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opinión

Susana penitente: de bastión a bastón

La irrupción de Vox en el Parlamento andaluz, sin duda la alteración de mayor calado político en un ruedo público sumido en la inestabilidad y la incertidumbre, tiene un poder de atracción que deja en segundo plano flujos más profundos que llevan años presentes en los movimientos electorales. Con números descarnados sólo hay dos ganadores en Andalucía: Ciudadanos y la ultraderecha. De los movimientos de las próximas semanas dependerá el triunfo definitivo de uno de los dos.

Santiago Abascal, el líder de Vox que creció amamantado a las ubres del PP, primero como militante y después como contrincante, se impondrá en la lucha final si populares y Ciudadanos ceden a la suma fácil y lo convierten en el elemento clave del cambio andaluz. A Casado le conviene porque colocar a Moreno en la presidencia de la Junta enmascara la evidencia de que el PP, aunque no sucumba al empuje de Ciudadanos, sigue en fase de retroceso, ahora con otra herida sangrante en su ala derecha.

El partido de Rivera necesita con urgencia rentabilizar su vuelo ascendente. En su caso, las urnas revalidan a las encuestas, aunque no en toda su carga promisoria. La victoria de hace casi un año en Cataluña quedó ensombrecida por el secesionismo apiñado, pero también por la falta de riesgo y habilidad para defender su condición de primer grupo en el Parlament. Andalucía es ahora una oportunidad para que Ciudadanos toque poder, algo de lo que está muy necesitado para no quedarse en eterna promesa. Y su táctica en los próximos días se orientará a obtener una posición ejecutiva bien visible, por lo que quizá sorprendan los socios con los que pueda terminar encamándose.

Los 36 años de gobiernos socialistas en Andalucía tienen mucho de anomalía, son casi un rasgo de insania democrática, por lo que, reposando los resultados, no debería sorprender tanto la llegada del momento depurativo. Susana Díaz fue, desde su ascenso a la presidencia de la Junta en 2013, una mala administradora de la decadencia socialista en la comunidad, de ese flujo subterráneo continuo cuyo alcance subestimaron todos los pronósticos. Lo ocurrido el domingo es la culminación de un continuo retroceso, muy maquillado cuando en la cruenta batalla interna del socialismo se presentaba como una ganadora de elecciones frente a un Pedro Sánchez siempre derrotado. En su largo tiempo en el poder, al socialismo andaluz se le adhirieron las perversiones propias de quien se considera intocable: corrupción, clientelismo, prepotencia. Díaz y los suyos no alcanzaron a interpretar su fracaso en el seno del partido -la primera bien visible, tan violenta e inesperada como la del domingo y que cercenó su aspiración de una huida por elevación de la fortaleza menguante- como un rechazo claro a la su perenne confusión entre gobernar y mandar.

En la noche de su derrota asumió como penitencia convertirse en el dique de contención de la extrema derecha, de impedir la amenaza de una reconquista que esta vez comenzaría por el sur. Eso es probable que la obligue a devolver el favor de 2015, cuando tras ochenta días de bloqueo extenuante Ciudadanos accedió a darle la Presidencia, para convertirse en el apoyo de Rivera y su candidato gris. De bastión a bastón. PSOE y Ciudadanos están a sólo un voto de la mayoría absoluta, un respaldo parlamentario con el que resulta menos difícil gobernar que con los ochenta diputados de Sánchez. Pero Rivera se impondría a Casado y Vox seguiría confinado en su discurso tripero y testicular sin capacidad para interferir en las decisiones políticas.

Del sacrificio de Díaz, de que asuma el papel de heroína de la retirada, según el modelo Enzensberguer, y de que quizá se vaya a casa, depende ahora que el salto de la ultraderecha al Parlamento andaluz no se convierta en un asalto. En sus manos está que lo ocurrido en Andalucía sea un aviso en lugar de una avalancha que haya que frenar a la francesa: en el último momento.

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