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Jordi Sevilla

Observatorio

Jordi Sevilla

Pocas nueces para tan poco ruido

Será por aquello de que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, pero me ha sorprendido que el mismo Gobierno que presenta varias veces a bombo y platillo el Programa de Recuperación, Transformación y Resiliencia, con las 212 medidas desglosadas en 110 inversiones y 102 reformas, articuladas en cuatro ejes de transformación y diez políticas tractoras que conforman, según el presidente Sánchez, el plan de modernización de nuestra economía más ambicioso desde el ingreso en la CEE en 1986, por un monto total de 140.000 millones de los Fondos Europeos Next Generation y que cubre un plazo 2021-2026, ese mismo Gobierno, digo, presente, casi a la vez, un Proyecto Estratégico España 2050, con una hipótesis de crecimiento del PIB, según la prensa, de, sólo, el 1,5% anual durante el periodo, dato inferior al experimentado por la economía española en los últimos 25 años, a pesar de no disponer de ningún plan de recuperación como el aprobado ahora. No sé. Como que algo no cuadra, si el Plan de Recuperación no es capaz de mejorar el potencial de crecimiento de nuestra economía.

Pero si la vida es lo que pasa mientras haces planes brillantes sobre el futuro, según dijo John Lennon, el Banco de España presenta en su tradicional Informe Anual un presente cargado de problemas. Superado el bache económico del último semestre, donde sólo el impulso público ha impedido que nuestro país cayera en una recesión técnica, la recuperación es imparable de cara al segundo semestre de este año dependiendo su intensidad y ritmo de cinco variables: la primera, el avance de la vacunación y su capacidad para ir arrinconando a la pandemia que, probablemente seguirá entre nosotros de manera residual y tardará mucho más tiempo en reducirse en el conjunto del mundo, lo que abre las puertas a la posibilidad de que surjan nuevas cepas que vuelvan a iniciar el proceso pandémico.

El segundo factor es la rapidez de recuperación del turismo y cómo será la temporada veraniega. Parece claro que este año será mucho mejor que el pasado, pero, igualmente, seguirá estando muy por debajo de 2019 a pesar de los corredores seguros que se están abriendo en Europa. La intensidad del consumo privado será el tercer factor. Aun reconociendo que los ingresos medios de las familias han caído como consecuencia de la pandemia y que sólo las transferencias públicas los han sostenido un poco, es evidente que aquellos que no han visto reducir sus ingresos han aumentado sus ahorros y ahora tienen un colchón adicional para destinar al consumo en función de cómo se muevan las restricciones asociadas a la pandemia.

La fortaleza del tejido empresarial más directamente afectado por las medidas sanitarias será el cuarto factor. Y ahí, a pesar de las ayudas públicas directas y en forma de créditos, se anticipa un mal año. En concreto, Crédito y Caución calcula un crecimiento récord del 30% en el número de quiebras empresariales en España en 2021. Dato que se complementa con el cálculo del Banco de España de que un 70% de nuestro tejido empresarial (pequeño y mediano) tendrá problemas de liquidez. Por último, la eficiencia en el uso de los fondos europeos ya citados, sería el quinto factor que incide sobre la velocidad y la intensidad de la recuperación.

Algunas certezas tenemos también. Pase lo que pase con el Plan de Recuperación y con el proyecto España 2050, la crisis asociada a la pandemia y el modelo de recuperación en marcha, dejarán algunas secuelas importantes. Empezando por la necesidad de incrementar el valor añadido, la productividad y el potencial de crecimiento de nuestros sectores motores de la actividad. Volveré sobre esto (el mal llamado «cambio de modelo productivo») en otro momento.

Será inevitable, también, abordar un proceso largo de consolidación fiscal que devuelva el déficit y la deuda pública a la disciplina comunitaria. Con dos dificultades añadidas: no será suficiente el efecto cíclico de la recuperación de la actividad económica y, además, será imprescindible tomar medidas que incorporen el hecho cierto del envejecimiento de nuestra población y su impacto sobre pensiones y sanidad.

De la misma manera, si queremos reducir el paro estructural e incrementar el número de población ocupada, no será suficiente con la recuperación, ni tampoco con una reforma del mercado laboral, si no se aborda, a la vez, una estrategia a medio plazo para incrementar nuestra oferta productiva y el tamaño medio de las empresas, junto a la formación permanente de los trabajadores.

Si alguna evidencia podemos constatar de los últimos treinta años de la vida española es que ninguno de estos problemas es novedoso y que todos han sido muy analizados y estudiados desde los expertos, la academia e, incluso, la política. Igualmente sabemos que solo será posible resolverlos si hay un gran acuerdo político y social al respecto capaz de vencer las resistencias que siempre acompañan a todo proceso de cambio estructural y de dotar de suficiente horizonte temporal como para garantizar que se hacen los cambios y se consolidan.

Y no hace falta ser un experto para darse cuenta de que la capacidad de diálogo, de negociación y de pactos transversales no es lo que mejor define el momento político, cargado de ombliguismo, de egos, de identidades excluyentes y del predominio de esas razones del corazón que la razón no entiende, de las que hablaba el poeta. Lo hemos visto, a título de ejemplo, en los dos documentos con los que he empezado hoy: ni el España 2050, ni tampoco el Plan de Recuperación han sido discutidos, negociados y pactados en el Parlamento, para convertirlos en un proyecto de país. El Gobierno ha presumido, incluso, de los cientos de reuniones negociadoras que ha mantenido en Bruselas con la Comisión Europea mientras al Congreso de los Diputados enviaba un resumen a última hora y sin ningún debate. Da la impresión de que el impacto mediático ha primado sobre la política de estado. Tan es así, que el líder de la oposición ha hecho unas declaraciones que nos deberían cubrir de zozobra a todos: ha dicho que no se siente vinculado con el contenido del Plan y que, si llega al Gobierno, se sentirá libre para cambiarlo. Eso, no ocurrió ni con el ingreso en la CEE, ni con el euro, auténticos proyectos de país.

Tampoco pretendo ser original con mi reflexión de cierre, pero es evidente que ante la magnitud de la tarea que tenemos por delante y las necesidades y oportunidades que nos abre ser parte de la Unión Europea, nuestra clase política y su excesiva partitocracia (los intereses del partido, por delante del interés general), se ha convertido ya en nuestro principal problema. Así lo recogen las encuestas, mientras nos deslizamos por el tiempo de las revueltas ciudadanas que certifican una democracia cansada. Lo dicho, pocas nueces, para tanto ruido.

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