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Desirée González Concepción

La felicidad secuestrada

Navidad, fin de año, día de Reyes y ahora las rebajas. Buenos deseos para el año que comienza, centros comerciales abarrotados, ilusiones conseguidas… Sin embargo, todo sabe a poco, nada parece complacernos. Guardamos los adornos de Navidad, se apagan las luces y queda una enorme oscuridad en nuestro interior. Entonces nos deshacemos de las cajas de los regalos y nos abalanzamos de nuevo a los comercios, quizá en busca de aquella oferta que por fin nos haga felices…

Como si se tratara del juego de la oca, saltamos de fiesta en fiesta. Malgastamos nuestra vida a la espera del siguiente evento extraordinario: carnavales, cumpleaños, bodas, comidas familiares, vacaciones,… Despuntando ya la tercera ola del Covid estos acontecimientos se ven limitados y nuestra felicidad queda secuestrada. Toca quedarse en casa y en este estado de semiconfinamiento aflora una vez más esa sombra de tristeza, ese desasosiego, ese enorme vacío que no conseguimos extirpar.

Entre la apatía y la búsqueda constante de nuevas experiencias existe un punto intermedio. En caso contrario, vibraremos tan solo ante lo excepcional. Es cierto que es imprescindible plantearse ciertas metas, debemos proponernos proyectos de vida para seguir avanzando, para seguir creciendo. Pero también es cierto que debemos disfrutar de ese proceso en el que vamos logrando nuestros objetivos. Quizá el problema radique ahí; realizamos cientos de actividades pero vivimos sin objetivos, y al no encontrar rumbo nos tambaleamos de necesidad en necesidad. De esta manera, nos convertimos en dependientes emocionales donde tan solo lo de fuera es capaz de hacernos felices de manera efímera. Dependemos de nuestras parejas, de los amigos, de las compras, del mundo digital, del deporte en exceso,…

Esas metas de las que hablo nacen de un trabajo personal, de un período de reflexión. Probablemente en esta sociedad de consumo extremo no hay tiempo para pararse a pensar, no hay tiempo para mirar adentro. Como consecuencia, abundan las personas adictas a los “fármacos de rescate”, personas de todas las edades que no encuentran sentido a sus vidas. Quizá sea conveniente empezar a hablar de autoestima; esa sensación de sentirnos satisfechos con lo que somos. Quizá nos interese educar para que seamos independientes y nos sintamos plenos; nadie nos educa desde dentro hacia afuera, para conocernos y ser capaces de aceptar nuestras virtudes y defectos. Quizá sea necesario hablar de autoconocimiento desde la más tierna infancia.

El confinamiento de casi tres meses no fue capaz de detener esta paranoia de vivir de cara a la galería. Proliferan las enfermedades mentales, los problemas psicológicos y ante una población altamente medicada es hora de pisar el freno. Es hora de volver a lo esencial, de poder vibrar con los pequeños momentos, de poder disfrutar de nosotros mismos, de nuestras familias, de nuestros hogares... Sin lugar a dudas esta sociedad necesita más psicología y menos antidepresivos. La felicidad no viene empaquetada, no tiene forma de medicamento, de regalo o de pantalla. La felicidad la construimos cada día cuando “luchamos” por ser más resilientes, más empáticos, más pacientes, más presentes,… La felicidad nace de un continuo aprendizaje, puede que incluso surja al borrar creencias del pasado. Cuanto antes estemos dispuestos a “desaprender”, antes abriremos la jaula y por fin dejaremos volar en libertad a nuestra querida felicidad.

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