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EL ESPÍRITU DE LAS LEYES

Gobernar en tiempos de pandemia

Gobernar no es solo tomar decisiones, sino desechar otras: en suma, priorizar. Siempre fue un arte difícil, pero deviene dificilísimo cuando, como diría Tony Judt, no responde a una conversación pública imbuida de ética. En tiempos de pandemia, cualquier gobernante pone a prueba su lucidez, su honestidad y su valor. Lo propio debe exigirse, sin embargo, de la ciudadanía, que hace mal en esperarlo todo del Estado, sin aportar el especial sentido de la responsabilidad que semejante coyuntura requiere ni comprometerse activamente en la consecución del bien común.

Hay, en efecto, quienes, bien guarnecidos de recursos, sólo piensan en su salud, sin tener en cuenta la situación económica general, y hay, desde luego, quienes únicamente están interesados en su negocio, sin importarles nada la salud ajena (e incluso, temerariamente, la propia). En frase de J. M. Keynes, estos filisteos serían capaces de apagar el sol y las estrellas porque no dan dividendos.

Se aducirá que no se puede combatir la covid 19, un fenómeno de la naturaleza, a base de ética. Fue Ulrich Beck quien observó que desde finales del siglo XX la naturaleza ya no es algo ajeno y predeterminado, sino que se trata de un producto histórico. Tal es lo distintivo de nuestra sociedad del riesgo. Además, según explicaba Judt, es justamente la distancia entre el carácter intrínsecamente ético de la adopción de decisiones públicas y el carácter "utilitario" (de pragmatismo gallináceo, vale decir) del debate político actual lo que explica la falta de confianza en los políticos y en la política.

Veamos qué pasa por la cabeza de los dirigentes políticos en tiempos tan horrorosos como los que ahora mismo nos toca vivir, dejando constancia previa de otra cita de Tony Judt: "políticamente, la nuestra es una época de pigmeos".

Incluso cuando el número de infectados colapsa los hospitales y no hay suficientes camas para los enfermos ni medios de protección bastantes para el personal sanitario, la decisión de confinar a la población en sus casas e interrumpir la actividad económica resulta difícil de tomar. Hay que elegir entre dos males seguros, cosa que no hace ninguna gracia a un político profesional, cuya cabeza está inevitablemente pendiente de las próximas elecciones. Por eso el mundo nos ofrece ejemplos de gobernantes negacionistas de la epidemia o renuentes a implantar restricción alguna (Bolsonaro, Trump, Johnson?), así como de gobernantes que han retrasado lo más posible decisiones imprescindibles para la preservación de la salud, pero gravosas e impopulares, o que adelantan peligrosamente el regreso a la normalidad bajo la presión de los sectores económicos más damnificados.

Para mayor dificultad, la oposición, que tampoco deja de pensar incesantemente en la siguiente cita electoral, puede ver en esta traumática coyuntura una ocasión de oro para desgastar al Gobierno, que comete error tras error porque la situación desborda a cualquiera, según evidencia el fracaso generalizado a nivel mundial en el control de la pandemia, que rebrota una y otra vez, a la espera de vacunas y terapias eficaces.

Pues bien: menos un profesional de la política, toda la ciudadanía puede darse cuenta de que la dialéctica Gobierno-oposición, típica de los regímenes democráticos, ha de dar paso en circunstancias tan graves al pacto y a la unión. Por el contrario, España constituye al respecto un penoso ejemplo del bajo nivel ético de nuestros políticos, mutuamente implacables a tiempo completo. Como era previsible, el propio cáncer nacionalista utiliza cualquier debilidad para continuar su incesante tarea --también en pleno dominio del coronavirus-de minar la unidad del país. Así se explica su recelo y su protesta frente el mando único bajo el estado de alarma y su rechazo a los mecanismos de cooperación multilateral como la Conferencia de Presidentes. La cogobernanza que reclama el Estado de las Autonomías resulta imposible también en asunto tan vital como la presente crisis sanitaria.

Seguramente este ambiente miasmático y pútrido de nuestra biología política es lo que explica la grotesca disputa acerca del número real de muertos. La oposición establece, porque le interesa, una relación directa entre la cifra de fallecidos y la acción u omisión del Gobierno. Y absurdamente también parece creerlo el Gobierno mismo, vista su incomprensible racanería estadística en el cómputo de víctimas.

Con debates así, no pierdo la esperanza de que un día Meritxell Batet, imitando a su paisano Estanislao Figueras en 1873 y reflejando el sentir popular, diga lo siguiente: "Señorías, estoy hasta los cataplines de todos nosotros. Se levanta la sesión". Ande, Sra. Batet, anímese.

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