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José Luis Villacañas

Tercermundización global

El observador de la batalla política que se está produciendo en Madrid, aunque habite en cualquier otra parte de España, se debería sentir concernido por lo que se juega en ella. Dada la relevancia de la pieza madrileña, si la vuelve a ganar Isabel Díaz Ayuso, su ascenso en el PP será irresistible. Una antigua ley de la guerra otorga la jefatura de la hueste al vencedor de la batalla importante, y en un país de condotieros como España, esa ley siempre se ha cumplido a rajatabla. Así que una IDA vencedora va a imponer su lógica sobre el PP y culminará la vieja aspiración de Aznar de neutralizar la orientación de Rajoy y Feijóo en el partido. Frente a todo pronóstico, Casado tendrá que ceder el sitio directivo, sobrepasado por la habilidad ventrílocua de Ayuso para extender los guiones de Rodríguez con esa descarada naturalidad de la impostora que está improvisando.

Lo peligroso del dispositivo que se organiza en Madrid, y que se proyectará como una apisonadora por toda España si su opción triunfa, reside, como se ha visto en EE UU y en Brasil, en que cuanto más se vacían de contenido las instituciones públicas, más ciudadanos se disponen a votar a quienes las han destruido. Eso se vio en Kansas en su día. Arruinado por las políticas neoliberales de deslocalización, Kansas fue un venero de votos para los neoliberales. Llamo a este proceso tercermundización de la sociedad capitalista. Es el proceso que vemos con Bolsonaro en Brasil, y el que Trump intentó en Estados Unidos. La apoteosis de esa aspiración de humillación y falta completa de respeto y prestigio por las instituciones, la vimos en el asalto al Capitolio.

No puedo exponer con detalle por qué esta tercermundización de la sociedad global constituye la agenda de los poderosos de la tierra. En realidad es la condición para su conquista. Presenta siempre un rasgo dominante de ruptura de cualquier equilibrio social, para orientar la realidad hacia una desestabilización en escalada. Para ello, lo decisivo es producir pobreza en unos lugares para inducir concentraciones de masas humanas en megalópolis, en las que se encarece la vivienda entregada a una oferta siempre inferior a la demanda. Para alimentar el proceso, capas de poblaciones abandonan la vida escasamente monetarizada de los lugares de origen, para capitalizarse de forma intensa y poder acceder a una vivienda. A partir de ahí, un vez que se ha generado esa angustia extrema entre los individuos, se les ofrece la desregulación más amplia de la vida económica como señuelo de libertad, para sugerirles que ahí alcanzarán nuevas posibilidades de capitalización.

El dispositivo es infernal. Genera una aguda inquietud en el modo de vida y luego ofrece la idea de que solo la libertad salvaje podrá reducir esa angustia. Los individuos acogen esa libertad como única oportunidad porque, mientras tanto, han sido enseñados a no confiar en ninguna institución pública, a tragar hasta las heces la pérdida de altura, de rigor, sensibilidad, atención y consistencia de las instituciones públicas. Los políticos de esas opciones se especializan en introducir en el debate público todo tipo de elementos que producen vergüenza, desaliento, asco y completa falta de confianza.

De este modo, la lógica de estos actores conduce a la desmoralización de cualquier ciudadano, que pierde toda esperanza en la vida pública. A partir de ahí, la mejor oferta política será la que asuma esa desesperación, la que se limite a decirle al ciudadano que se busque la vida sin miramiento, sin coacciones, sin intromisiones del Estado. Y entonces, cuando el Estado esté minimizado, nadie estará en condiciones de oponerse con fuerza a los intereses organizados, que no desean otra cosa que utilizar los resortes del sistema público para promover sus intereses.

Lo que acaba produciendo este fenómeno de tercermundización se puede comprender: administraciones arbitrarias, sociedades rotas, desestructuradas, con diferencias crecientes de riqueza, en las que necesidades básicas de la vida solo pueden ser atendidas con precios especulativos, en las que masas ingentes de poblaciones desarraigadas y desmoralizadas se entregan al sálvese quien pueda de una vida feroz y salvaje; que han abandonado toda idea de vivir bien, de vida buena, para atender la más elemental supervivencia. Y cuando se llega ahí, se vota al gobernante que les garantiza una mayor libertad para sobrevivir, abrir unas horas más los bares, permitir una movilidad mayor, eliminar unas restricciones, ofrecer alguna oportunidad más en la noche para lanzarse al trabajo miserable que los encadena y sin el que no podrían sencillamente comer.

Por todo ello, estas políticas viven de la promesa de incorporar en la maquinaria de la circulación del dinero a los continuos recién llegados a la gran ciudad, con la idea de que, a pesar de todo, si uno logra meterse en la maquinaria, le llegará alguna migaja, con independencia de que en la otra parte de la sociedad se acumulen considerables fortunas. Tercermundización es concentración y dualización sin límite. Aquí, el singular entregado a la vida raída, sin ningún otro horizonte que la supervivencia y atado a un brutalidad laboral que pronto será subrayada por la brutalidad ideológica liberadora de malestar, no estará en condiciones sino de compararse consigo mismo y de pensar que todavía podría ser peor; y que si no es del todo peor, es por aquel representante de toda la maquinaria, Trump, Díaz Ayuso, etcétera, que le da libertad de atarse a sus propias cadenas.

En el límite, estas sociedades tercemundizadas se convierten en Estados fallidos, sin estructuras de poder sólidas, para que entren a saco los especuladores, los fondos de inversión, los grupos de poder internacional. Por eso, cuanto más débil sea el Estado español, más saben estas fuerzas que van por buen camino. Y por eso atizan todo lo que pueden el proceso de degradación política y no les importa sencillamente que la dinámica catalana sea ya la antesala de un Estado roto. Y así, cuando el proyecto del Gran Madrid de Díaz Ayuso se consolide, cuando allí se encierren cerca de diez millones de habitantes, cuando unos pocos metros cuadrados de vivienda tengan el precio de Londres sin los sueldos de Londres, entonces se habrá conseguido culminar el nuevo patriotismo: el que, abandonando toda idea de España, comparará Madrid solo con Londres o París, despreciando al resto.

En esa situación, el peso de Madrid será de tal índole que, dejado caer sobre el conjunto del Estado, determinará las elecciones generales y, unidos de forma inseparable el gobierno de la comunidad y el central, se generará el bucle por el cual el resto de España no podrá hacer valer ni su voz ni sus intereses a favor de una construcción equilibrada del territorio y las poblaciones. Y ese día, si llega, todo estará perdido en el altar del nuevo Moloch, el Gran Madrid.

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