre conclusiones e interpretaciones, Sigmund Freud, hace poco más de un siglo, dejó por escrito que siempre regresamos a la persona que ha saciado nuestros deseos carnales. Llevo con esa idea en la cabeza desde la noche del viernes, justo desde que Miguel Ángel Ramírez anunciara el despido de Manolo Jiménez como entrenador de la Unión Deportiva Las Palmas y, de inmediato, confirmara la contratación de Paco Herrera como sustituto. No encuentro otra explicación a ese movimiento de fichas que el recuerdo de los días felices, la memoria de jornadas de vino y rosas, como motor del cambio en el banquillo amarillo.

Todos los que estuvieron cerca de la UD Las Palmas, entre mayo y octubre de 2015, sin embargo saben cómo se trazó un círculo -como el que se dibuja con un palo sobre la arena- que se abrió en Leganés y se cerró en Getafe. Es indiscutible que el ascenso a Primera División -el último del equipo amarillo- coronó esa circunferencia, pero también lo es que aquella aventura debilitó la posición de Paco Herrera dentro del club. Tal fue el ejercicio de demolición sobre el entrenador barcelonés que aquella historia acabó con su destitución.

El 9 de mayo de 2015, tras una vergonzosa derrota ante el Leganés -aún en Segunda-, la posibilidad de despedir a Herrera ya estuvo muy presente en los vestuarios de Butarque. Nico Rodríguez, entonces director deportivo de la UD Las Palmas, apostó por el cambio e incluso puso nombre y apellidos -Juan Ramón López Muñiz- al sustituto. Aquella propuesta no caló por la oposición de Toni Cruz a tomar esa decisión y por el compromiso que formuló el núcleo duro de la plantilla para dar un paso al frente y asumir más responsabilidades -en el día a día y en los partidos-. Después de aquel tropiezo en Madrid, el equipo amarillo disputó nueve partidos más aquel curso. El balance de ese tramo de competición se resolvió con seis victorias, dos empates, una derrota y el ansiado ascenso a Primera División.

Fue, precisamente, el ascenso -y el compromiso populista por recompensar a la cabeza visible del proyecto- lo que permitió que Paco Herrera se sentara en el banquillo de la UD Las Palmas en el regreso del equipo amarillo a Primera División. Todo a pesar de las dudas abiertas en el club sobre su capacidad para continuar al timón de la nave. La aventura, en esas condiciones, como era de esperar, fue corta: a la octava jornada, tras cinco derrotas, dos empates y un solo triunfo, fue destituido tras caer en Getafe -a pocos kilómetros, casualmente, de Butarque- y después de que desde el club, a lo largo de la semana, se filtrara a diario su mala planificación del trabajo con el equipo tras un parón de la competición por los compromisos de la selección española.

Ahora, dos años después de aquel episodio, Ramírez vuelve al mismo punto de partida tras trazar en el suelo, con el mismo palo y sobre la misma arena, otro círculo. Lo hace tras encadenar una serie de malas decisiones sobre el banquillo: quiso a Brindisi antes que a Quique Setién, acertó al escuchar a Toni Cruz y Luis Helguera sobre la idoneidad de Setién, se creyó el tipo más listo del negocio al despreciar al propio Setién, rondó a De Zerbi, metió la pata con Manolo Márquez ante la insistencia de Tonono, se pegó un tiro en el pie con Pako Ayestarán, suspiró por Almirón, recurrió a Paquito, fracasó con Paco Jémez y trituró en un par de meses a Jiménez. Un rodeo mayúsculo para volver a Herrera.

El escenario, con todo, retrata a la perfección el estado de las cosas en la UD Las Palmas y sus alrededores. Ramírez, durante los actos de propaganda por sus 600 partidos al frente del club, rechazó la posibilidad de despedir a Manolo Jiménez en caso de que los partidos ante el Elche CF y el Granada CF se resolvieran sin ninguna victoria. Hoy, tras dos empates en esos dos encuentros, Jiménez está despedido, la palabra del presidente vale lo que vale y la pelota, que nunca miente, revela el sainete de siempre: un propietario feliz por los réditos económicos del negocio, un director deportivo que manda menos de lo que presume, una plantilla confeccionada por muchos padres -Ramírez, Juanito, Branko Milovanovic, Otero, Jiménez, etc- y que, más allá del objetivo común, se mueve condicionada por los intereses de todos ellos y una afición que abrazó la cantidad ingente de fichajes en verano como el que se encomienda a la homeopatía para curarse de una enfermedad grave -más como un acto de fe que como algo consciente (¿quién vio, la temporada pasada, más de cuatro partidos de Getafe, Levante, Real Sociedad, Almería o Girona, para valorar como fenómenos a tantos de los que llegaron?)-.

En medio de la desilusión, como el CD Tenerife con Oltra, la UD Las Palmas ha recuperado al último entrenador que le llevó a Primera. Un ejercicio de populismo que ojalá tenga un final feliz: con todos -los que quieren como algo aún suyo a esta empresa de Ramírez- de celebración en la guagua junto a Herrera como el que regresa, según Freud, a un viejo amor que sació sus deseos carnales. Pero ojo con los enamoramientos. Ya lo advirtió Jacques Lacan, uno de los discípulos del propio Freud: es imposible decir algo significativo sobre el amor porque cuando se empieza a tratarlo aparece la imbecilidad.

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