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LO QUE HAY QUE OIR

Basta con tres palabras

Si ya tenacidad poníamos antes los humanos en largar, largar y largar, recién desescalados charramos que da gusto. Ya no es loco quien habla solo por la calle. Al contrario, orate es quien no camina con el celular en la palma de la mano ?dirigiéndolo a la boca cual si fuera a comer un trozo de pizza (o una forma consagrada)? y larga, larga, larga. Convendrán conmigo en que casi todo lo parloteado suele ser material sobrante o de derribo. Jamón, jamón es solo la mitad de la mitad. Vean ustedes al respecto el excelente documental sobre Camarón de la Isla titulado Flamenco y revolución y narrado por Juan Diego. Corre la segunda mitad de los 70 del XX y aquellos dos monstruos del flamenco que eran el guitarrista Paco de Lucía y el supradicho cantaor llevaban varios años sin hablarse tras haber grabado una decena de magistrales discos juntos y haber llegado a ese grado sumo de la amistad que es el de convertirse en hermanos. Camarón quiso cambiar de rumbo artístico y personal, a Paco no le gustó ese giro: se rompió su relación. Imagínense la incomodidad de ambos cuando algo tan difícil de construir como la amistad fraterna se va al garete. ¿Cómo reparar todo lo roto, juntar los añicos? Un psicólogo aconsejaría sentarse a hablar (y hablar y hablar). Pero Paco de Lucía era un sabio: el que ya entiende que con tres palabras basta. Y Camarón, otro: el que ya entiende que con dos de respuesta es suficiente. Siempre que se quiera: si no se quiere, a pasar página tocan. Una mañana, Paco avanza por el pasillo del hotel madrileño donde los dos se alojaban, evitándose. Tres años sin decirse ni mu. Se detiene ante la puerta de Camarón. Decide que ya basta de estar entre dos aguas. Llama. "Qué pasa, maricón", pregunta sin que sea una pregunta. "Maricón tú", le contesta Camarón. Oigo a Juan Diego: "Y, sin más, la amistad volvió a su sitio. Cinco palabras que sellan la reconciliación".

Paco de Lucía venía enseñado para tal ejercicio de diplomacia (políticamente incorrecto hoy, ya lo sé, pero me importa un pito). Cuando, en sus comienzos, estaba en Nueva York tocando y ahorrando así unos duros para mandar a casa, compartía habitación con su hermano Pepe y solía volver tarde, de juerga sin horario. Un día, su pariente se cansó. ¿Cómo reconvenirlo? Un psicólogo aconsejaría sentarse a hablar (y hablar y hablar). Pero Pepe de Lucía era un sabio. Invocando la severa figura del padre de ambos ?del riguroso don Antonio Sánchez? le propinó tres palabras que obraron el milagro: "Vas a papa" (pronúnciese como palabra llana). Y tal advertencia trastocó a Paco en un monje casi, tal era el respeto y el temor a la reacción paterna. Frente a la inexplicable facundia charlatana del homo movilis, concisión: he ahí la tarea revolucionaria de hoy.

Hablé con Paco de Lucía tan solo en una ocasión, hacia 1993, tras un concierto suyo. Invoqué para conseguirlo al amigo común Félix Grande y al recital con el que Camarón nos había dejado tontos de gusto, en septiembre de 1991, ya muy enfermito el pobre. (Aún recuerdo la cara de pasmo del portentoso cantautor Jerónimo Granda, preguntándome también con tres palabras: "¿Viste eso, amigo?"). Nos recibió Paco, sobrio, elegante, educadísimo. Mi hijo ?que, por entonces, no se separaba de la guitarra, tocando, componiendo? estaba mudo porque estaba ante un dios. Había que romper aquel hielo y yo empecé a largar y largar y largar, a parlotear como ante un móvil, que si mis veranos en La Antilla con el gran Grande, que si bulerías y alegrías de Cai, que si La leyenda del tiempo. Paco de Lucía solo abrió la boca para cerrar mi bocaza. Miró a mi hijo y preguntó: "Qué pasa, chulo". Tres palabras y luego ya todo fue rodado.

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