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crónicas del limbo

Posverdades

Me llega un correo en que se pone a Albert Einstein a caer de un burro. Uno empieza a leer y alucina ante una avalancha de citas, referencias y testimonios aparentemente serios que vienen a mostrar que Einstein es un reconocido plagiario, un ladrón de ideas, un tipo ramplón, mediocre, mentalmente limitado, además de mala persona. ¿Verdad o mentira? ¿Cierto o falso? ¿Qué intención habrá detrás? ¿Puede que propaganda antijudía? Como no puedo detenerme en investigar de quién o de dónde procede la especie, aunque intuyo que se trata de un bulo (que no obstante, en algún punto de la biografía de Einstein podría, tal vez, tener asideros) me percato de que la cosa se pone fea, porque si Einstein ya no es lo que parecía, si se dinamita el pedestal sobre el que descansa el genio (¿Y si fuera cierto que era un plagiario?) ya nada es seguro, nada es verdad.

En el suelto en cuestión no se ataca la teoría de la relatividad, como sucede en otras noticias falsas que niegan, por ejemplo, el cambio climático, los campos de exterminio nazis, la teoría de la evolución y cosas así. Pero no es de menor gravedad el hecho de que se ataque a la persona para destruir su imagen, se la difame, algo muy común en este tiempo en que las jaurías que anda sueltas por la redes disparan sin contemplaciones contra todo lo que se mueve sin importarles una higa la veracidad del infundio y cuyo único propósito es confundir. Similar efecto tiene el supuesto contrario, o sea la exaltación del asesino, del dictador, del falsario, de la mentira, algo que por desgracia va en aumento. Pues tal parece que hasta los hechos mismos se manipulan y se confrontan con "hechos alternativos" inventados y ello hasta tal punto que, como ha dicho recientemente Noam Chosmky, "la gente ya no cree siquiera en los hechos", haciendo por cierto buena la máxima de Nietzsche, según la cual "no hay hechos, sólo interpretaciones". Es decir, que no hay nada a lo que agarrarse.

Todo esto son algunos aspectos de lo que se conoce como cultura de la posverdad, que es el tipo de cultura que nos rodea. No se trata de una cultura de la mentira, aunque ésta abunde, como siempre ha sido, sino de una cultura donde la cuestión de la verdad, siempre problemática, está atravesada por el papel de los mass media y de las redes sociales. O dicho de otro modo: la novedad que incorpora la cultura de la posverdad es que la cuestión de lo verdadero y lo falso, de lo cierto y lo ficticio, de lo real y lo virtual, se nos aparece envuelta con los ropajes de los media, de las tecnologías de la comunicación, a través de las cuales se produce la construcción social de sentido en nuestro tiempo (y también las nuevas formas de hacer política).

La cultura de la posverdad es, por otra parte, la propia de las democracias. En las dictaduras o en aquellos regímenes donde una voluntad establece una verdad dogmática, impuesta y determinante, el problema es otro, porque lo que no sea atenerse a esa verdad establecida es duramente reprimido. Pero en las democracias, donde por definición existe pluralismo, libertad de expresión y de información, se parte del supuesto de que no existe una verdad absoluta (del mismo modo que la mentira, como tal, resulta imposible de probar) de manera que hay que aceptar que todo es interpretable y que, a pesar de que nos gustaría que la verdad resplandeciera, no tenemos más remedio que admitir que ésta se construye a menudo pragmáticamente, por consenso, desde la utilidad que reporta decir, por ejemplo, que el presidente Trump es un genio que nunca miente o que Einstein era un plagiario depravado. Asumir, por tanto, aunque no nos guste, que puede pasar por verdad lo que no es más que la mentira más eficiente, la mentira dicha y repetida a través de las herramientas tecno-mediáticas adecuadas. De hecho se dice que es propio de la cultura de la posverdad interpretar la realidad para afirmar o negar algo que uno ya tenía decidido hacer de antemano. Como en los tiempos de la sofística, una realidad amorfa e interpretable puede servir para afirmar que Aznar es un genio y lo contrario.

Así son las cosas. En democracia, la cuestión de la verdad, en la época de la posverdad, es una cuestión ética, de intención. En democracia, lo opuesto a la mentira es precisamente la veracidad, la intención de querer decir la verdad y descubrir y delatar la mentira. Es un trabajo interminable, individual y colectivo, para que la democracia no sucumba.

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