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‘Adiós muchachos, estéis donde estéis’

Formo parte de una de esas numerosas familias que cuando nos reuníamos con los abuelos no nos nutríamos solo de un festín de alimentos sino que nos empachábamos de historias también. A puñados. Casi siempre el responsable de la paella era mi abuelo Pepe pero los pantagruélicos entrantes previos correspondían a la abuela Isabel. Sea como fuere, entre cabezas de gamba, pulpo a la plancha y boquerones en vinagre engullíamos también recuerdos, experiencias, tristezas y, porque no decirlo, mitos y leyendas.

A diferencia de muchas familias que sufrieron la represión del franquismo, en la mesa mis abuelos -sobre todo ella- hablaban sin tapujos y recordaban cómo de mal lo pasaron como parte vencida durante y después de los tres años de horror. Y en la memoria de mi abuela siempre un nombre, Manuel, el del hermano mayor del que se desconoce todavía hoy cual fue su suerte. Durante décadas la familia lo buscó en Villanueva de Córdoba, donde se supone que estaba herido al final de la guerra, o en los campos franceses, donde alguien había dicho a mi bisabuela que lo había visto y que a cambio de un módico precio quizás podría recordar más detalles todavía. Cuando la miseria se moral no puede ser más miseria. Como también la de aquellos vecinos que -todo y viendo su situación de pobreza- la asediaban en los años 40 y le decían: ‘mire señora, en cualquier caso, será mejor que no vuelva, porque si vuelve, le mataremos’. Y así pasó, que no volvió nunca.

Hace unos días murió Josep Almudéver Mateu, el último brigadista internacional y no pude evitar sentir una punzada de envidia, de esas sobre las que pasas de perfil como si no la hubieras sentido y la camuflas , simplemente, porque te da vergüenza. Cualquiera puede pensar que es incomprensible sentir envidia por la vida de una persona que, a lo largo de sus 101 años de vida, combatió en una guerra -varias veces-, estuvo en prisión, resultó herido, fue condenado a muerte y tuvo que cruzar los Pirineos a pie, pero confieso que le envidio. Y no me refiero a sus convicciones y principios tan sólidos cuando ahora tantas cosas nos hacen dudar y flaquear a la primer, me refiero a que sentí envidia sana por su familia, que pudo disfrutarle hasta el final, compartir una vida con él en un extenso clan que además está emparentado con otro, honrado y trabajador, que es un poco mío, los Ballester de Silla. Su mujer, Carmen Ballester Vicens, que también cruzó a pie los Pirineos, era hermana de Fernando Ballester, padre de la periodista de esta casa y amiga mía, Laura Ballester. Con ella descubrí la figura de su tío Almudéver hace ya muchos años y con ella recordábamos el viernes todo el linaje que deja en hijos, nietos y biznietos en territorio francés. Me contaba Laura como iba a ser el entierro y las canciones que había elegido la familia para despedirle a este lado del camino. Me contó también como se parecen sus primas a su abuela ‘la Cordellera’ y cómo de arropado se irá el último brigadista.

Me hubiera gustado que todos los míos se hubieran ido así de acompañados, qué quieren que les diga. Con su gente arropándoles y con tanto cariño. Pero dado que no es posible ni saber su paradero soñaré que los acordes del ‘Adiós muchachos’ y el ‘Ay Carmela’ que acompañaron a Almudéver en su despedida son también para todos ellos, estén donde estén.

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