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crónicas galantes

Ya ni el fútbol es de fiar

Todos hemos conocido a alguien que solo cree en Dios y en el Atlético de Madrid (o cualquier otro club), aunque no necesariamente por ese orden. El fútbol y los juegos de azar son materia de fe en España, lo que confiere especial gravedad a la detención de varios jugadores de Primera y Segunda bajo la sospecha de que habían amañado partidos para hacer ganar dinero a otros con las apuestas.

Lo último que podría sucedernos es que alguien revelase que los premios del Gordo de Navidad los falsea el Gobierno a su conveniencia. O, peor todavía que eso, el descubrimiento de que el resultado de los partidos de fútbol puede trucarse sin más que sobornar a los jugadores de un equipo. Exactamente lo que sospechan los investigadores de la trama balompédica, por mucho que cueste entender cómo se puede poner de acuerdo a once futbolistas (y a tres reservas) para que se dejen meter un determinado número de goles.

Las trampas en el juego siempre han acarreado gravísimas penas. En los salones del Lejano Oeste, por ejemplo, los fulleros del naipe solían acabar la partida a tiros, según hemos aprendido en las películas de vaqueros. Al final siempre ganaba el más rápido con el revólver, que no siempre era el malo que se guardaba ases en la manga.

No obstante, esos eran juegos de particulares en los que uno ha de fiarse de la caballerosidad del contrario; y en modo alguno el resultado constituye materia de fe.

Otra y muy distinta cosa son las apuestas organizadas por el Estado, que empezaron con la lotería de Carlos III y acabarían por unirse a los azares del fútbol ya en tiempos del franquismo, régimen que creó el Patronato de Apuestas Mutuas, Deportivas y Benéficas. La quiniela, vaya. A nadie se le pasaba por la cabeza entonces que un equipo hiciese tongo en el campo para acomodar el marcador a los deseos de algún apostante despabilado. Aquellas primeras apuestas futbolísticas han alcanzado ahora un extraordinario nivel de sofisticación gracias a la revolución tecnológica en curso. Cualquier propietario de un móvil puede apostar hoy en pleno partido sobre el resultado final; y no solo eso. También las empresas del juego le facilitan la posibilidad de jugarse los cuartos mediante la adivinación del nombre del futbolista que marque los goles, el número de saques de esquina o el marcador de la primera parte.

Como en cualquier otra partida, los apostantes hacen sus posturas -o jugadas- en la confianza de que los dueños del casino velarán por la limpieza del juego; pero parece que podría no ser así. La sospecha ha empezado a ser algo más que eso tras la operación de los gendarmes que investigan el presumido amaño de varios partidos durante la temporada que acaba de tocar a su fin.

"¡Qué escándalo! ¡Acabo de descubrir que aquí se juega!", decía el inspector Louis Renault en cierta famosa escena de Casablanca, mientras se embolsaba disimuladamente su parte de la comisión en la ruleta. Mucho más ingenuos, los españoles, que pasan por ser gente descreída, aunque luego voten al primer cantamañanas que les prometa un sueldo sin trabajar, habrán recibido la noticia como un ataque a su fe.

Si ni siquiera puede uno fiarse de la honradez del fútbol, elemento de cohesión nacional, se nos van a venir abajo los palos del sombrajo y del dogma. El Estado, que declaró el balompié "asunto de interés nacional", debiera tomar ya cartas en el juego.

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