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Juan Francisco Martín del Castillo

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David Hume, el filósofo británico que ha sido recientemente despreciado por la universidad de su ciudad natal, dejó escrito que París era el paraíso de los hombres libres. Incluso, llegó a confesar envidia por el clima que reinaba en aquella población, a la que no duda en señalar como la más adelantada de la centuria. En aquel preciso momento, Francia se alzaba como la nación de los revolucionarios, de las libertades y de los derechos. Así ha sido hasta hace pocos años, cuando el frente de la intolerancia religiosa y el yihadismo unieron sus fuerzas para acabar con la celebrada imagen parisina. Una sucesión de atentados contra las libertades, contra la esencia de un país y contra el núcleo fundamental de los derechos humanos que ha hecho resucitar al viejo París reivindicativo, el de la lucha activa y decidida por el respeto hacia los demás, el de la libertad íntima de los hombres y, de modo singular, por el respeto a la libertad de expresión. Pero, ay, no siempre la responsabilidad del auge de la intolerancia y el sectarismo de cualquier signo proviene del fanatismo de una minoría por amplia que sea. Surge y se alimenta de la indiferencia de muchos y, cómo no, de la complicidad institucional. Cuando en determinados barrios de la Ciudad de la Luz se exige el cumplimiento de la sharía o la ley coránica antes que la preserva del estado de derecho; cuando en algunos medios se anima abiertamente a contravenir el laicismo republicano; cuando en más centros educativos de los que uno se imagina gobierna un inaceptable silencio frente a la extensión de las actitudes desafiantes de los islamistas radicales, es que algo muy serio está en peligro; cuando, en fin, las voces de la intelectualidad comprometida y algunas personas con marcado prestigio social se manifiestan con indisimulada tibieza ante el fenómeno de la progresiva islamización del entorno escolar es que el problema ya no está en los otros, sino en el mismo interior de una sociedad sorprendida en su ingenuidad. Por ello, el ejemplo de vida de Samuel Paty es doblemente valioso, por su encendida defensa de la libertad de expresión y por su involuntaria inmolación a manos del salvajismo. Que su muerte nos sirva para alertar de la vorágine de indiferencia en la que vive la sociedad de estos días. Que no se puede ni debe ceder ni tan siquiera un paso ante los enemigos de la libertad. Esta fue la última lección de Paty, aunque la haya pagado al más alto precio.

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