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Javier Durán

Javier Durán

Periodista

El peso de la salud

Hace décadas que no se oía con tanta vehemencia la petición de salud de cara a un año entrante. No morir, en definitiva. A diestro y siniestro, las frases de saludo y deseos finalizan con una anhelante solicitud de quietud orgánica frente a la revuelta del coronavirus.

La supervivencia ha pasado a ser un factor preeminente en una era colmatada por los adelantos de las tecnologías médicas y los descubrimientos científicos. Curiosa contradicción: a más innovaciones más temor a caer fulminado. Los cuerpos atléticos ya no son sinónimo de fortaleza, ni tampoco la juventud es un escudo que garantiza la mejor protección contra la enfermedad. La frescura, el músculo tonificado, el torso modelado, el abdomen como una tabla o la candidez de la edad han dejado de tener patente de corso.

La ciencia médica ha abandonado su posición de oráculo, afectada por los excesos políticos, por los virólogos metidos a brujos en programas de audiencia corrosiva y por un negacionismo blando que prefiere la fiesta antes que el sacrificio. La salud, por tanto, deviene en un faquir sobre una tabla de clavos, que al menor descuido siente el pinchazo dañino del que no sabe bien si va a salir. Pero también es una letanía que asoma en cualquier esquina, dentro del supermercado, en las tantas colas en las que esperamos el turno, en la consulta del veterinario... Hasta en el ascensor: aparato ahora para la respiración solitaria, donde el usuario único, burbuja aislada, se mira ante el espejo para traspasar su rostro, ojeras y color de la tez y especular sobre cómo anda de salud.

“Es lo importante, lo demás da lo mismo. El dinero va y viene, la enfermedad no, siempre deja algo malo”.

Una y otra vez. Como si fuese el telón de acero contra las galopantes cifras de contagios en los que está ensimismada la pandemia. Igual que una oración pronunciada por un rabino en la hora punta. Una cantinela que acabará por eliminar el resto, lo más superfluo. Un sortilegio que trata a la desesperada de recabar fuerzas sobrenaturales para quedar inmune, ajeno a las transformaciones y caretas con las que el virus se lanza a diario a olisquear como un sabueso los físicos más sabrosos. Una oración sin subterfugios donde hay algo de autoinculpación, de reconocimiento de miles y miles de años de una carrera frenética en pos de una abundancia que ahora, precisamente ayer, hoy o mañana, caería en el olvido en favor de la salud, de las acometidas contra la vida.

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