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APUNTES

Si seguimos así, que Dios nos coja confesados

Por una parte, mientras en la mayoría de las actividades sociales y económicas se ha observado, durante el proceso de la pandemia que nos atemoriza y nos mata, un alto grado de responsabilidad en la aplicación del abanico de medidas de protección sanitaria, muy sensatas y efectivas, por otro lado, una minoría, muy ruidosa, predica todo lo contrario. En fin, un nihilismo conspiracionista.

Tenemos, por ejemplo, en un extremo, el de la prudencia y la solidaridad, los supermercados y grandes superficies comerciales, con todo el personal protegido con mascarillas y hasta con viseras de plástico, y los suelos convertidos en un enorme y muy minucioso panel de instrucciones. También las sucursales bancarias se han convertido en búnkeres. Los empleados trabajan en las oficinas tras unos paneles de cristal o plástico trasparente, con una pequeña ventanilla horizontal en su parte inferior. Las redacciones de los periódicos han cambiado radicalmente. Como en otras profesiones, se ha multiplicado el teletrabajo, y las mesas han sido resituadas para evitar el tradicional agrupamiento de los periodistas. Desde las pequeñas cafeterías a los enormes aeropuertos internacionales, desde los colegios a las universidades, desde las más aisladas casas rurales a los más grandes hoteles? la búsqueda de la seguridad para la salud es la regla general.

Mascarillas y geles hidroalcohólicos han llegado para quedarse, al menos durante un largo tiempo. En el mercadillo de los jueves en Santa Marta de Ortigueira (A Coruña) una de las puesteras que tienen como producto estrella unas mascarillas en tela con cientos de diseños y modalidades, a 5 euros, me decía que "como las bragas, los calzoncillos y los calcetines, será una prenda básica más en los roperos". Otra señora añadía que "hasta los pobres que pasan dificultades, llevan ropa interior y zapatos. Ahora también compran mascarillas, o se las hacen en su casa?"

Y mientras unos sectores se blindan contra el coronavirus y la covid 19, en otros reina la anarquía. A aumentar el relajo contribuyen algunos niñatos y cantamañanas que niegan las evidencias y ciertos exquisitos que retuercen la Constitución hasta extremos de caricatura en unos momentos de excepcional peligrosidad. Algunos jueces -otros no, menos mal- rechazan que las comunidades autónomas, con competencias sanitarias plenas, prohíban fumar en la calle si los fumadores no respetan la distancia física? por entender que se limita un derecho fundamental, como ha ocurrido en Madrid. ¿Es fumar acaso un derecho fundamental? Los preciosismos judiciales sin duda enriquecen el debate y el entretenimiento técnico jurídico? pero haya o no estado de alarma hay una emergencia sanitaria histórica. Ya van más de 40.000 muertos reales. Y las circunstancias son importantes, o deben serlo, para la traslación del razonamiento a la realidad. No sea que el preciosismo en un sentido lleve a la inconstitucionalidad en otro.

La situación sanitaria se ha descontrolado, los contagios recuperan las cifras de cuando se decretó el estado de alarma. Los muertos suben igualmente, aunque en menor proporción, de momento, por la experiencia médica acumulada. El sistema de reacción tiene que ser obligatoriamente dinámico porque hay vidas en juego, y efectos secundarios irreversibles. ¿Oído, cocina?

Uno de los motores de las infectaciones, epicentro, se dice ahora, son las actividades de ocio, y especialmente el nocturno. En una sola discoteca en Las Palmas de Gran Canaria se originaron más de un centenar de contagios. Hay más casos, muchos más, en el Archipiélago y Península. Otro foco son los botellones y las fiestas y asaderos familiares. Hay fotos estremecedoras por la falta de cerebro colectivo que reflejan: cientos de jóvenes en un salón oscuro apiñados y sin mascarillas. "Además- argumentaba un padre- está el instinto. Los achuchones y escarceos amorosos son inevitables en la diversión nocturna, entre alcohol y música y porros. Para qué engañarnos. Van de serie, como las ruedas en los coches. Instinto y alcohol es igual a relajo y pérdida del control".

Las autoridades sanitarias, las regionales y la nacional, tienen que tener la prioridad de controlar enérgicamente los acontecimientos y embridar el desmadre. Y Pablo Casado, la obligación moral de dejar de lanzar fuegos artificiales como señuelos de distracción y reflexionar sobre su estrategia de boicotear las prórrogas del estado de alarma, cuyos resultados prácticos en la escena del virus no son para estar orgulloso. Aunque la medida cerebral de referencia de la política actual es la del chorlito.

Es obligado hacerse unas preguntas con frialdad, sinceridad y serenidad: ¿Cómo y por qué hemos vuelto al principio?, ¿qué se ha hecho mal para que se multipliquen los brotes y rebrotes que van a producir quizás otra paralización del país y una hecatombe económica y humana?, ¿quiénes, de verdad, están jodiendo la recuperación turística, cada día más utópica e irreal?

Si seguimos así, que Dios nos coja confesados.

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