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Marisol Ayala

Volando bajito

Marisol Ayala

Un ‘okupa’ en la familia

La casa familiar era enorme pero ella nunca se preguntó cómo hicieron para pagarla. Me cuentan que la vivienda tenía siete habitaciones, una barbaridad para la época, hace 30 años, y hoy impensable. En ella vivieron y murieron sus padres, sus dueños y dos hijas, una de ellas, enemiga de compartir nada con nadie a sabiendas de que nada le pertenecía. Vivía como hija única de manera que sus caprichos eran órdenes. Le tenían miedo. Con el paso de los años la mujercita dejó al aire una ambición desmedida hasta el punto de intentar poner la polémica habitación en alquiler sin preguntar si la alcoba era igualmente querida por su hermana. Ella cerraba la puerta y allí no entraba nadie. Nunca le plantaron la mosca, ni le informaron de la realidad administrativa del cuarto que ocupaba hace años. Alardeaba de su propiedad.

Un día sonó el timbre. Era una mujer de unos 45 años con tres niños pegados a su falda. En la casa estaban dos hermanas del matrimonio fallecido y un bebé que correteaba por la vivienda. A la mamá y sus hijos los recibieron con alegría, allí comieron y en la cocina hablaron. Ese día la familia decidió abrir la habitación bloqueada por la hija ambiciosa para la mamá y sus hijos. A los dos días apareció por la casa la okupa y sin mediar palabras los echó de la habitación, se fueron. Buscaron un lugar donde meterse y encontraron uno cerca de lo que hoy es Morro Jable. Un chamizo. La mamá de los niños hacía poco que había enviudado de un hombre de 29 años y no estaba para bromas. Sin dudarlo volvió a la casa, quería hablarle clarito al torbellino: «Siéntate aquí», le dijo. «Esa habitación que has hecho tuya la edificaron mis padres y mi marido, así que comienza a desalojarla porque la desalojo yo y le pego fuego».

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