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Lucas López

De lo que no se puede hablar

Siendo un joven sacerdote jesuita, en Almería, uno de mis compañeros mayores, último superviviente de su familia, solía contarnos historias de sus parientes (ya difuntos). Eran narraciones de lo cotidiano que nos llevaban a los ambientes de la Guerra Civil, sus años previos y los de la posguerra. Tiempo de dificultades, alegrías y frustraciones. De vez en cuando, se apuntaba en sus relatos a la gran frustración: la de la muerte. Él, sostenido en la fe, un día se animó a preguntar: “En lo que estudian ustedes en la nueva teología, ¿se aclara qué pasa tras la muerte?”. Mi compañero provenía de cierta formación escolástica que, a través de tesis y argumentaciones, pretendía no solo mostrar la fe sino, creo yo, demostrar también sus afirmaciones. Mi experiencia de estudios teológicos tenía un tono más humilde en el que, sin renunciar a dar razón de nuestra esperanza, no dejábamos de cuestionarnos las palabras y afirmaciones a la luz de un Dios - Siempre - Mayor, que es como horizonte que, cuando nos acercamos a Él con nuestras herramientas intelectuales, siempre queda más lejos, más informulable, más impronunciable. En el fondo, nuestra teología solía ser más narrativa que argumentativa.

El próximo abril se cumplirán 70 años del fallecimiento de Ludwig Wittgenstein en Cambridge, en cuya universidad era profesor. En vísperas de su muerte, pidió se dirigieran a sus amigos con estas palabras: “Díganles que he tenido una vida maravillosa”. Pero sus frases más célebres son las que se supone que hacen de él un filósofo analítico con su libro Tractatus Logico-Philosophicus. Se publicó en 1922, a partir de notas escritas mientras servía en el ejército austrohúngaro durante la Gran Guerra. Redactado con un estilo de aforismos, el libro acaba así: “De lo que no se puede hablar, mejor es callar”. Aquel Wittgenstein apuntaba el final de un modo de hacer filosofía demasiado poético, voluntarista y con poco análisis lingüístico. La metafísica o la antropología filosófica, empeñadas en buscar un sentido del ser o de la humanidad, estaban en la diana de la afirmación del filósofo vienés; y también la teología.

Aunque sería injusto ignorar que el profesor Wittgenstein pasó el resto de su vida haciendo una propuesta filosófica diferente, como una filosofía del lenguaje más creativa, nos centramos en su propuesta de callar. El silencio como sugerencia para el pensamiento teológico no es ninguna novedad. La tradición bíblica muestra que no se puede pronunciar el nombre de Dios. Esa intuición, pasó al mundo cristiano través del segundo mandamiento que advierte que no se puede usar el nombre de Dios en vano. En la teología cristiana de los inicios, hacia el siglo V o VI, un filósofo probablemente sirio que adopta el nombre de Dionisio (discípulo ateniense de Pablo), profundiza en una teología apofática: de Dios no podemos decir lo que es sino exclusivamente lo que no es. Es una vía mística que señala que para unirnos a Dios debemos desprendernos de todas las imágenes y lenguajes humanos sobre Él. Si en vez del Dios de los teólogos, hacemos esta reflexión sobre el ser de los filósofos, veríamos al Wittgenstein del Tractatus como heredero de otro filósofo medieval, el irlandés Escoto Erígena, de mediados del siglo IX, que, en cierta manera, disolvía la frontera entre fe y razón, teología y filosofía. Tomás de Aquino, de tradición aristotélica, recogía este desafío al reconocer que de Dios solo se puede hablar con lenguaje analógico, nunca por referencia directa puesto que desconocemos muchísimo y sabemos poco.

De Agustín de Hipona se cuenta que, paseando por las playas, encontró un pequeño que traía agua desde la orilla a un estanque en la arena. Agustín le preguntó por el objetivo de lo que hacía. “Meter el mar aquí dentro”, respondió el muchachillo. Probablemente, la pretensión de entender a Dios y de mostrar los fundamentos de nuestra fe con el intelecto es semejante al esfuerzo por meter el mar en el charquito. Algo así pensó un obispo anglicano, profesor y decano del Trinity College de Cambridge, John Robinson, al publicar en 1963 el polémico “Sincero para con Dios” (“Honest to God”, en inglés). Rechazaba muchas de las imágenes populares sobre Dios y apostaba por expresiones minimalistas, provenientes del Nuevo Testamento (Dios es Amor) y de la teología existencialista (Dios es lo más profundo de mí mismo). Con tono más poético, leí de joven adolescente el libro El Dios en quien no creo, del periodista Juan Arias, más contundente que la teología y mística apofática antigua.

Los tiempos que viví en Almería, con misión en una parroquia de la comunidad gitana, estuvieron llenos del acompañamiento en la muerte. La primera vez que me tocó presidir un funeral, pregunté a un vecino con el que ya tenía confianza, qué debía hacer el cura. Me dijo: “Silencio, mucho silencio, luego mentar el nombre del difunto, solemne, muy solemne”. El acto litúrgico transcurrió entre el llanto de las muchas personas de la familia, mis silencios y oraciones. A mi compañero, el que nos contaba las historias sobre sus familiares y preguntaba por lo que la “nueva teología” decía sobre qué hay más allá de la muerte, no podía contestarle más que con las mismas metáforas que el Evangelio usa: un gran banquete, un coro inmenso. A Dios, finalmente, no lo podemos explicar, lo podemos ignorar, o nos toca sencillamente sentirnos acogidos y sobrecogidos, amor y adoración.

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