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PIEDRA LUNAR

Ventanero en Covanara

A pesar de estar anunciada una meteorología adversa, nuestro tertuliano Pepe Roque no se arredró para subir a las cumbres con el fin de explorar el espacio mítico de Covanara, que le puso en bandeja una decena de cuentos publicados en fecha reciente. Y a la vuelta, ya en la propia tertulia, el tema no pudo ser otro que las circunstancias que voltearon de norte a sur y de este a oeste este archipiélago nuestro que nadie duda en llamar Jardín de las Hespérides. Para empezar, cuenta que la semana anterior un amigo le había llamado para consultarle dónde caía ese paraje de Covanara, ya que buscó y rebuscó en diccionarios geográficos y en enciclopedias y tal nombre no aparecía por ninguna parte. No dejó de sorprenderle que todavía existen lectores que necesitan que los espacios literarios tengan corporeidad geológica y no se atreven a ceñirlos en exclusiva a las páginas por donde transitan los personajes de una obra.

Parece que seguimos siendo subsidiarios de una realidad que tiene que existir físicamente, como si tuviéramos que disponer de un manual de geografía cada vez que nos disponemos a leer un cuento o una novela. Pepe Roque, sin caer en el más mínimo escarnio, le aclaró a su amigo que Covanara era un espacio creado por el propio autor de tales cuentos y que, según parece, está por encima de ese mar de nubes algodonosas que se aposenta en las medianías de nuestras islas. En ese espacio abierto al cielo azul y transparente, enredado entre la tinta de palabras que se adhieren a un libro de relatos, se mueven los personajes que basculan entre la realidad y la ficción. Y a veces son tan reales que parecen de verdad, aun siendo creados desde la mentira más verosímil. Ahí es donde radican el juego y la libertad del escritor en el marco que le ofrece la literatura.

Estando en ese lugar de Covanara, el tertuliano Pepe Roque hizo acopio de todo lo que se encontró y divisó desde aquella altura montañosa. Lo primero que anotó en su cuaderno es el color terroso que adquirió todo el mundo que le rodeaba y que no era nada más y nada menos que un enorme río de calima originado en el desierto y que envolvió nuestras islas. A ello, sin tregua, le siguió el silbido del viento, que fue in crescendo, pasando de un estado de tolerable a una tremenda y voluble intensidad. Las copas de los árboles se movían como si fueran aspas de molino. Y a una ráfaga seguían otra y otra más, que casi hacían temblar el mundo y las montañas.

Las voluminosas masas de aire en movimiento tenían la potestad de echar a volar las cenizas que aún estaban adheridas a la tierra como negra lluvia del incendio del último verano. La sequía no se había atenuado con el cambio de estaciones y febrero marcaba una temperatura impropia del invierno. Vio cómo dos árboles adultos cayeron cortados por el leñador invisible que se cruzaba proveniente de distintos puntos de aquel mundo tenebroso. El matrimonio que le dio cobijo en Covanara lo único que temía es que se desplomara el fluido eléctrico y el pueblo entrara en penumbra. Pero corrieron con suerte. La cena la hicieron convocados por un foco que se concentraba sobre la mesa. No dejaba de ser un punto acogedor, propicio a la tertulia y a los recuerdos contados, frente al huracán que rugía en el exterior. La señora Virginia dijo que hacía mucho tiempo que no aparecía un ventanero de tal calibre. El término llamó la atención de Pepe Roque, que raudo lo anotó en su cuaderno. Ventanero igual a viento huracanado. Así se denomina al vendaval en esta comarca. Yo lo escuché a mis padres desde que era pequeñita, decía la señora Virginia. Y su marido dijo que aquel viento no le asombraba ya que se presentaba así cada año por los meses de junio y julio, cuando el alisio sopla de verdad. En cierta ocasión, hubo aquí un alcalde que, después de haber aplanado la plaza del pueblo, plantó una docena de árboles para que cuando crecieran la gente pudiera disfrutar de su sombra. Cuando los árboles estaban talluditos, se presentó un temporal de viento, es decir, un ventanero de tal calibre que el bueno del alcalde se vio en la necesidad de tener que amarrar con sogas los árboles unos de otros y todos de los balaustres de la nueva Alameda para que el viento no los arrancara. Pasados los años, pudimos comprobar que la plaza estaba techada por un pinar.

Esa misma noche se desató un fuego que quemaba el pinar del otro extremo de la isla. Ahora sí que el miedo se apoderó de aquellos campesinos, que habían vivido con amargura el incendio del verano anterior. A ello siguió el anuncio de la llegada de la arrasadora langosta africana. Parece que la exploración de Pepe Roque por el escenario de la siniestralidad tuvo su cosecha: viento, calima, sequía, cenizas, langosta, fuego en el pinar, mares encrespados, turistas confinados por el coronavirus, árboles caídos, aeropuertos cerrados, cruceros atracados. A todo este inventario de vulnerabilidad, el ilustrado de Codina dijo: "Dios creónos y abandonónos en medio del mar".

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