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José María Izquierdo Ruiz

Centenario de la insulina

Descubierta la insulina en 1921, me tomo la licencia de adelantarme un poco para que nadie me pise la primacía de celebrar su centenario, ni que me pille el toro. Como casi siempre en la ciencia, los descubrimientos tienen precedentes. Desde Willis, que ya en 1674 descubrió el dulzor de la orina de algunos pacientes, pasando por Claude Bernard, que descubrió la glucosuria, hasta los canadienses Frederick Banting (1891-1941) y Charles Best (1899-1978), quienes aislaron la insulina en la parte endocrina del páncreas, concretamente en las células beta de las ínsulas de Langerhans de un buey, Banting, siendo soldado en la guerra del 14, fue herido e inutilizado para seguir luchando, así que se fue a Londres, donde le hicieron Sir. Best, con sus 15 años, no tenía edad para ir a la guerra y no le hicieron Sir. Es bien sabido que Best contribuyó eficazmente al descubrimiento de la insulina, pero el Nobel de 1923 solo se lo dieron a Banting y al jefe del laboratorio, McLeod, no a Best. De ejemplos aún más llamativos que este está llena la historia de los Nobel, sobre todo los de la Paz, y los de Literatura, como en el sonado caso Echegaray/Galdós (1904).

En 1959 Sanger precisó que la insulina constaba de dos cadenas polipeptídicas de 14 aminoácidos distintos, con un total de 51, unidas por puentes disulfúricos. Pero hubo que esperar hasta 1965 para que tres grupos de investigadores chinos, dos en Shanghái y uno en Pekín, consiguieran, mediante un proceso complejo, la síntesis química de la insulina del buey, en estado cristalino, lo que permitió su aplicación clínica; y no tenemos noticia de que los chinos tengan aún su Nobel de Medicina y Fisiología por tan importante conquista. El estudio de la diabetes y de la insulina es un tema complejo, ajeno a estas líneas; solo cabe recordar que hay dos tipos principales de diabetes: las genéticas, de los jóvenes (tipo 1), que suelen requerir tratamiento con insulina por inyección –generalmente subcutánea– de acción rápida, intermedia, lenta o ultralenta, o en combinación y las habitualmente más benignas, las adquiridas, de los mayores (tipo 2), que pueden responder a fármacos orales que actúan estimulando las células beta, que queden en las ínsulas del páncreas del enfermo. Desde 1940, con la fabricación de la penicilina de Fleming, se sabía que los microorganismos iban a ser una fuente económica y eficaz para la fabricación industrial de diversos tipos de medicamentos (antibióticos, hormonas, vitaminas, antitumorales, etcétera).

Hoy la fabricación de la insulina de Best y Banting se realiza, principalmente, por métodos de ingeniería genética (1978), a partir de la ubicua bacteria Escherichia Coli, el familiar Coli, que se comercializó en 1982. Sus ventajas sobre las insulinas obtenidas de animales son, por una parte, su coincidencia, al cien por cien, en la secuencia de aminoácidos de la insulina humana (por lo que se la etiqueta como insulina humana), evitando, por tanto, toda incompatibilidad y posibles efectos adversos por las diferencias estructurales o por impurezas de los análogos de origen animal; por otra parte se reducen notablemente los costés de fabricación. Cabe concluir diciendo que, en paralelo al tratamiento farmacológico, es trascendente que, en todo tipo y grado de diabetes, se mantenga además un adecuado régimen dietético, en todo lo posible, y el ejercicio corporal.

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